—Apuesto a que quieres saber lo genial que soy —le guiñó un ojo Jeff—. Apuesto a que podrías ayudar a un hombre como yo a relajarse, ¿no? Sintiendo que él volvía a coquetear, Anna retrocedió y se alejó de él. —No. Sólo quiero... —Vamos a tener una cita —ofreció Jeff nuevamente, sin saber por qué la joven estaba desafiando su encanto—. Yo invito. —No —se rió amargamente Anna—. Ya te lo dije, tengo novio. —¿Y él está afuera? ¿Esperando a su princesita gordita, eh? —La desafió Jeff, amargándose por su rechazo. Enfurecida, Anna agarró su bolso. —Buenas noches, señor Anderson. —Le dedicó una mirada cargada de furia. Jeff se rió entre dientes y tiró de su bolso. —Entonces, si te inclinara sobre este escritorio y te tocara ese pequeño coñ@, se enojaría, ¿eh? Sus labios temblaron y tragó sa

