Sebastian esperó paciente hasta el lunes.
Llegó al gimnasio a la hora de siempre e hizo su rutina con más lentitud de la normal. Miró su reloj de mano varias veces (el que había mantenido en su muñeca a propósito). Sin embargo, por mucho que vigilaba a la puerta y se mantenía atento al ingreso de cada persona, ninguna era a quien buscaba.
Treinta minutos después desistió de la idea de que ella aparecería por ahí.
Entonces la vio llegar cuando planeó centrarse en terminar la tanda de ejercicios que le faltaba. Andrea caminaba apresurada y tan distraída como siempre.
Conversó un momento con la amable chica de recepción para luego guardar sus cosas en el casillero. Finalmente, tomó una de las máquinas que algún desconsiderado de mayor estatura usó y no dejó en su lugar.
Aprovechó aquello. Al verla empinarse sin éxito para tratar de alcanzar la polea, se acercó. Tomó el tubo de metal hasta bajarlo a sus manos.
Ella se sonrojó al notar su presencia y aunque lo trató de ocultar, Sebastían agradeció que no fingiera tan bien. Le gustaba ver como sus mejillas se encendían coloradas, ella le parecía muy bonita.
–Buenas noches.
–Sebastian… Hola.
Se animó a tomar el tubo, rozando sus dedos con los de él.
Sebastían sonrió tenue. La confianza empezaba por el contacto y aunque fuese mínimo, ya empezaban a tenerlo.
–Estaba preocupado por cómo te fuiste del club el otro día. ¿Te encuentras bien?
–Si, lamento haberme ido tan repentinamente pero de pronto empecé a sentirme muy mal.
–¿Mal? ¿Fuiste a ver a un médico?
*Lo que tengo no se cura con un médico*
Pensó Andy para su propio pesar.
–No, simplemente fue algo que comí y me cayó mal. Gracias por preocuparte, ya estoy mejor.
–¿Estás segura?
Él era lo suficientemente inteligente y perceptivo como para darse cuenta de que no fue un sencillo problema estomacal. Optó por dejarlo ahí al darse cuenta de que ella quería evitar el tema.
Hubo un silencio incómodo. Sebastían pensó que era mejor retirarse, pero esta vez fue la misma Andrea quien tomó la iniciativa.
–¿Qué es lo que le pasa a los hombres eh? –él no entendió– ¿Por qué solo miran el cuerpo y no lo que de verdad importa?
–Creo que no te estoy comprendiendo…
–Bah… Ni siquiera sé por qué lo estoy comentando. Apenas tienes veintitrés –largó un suspiro rendido– ni siquiera piensas en… Ah, olvídalo.
–Andy… No te estoy entendiendo nada. ¿Podrías ser más clara?
Sebastían había descubierto una nueva debilidad, la exasperación que le causaba el que ella lo tratara como un niño inexperto.
–Lo siento, no debí hacerte esa pregunta. Creo que mi frustración me hizo pronunciarla en voz alta…
Ella se giró, pero él insistió.
–Andrea. Estoy dispuesto a escucharte, puedes hablar…
Sus palabras fueron tan firmes e impetuosas, que Andrea no pudo evitar mirarlo directo a los ojos. Esos iris esmeralda empezaban a ponerla nerviosa cada vez que se posaban en ella.
Sebastián por su parte le mantuvo la mirada, no se dejaría intimidar. Descubrió entonces que Andy tenía algunas pecas ligeramente invisibles, su rostro era perfecto.
–¿Puedo invitarte algo en la cafetería? Nos sentará bien mientras conversamos y me cuentas sobre lo que quisiste decirme.
Ella negó aunque él no parecía querer moverse de ahí hasta que le diera un sí.
Ya había pasado por una desventura de amor y por conocimientos generales sabía que una experiencia con un menor tenía todo para salir mal.
–Bueno.
Se maldijo a sí misma cuando su boca actuó por sí sola y dijo todo lo contrario a lo que planeaba.
El corazón de Sebastian latió a mil por hora.
Se dio cuenta de que por primera vez le gustaba alguien mayor.
Lucharía por tener su atención.