Capitulo 4

2427 Palabras
Nunca le habían gustado las mujeres más jóvenes y no le sorprendió saber que su simple primo había contratado a una idiota. Le echó una última mirada a su trasero, que se movía con fuerza, antes de darse vuelta para echarle un vistazo a su antiguo amor. Marsha había despejado el escritorio y se había sentado en él, con las piernas cruzadas de forma seductora. Jeff sonrió ampliamente y vació el resto del líquido ardiente en su garganta. Observó un pequeño sofá de dos plazas que había en la esquina y le dio un golpecito con la cabeza. —Toma asiento —ordenó, frotando su creciente erección. Marsha se dejó caer en el sofá y sonrió. Jeff se desabrochó los pantalones y sacó su larga poll@, que se balanceó de un lado a otro. Se quedó callado y la vio abrir los ojos de par en par por la excitación. Marsha se mordió el labio y extendió la mano para acariciar su suave m*****o. Su mano se sintió fría contra su poll@ caliente. El silencio era fuerte y claro dentro de la pequeña habitación. No necesitó ninguna dirección y colocó cuidadosamente la punta de su pollon en su boca húmeda. Jeff se acercó más mientras ella pasaba la lengua por su punta y la introducía más profundamente en su boca. Las tensiones de su vida se derritieron lentamente contra su lengua y Jeff acarició sus trenzas con la palma de la mano. —Mm, eso es todo —exhaló Jeff. Marsh aumentó su movimiento y acercó sus caderas, llevándolo al fondo de su garganta. —Ah, mierda —tarareó Jeff y giró sus caderas, intentando follarle la garganta. Marsha recibió cada golpe con calma. Se tragó la baba que le quedaba, manteniendo limpia la polla y la barbilla de él. Después de todo, estaba trabajando. Detuvo la succión y miró hacia él. —¿Cerraste la puerta? —No hables, —le guiñó un ojo Jeff, empujando su cabeza hacia su brillante top, —Sigue chupándola para mí, hermosa. Marsha se aferró a su m*****o y tragó su longitud. Por lo general, no le gustaba que le tocaran el cabello, pero disfrutaba del agarre de Jeff sobre su cabeza, guiándola hacia arriba y hacia abajo. Su barbilla goteaba y ella metió sus manos dentro de sus pantalones de uniforme. Presionó sus dedos contra su húmedo coñ@ mientras pensaba en la excitación del sexo en el reloj. Jeff le acarició el cuero cabelludo y se puso a rodar dentro y fuera de su boca. Ella podía notar que quería correrse en su garganta, pero su coñ@ necesitaba una poll@. Marsha se apartó, miró su mirada lujuriosa y se bajó los pantalones de su uniforme. —Normalmente uso vestidos para ir a trabajar, —explicó Marsha, dando a entender que debería continuar. —Creo que te ves bien con el uniforme —comentó Jeff, girándola para explorar su trasero. Sus palmas acariciaron su generoso trasero y le dio una palmada que la hizo jadear. Jeff acarició su humedad y gruñó en señal de aprobación al apretar sus sedosas paredes. Tal vez el tiempo que debía pasar en ese basurero tenía algunas ventajas. - •••••• El otro beneficio era más pequeño. Con apenas un metro y medio de estatura, Anna era su empleada favorita en lo que a trabajo se refiere. Se quedó hasta tarde los últimos días, mientras que su voluptuosa Marsha decidió irse antes de lo esperado. La ventaja de foll@r con él le dio la autoridad que necesitaba. Jeff estaba afuera fumando y escuchó un pequeño alboroto en el interior. Vio a la linda niñita apresurándose a arreglar una lámpara que había tirado al suelo mientras arrastraba la enorme aspiradora. Miró alrededor del estacionamiento antes de regresar y abrir la puerta de par en par. —Si lo rompes, lo compras, —dijo. —No, no rompí nada, simplemente se cayó, —respondió Anna. Jeff murmuró algo entre dientes mientras caminaba hacia su oficina. Sonó el timbre de la entrada y se dio vuelta para ver al primer cliente en dos días. Se acercó al hombre con una sonrisa deslumbrante. —Hola, señor. ¿En qué ayudarle esta noche? —Hola. No hablo inglés. Quiero comprar un juego de cama. Colchón y cabecero. La cara de Jeff decayó al darse cuenta de que el hombre no entendía inglés. —Amy, ven aquí, cariño, y ayuda a este buen caballero. —Jeff le dio una palmadita en los hombros al hombre y sonrió ampliamente—. Ella cuidará bien de usted, señor. —Dijo con picardía. Anna mantuvo su ceño fruncido oculto y aplicó una amplia sonrisa en sus labios para ayudar al cliente. Jeff le dio una palmadita en el hombro: —Buena chica. Asegúrate de que compre un equipo completo. Muéstrale tus tetas si es necesario, —se rió entre dientes. Afortunadamente, el hombre honestamente no sabía inglés, y Anna le hizo una mueca a su jefe antes de girarse para ayudarlo. ••••• Más tarde esa noche, Jeff salió rápidamente de su oficina y encontró a Anna todavía sentada en su escritorio, terminando sus tareas de base de datos. De repente, se sintió agradecido por su presencia y por tener algo nuevo que probar. Ella había logrado hacer la primera compra en dos días y él se sentía agradecido por la pequeña mujer. La miró borracho y con deseo y se frotó la entrepierna. —Amy, —dijo en voz alta, saliendo de la oficina, —ven a mi oficina. Anna rápidamente se giró para mirarlo con expresión sombría. —Mi nombre es Anna. —¿Y? ¿Qué dije? —Me llamaste Amy. —Lo siento —se rió Jeff. No llevaba corbata y llevaba la camisa blanca desabotonada, dejando al descubierto un pelo castaño oscuro que le caía por el cuello y el pecho. Anna había notado que en los últimos días su aspecto y su comportamiento parecían cambiar por las tardes. Por la petaca que siempre bebía, supuso que estaba borracho. A pesar de todo, su cuerpo estaba rígido y grueso, y se apoyaba perezosamente contra el marco de la puerta con una mirada sensual. Era demasiado guapo para su propio bien, y Anna se dio la vuelta rápidamente para terminar su trabajo. —Ana. —La llamó con voz ronca. Su nombre sonó de su boca y destiló sensualidad, pero Anna se deshizo de cualquier pensamiento sobre él. Ya había confirmado su opinión sobre su jefe y no le gustaba para nada su actitud de mierda. Cuando ella no se giró para mirarlo, él se acercó más. —Anna. Puedo recordar eso... —Mmmm —murmuró Anna, sin mirarlo dos veces. —Se nota que estás molesta, cariño. —Jeff rió entre dientes—. Lo siento, Anna. ¿Me perdonas? —Sí, da igual —dijo Anna, presionando con fuerza el teclado. —Eres una niña dulce. —Gracias. —Quiero saber cuan dulce que eres, Anna. Finalmente ella se giró con el ceño fruncido y preguntó. ¿Qué pretende, señor? Anna estaba a la altura de su entrepierna y no pudo evitar notar que su pene empujaba con fuerza contra sus pantalones de traje. Se quedó boquiabierta cuando lo vio saltar. Miró su hermoso rostro antes de desviar la mirada hacia el suelo. Le avergonzaba que él la hubiera visto mirándola fijamente. —Creo que tengo algo que necesitas. —Um, no necesito nada de usted, —murmuró ella, con el rostro sonrojado. Jeff hizo un gesto con la mano para que ella se acercara antes de aclarar: —Entra aquí. Tengo tu camisa. Anna parecía perpleja ya que no quería entrar sola a su oficina ni ahora ni en ningún otro momento. —Yo... la recogeré mañana por la mañana, está bien. Gracias. —Se le notaba nerviosa. —Si realmente estuvieras agradecida, vendrías aquí. Es una camiseta bonita, —se rió Jeff, cruzando los brazos sobre el pecho. —Extra extra grande, ¿verdad? Las mejillas de Anna se sonrojaron ante su comentario y la ira brilló en sus ojos marrones. Sus comentarios burlones eran aún más molestos esa noche, ya que ella estaba lista para irse a casa. —Yo uso una talla mediana —informó Anna, poniéndose de pie para recoger sus cosas. —¿Estás segura? —preguntó, caminando hacia su escritorio—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que vengas? Debes querer que te lleve en brazos, ¿eh? Anna se giró hacia él en pánico. —Sí, estoy segura, y no, yo... Jeff se acercó y cerró la distancia que los separaba. Le pasó un dedo grueso por la mejilla y sonrió. Su piel era suave contra su dedo y sus labios formaban un puchero que hizo que su pen3 soñara con aventurarse entre ellos. -Vamos a buscar tu camisa y quiero mostrarte algo más. —Dije que lo recogería mañana. Mi novio está afuera esperándome, —mintió Anna, retrocediendo hacia su escritorio con desconfianza. Al notar la ansiedad que cubría su expresión, Jeff se rió entre dientes. —¿De qué tienes miedo? Mirando hacia la cámara en la esquina del pequeño centro comercial donde estaban sus escritorios y los de Marsha, Anna se cruzó de brazos. —No, y aquí no hay nadie. ¿Qué hay que ocultar? —preguntó Anna—. No tengo por qué entrar allí si no quiero, señor Anderson. Anna no era tonta y sabía que él intentaría hacerle algo dentro de su oficina. Jeff tenía una sensualidad que le hacía sentir un nudo en el estómago. —¿Vas a buscar mi camisa o tengo que pedirle a Marty que me la traiga? —Anna lo desafió con sus palabras, interrumpiendo su comportamiento sensual. Jeff no vio ningún indicio de deseo en sus ojos, a diferencia de la mayoría de las mujeres con las que entró en contacto, y levantó la voz para explicar su irritación. —¿Cual es tu problema? —No tengo ningún problema. No me pasa nada malo. Simplemente no me siento cómoda contigo solas. Jeff hizo una pausa ante su declaración antes de reírse. Desapareció en su oficina y regresó con la camisa de su uniforme. Su rostro permaneció serio mientras hacía una bola con la camisa y se la arrojaba en la cara. La camiseta se le escapó de las manos y cayó al suelo en un montón de basura. Después de recogerla, la apretó con rabia, tratando de no mirar con enojo a su jefe por este trato injusto. —Gracias, señor. —Pruebatela. Quizás tenga que comprarte uno más grande, —sonrió Jeff. Anna perdió la batalla y lo miró con enojo. La camisa le quedaba visiblemente grande y odiaba su burla. —No —dijo ella poniendo los ojos en blanco—. Uso una talla mediana, así que estoy bastante segura de que esta camisa me quedará como un vestido. Jeff se sentó en su escritorio y miró sus pequeños pechos. Tiró ligeramente de su camiseta gris y sonrió perezosamente. —Me encantaría verte con un vestido. Su camisa se estiró y Jeff pudo tirar de ella hacia él, acercándola más a su cuerpo sentado. —¡Ah! —chilló Anna, intentando apartarse. —Eres bastante linda —dijo Jeff arrastrando las palabras, deslizando sus dedos contra su mandíbula. Jeff miró fijamente esos ojos marrones y se mordió el labio, acercándola más. Anna estaba tan cerca de su boca que podía oler el olor a alcohol en su aliento. Sus ojos eran hermosos y ella se perdió en su trance. —En realidad eres bastante bonita —Jeff se inclinó para darle un beso. Anna se apartó. Las palmas de las manos de él se posaron en sus caderas para atraerla hacia atrás, y ella apartó su mano. —¡Detenengase! —Nah —se rió Jeff, usando su mismo gemido agudo. —No te burles de mí, —Anna señaló con el dedo mientras él continuaba riendo. —Eres adorable cuando te enojas. ¿Lo sabías? Anna se cruzó de brazos, sosteniendo la camisa con fuerza, reconfortándola contra su pecho. —No estoy enojada. Nada de lo que usted hace me afecta. —Estás furiosa, pequeña. Anna exhaló una bocanada de frustración antes de hablar. —¿Puedes levantarte? Tengo que terminar para poder irme a casa. —¿Puedo ir a casa contigo? —Uh, no —respondió Anna, sin ocultar su disgusto ante su atrevida oferta. Jeff arqueó la ceja. —Hm, bueno, esta es la primera vez. Una chica gorda nunca me ha rechazado. —¡No estoy gorda! —gritó Anna, retractándose rápidamente de su grito. Jeff se rió entre dientes ante su arrebato. —Relájate, pequeña petarda. Solo estaba bromeando. ¿Qué harás después de esto? Vamos a comer algo. Tengo hambre. Sé que tú tienes hambre. Las gordas siempre tienen hambre. Anna tomó su observación como otro insulto a su peso. Sacudió la cabeza y frunció el ceño. —Oh, vamos, sal conmigo. Tengo hambre. Estoy exhausto —gruñó Jeff, recostándose en su silla. —Estoy bien. Sólo quiero terminar para poder ir a casa y relajarme. Señor. Te ves muy cansada. Tus pequeños hombros están tensos, —Jeff extendió la mano para tocarla, pero ella retrocedió. —Vamos. Necesitas a alguien que te ayude a relajarte. Sé que realmente necesito encontrar a alguien dulce con quien relajarme. Ha sido una semana difícil limpiar el desastre de Marty. Pero bueno, —se rió entre dientes. —Eso es lo que obtengo por dejar que un idiota dirija mi negocio, ¿eh? —Él no es tonto. —Confía en mí. Ese tipo es un idiota. Está llevando este lugar a la ruina. —Marty no es malo en su trabajo, —frunció el ceño Anna, —lo hace bien. —Eso dices —se rió Jeff—. Te gusta Marty, ¿no? Anna asintió. Notó que los ojos de Jeff se oscurecían y una expresión severa se dibujó en su rostro. Jugó con la tela inferior de su camisa, mortalmente cerca de sus muslos, que ella apretó mientras su pulso se aceleraba. Sus dedos gruesos la atraían a pesar de que la intimidaban. Su voz suave resonó como un trueno profundo, sacándola de su trance. —¿Qué pasa conmigo? ¿Te gusto, pequeña Anna? Encogiéndose de hombros, Anna mintió. —Eres genial. —Las palabras salieron con poco entusiasmo y los ojos salvajes de Jeff brillaron.
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