Jeff era un hombre alto y corpulento, y Marsha no tenía dudas de que podría levantarla y follarla contra la pared. Había sido alto y delgado en la escuela, pero 20 años habían sido buenos para su cuerpo, y esos músculos que resaltaban de su chaqueta se veían deliciosos.
Marsha se dio cuenta de que estaba estresado y, de hecho, podía ayudarlo en todo lo que quisiera: —Anna suele ser buena para abrir la puerta. Abre casi todas las mañanas.
Jeff se dio por vencido con la cerradura y le frunció el ceño a Anna. —Ya que tienes el toque mágico, ¿qué tal si la abres?
Lanzó el juego de llaves y esperó a que Anna lo atrapara, pero fue un movimiento rápido y tintinearon, cayendo al pavimento. Anna las recogió y puso los ojos en blanco mientras él centraba su atención en Marsha.
—¿Cómo está Roy? —Preguntó Jeff, ajustándose la corbata en un intento de calmarse.
Marsha chasqueó la lengua. —Lo encerraron hace cinco años. Saldrá en el 2031 —confesó con cierta amargura.
—Maldita sea, eso es una locura —Jeff sacudió la cabeza con lástima—. ¿Sigues con Terry? Estabas embarazada cuando nos graduamos, ¿verdad?
—Sí, tuvimos tres más y se supone que nos casaremos el año que viene.
—Después de 20 años y tres hijos, espero que así sea.
—¿Estás casado? ¿Tienes hijos? —Preguntó Marsha.
—Joder, no —murmuró Jeff mientras la puerta se abría.
Marsha sonrió, habiendo buscado ya en su mano un anillo y en su entrepierna un bulto, tratando de recordar si su poll@ era tan grande como sus largos y lustrados zapatos.
Jeff irrumpió sin apreciar la habilidad de Anna y examinó el lugar. El lugar, salvo los muebles, estaba destartalado.
—Que se joda mi vida, —murmuró en voz baja.
Jeff intentó controlar su resentimiento mientras observaba las lámparas, las mesas y los cajones de la cómoda cubiertos de polvo. Los juegos de cama en miniatura estaban tan arrugados que se preguntó si alguien había dormido sobre ellos. Jeff sacudió los hombros y se rió para no destruir todo lo que había en esa tienda.
—Dios, este lugar es un basurero, —declaró en voz alta.
—Es un edificio antiguo, —sonrió Marsha. —Recuerdo cuando abrieron por primera vez. Mi mamá compró una casa llena de muebles a crédito.
—No es el edificio. Parece que alguien destrozó este lugar. ¿Qué diablos hacen ustedes dos todo el día? ¿Comer? — Preguntó Jeff con sarcasmo, observando la pesada figura de Marsha.
Dos tet@s gordas sobresalían de la ajustada camiseta marrón, y esos pantalones abrazaban sus muslos regordetes y se aferraban firmemente a sus anchas caderas. Ella era una casa de ladrillos, y Jeff planeaba tomarla ladrillo por ladrillo, pero en ese momento, estaba furioso.
Marsha soltó una risita falsa antes de responder. —No, nosotras cobramos los pagos y nos aseguramos de que el lugar esté impecable. Mantenemos este lugar en funcionamiento, —respondió.
Jeff resopló con fuerza. No era ciego y sin duda podía ver que la mujer estaba mintiendo.
—Entonces, ¿son sólo ustedes dos?
—Y Pete, tu papá nunca venía mucho. Normalmente, tu primo Marty viene para traer las nuevas piezas. Sé que no voy a levantar nada pesado, —informó.
—Ese chico no sabe ni manejar una mierda, —murmuró Jeff, mirando a su otra empleada.
Anna era una chica hispana bajita, con rizos encrespados recogidos en un moño despeinado. Tenía un porte inocente, unos rasgos faciales preciosos y esculpidos, labios carnosos y los ojos castaños más enormes que había visto en su vida. Podría haber sido una princesa de Disney si hubiera sido más alta y delgada. Imaginó que su voz era suave y aguda, pero no había pronunciado ni una palabra.
—¿Ésa habla inglés? —Preguntó Jeff, señalando a Anna.
—Sí, puedo hablar inglés —dijo Anna con su voz creíble, un lindo y agudo graznido acorde con su estatura.
—Bien.
Cruzando los brazos sobre el pecho con amargura, agregó. —Es un poco de mala educación asumir eso.
Anna era una belleza, pero tenía un problema de actitud. Jeff pensó que los veinte centímetros que guarda dentro de sus calzoncillos podrían corregirlo rápidamente. Pero, una vez más, estaba nervioso y los negocios estaban antes que el placer.
—¿Disculpe? —Su voz se hizo más profunda y dio un paso hacia ella, doblando la cintura para mostrarle quién tenía el control.
—Deberías saber que hay que añadir un señor a eso, ¿sí? —Desafió Jeff con una sonrisa burlona, —Los modales serán una política en mi tienda. ¿Entiendes? Eso también se aplica a los clientes masculinos, sé amable, sonríe y el dinero llegará a raudales.
Jeff desvió la mirada hacia su antigua compañera de clases y sonrió. —No debería ser difícil para ti, Marsha. Siempre has sido encantadora.
—¿Y qué pasa con las clientas mujeres? Preguntó Anna con amargura, sin importarle su enfoque sexista.
Jeff se encogió de hombros y mantuvo sus ojos fijos en Marsha.
—Si parecen hombres, llámalos señor. Me importa una mierda lo demás.
Anna se burló de sus prejuicios y rápidamente empezó a no simpatizar con él.
Pero Marsha sí lo hizo y se rió de su comentario.
—Es fácil llevarse bien conmigo, ¿no es así, Marsha? —Jeff le guiñó un ojo.
Al ver sus ojos pegados a sus labios carnosos, Marsha correspondió a su coqueteo con una amplia sonrisa. —Siempre le digo a Marty que las cosas por aquí deben cambiar. Me alegro de que hayamos conseguido un hombre de negocios para reconstruir este lugar.
—Y eso es lo que planeo lograr, cariño.
—¿Algún otro plan? —Preguntó Marsha, lamiéndose los labios.
Jeff se rió entre dientes. —¿Qué haré contigo, Marsha?
—¿Qué quieres hacerme?
Jeff la miró con lujuria y sonrió. —Veo que has crecido.
Sabía que estaba hablando de su trasero regordete y ella detestaba no tener un vestido ajustado para realzar sus luminosas curvas.
—Has estado fuera demasiado tiempo. Muchas cosas han cambiado —Marsha le guiñó un ojo y colocó una mano en su cadera para que su trasero sobresaliera más dentro de los sencillos pantalones grises.
—Pero este lugar sigue siendo un basurero —comenzó Jeff, alejándose de la tensión s****l para centrarse en su razón de regreso—. Tienes que hacerlo mejor, o si no... —arqueó las cejas.
Marsha sonrió. —Sí, señor. Le estaba diciendo a Anna que las cosas iban a cambiar.
—Bueno, este lugar necesita muchísimo trabajo —Jeff observó el ceño fruncido de Anna—. Tal vez podamos empezar con actitudes positivas y sonrisas.
Aunque Anna les sonreía a todos los clientes, no estaba dispuesta a mover los labios ante ese idiota. Jeff miró su cara de mala persona y le puso una mueca similar antes de volverse hacia Marsha.
—¿Qué carajo le pasa? —Preguntó Jeff.
Se quedó boquiabierta. A Anna no le gustó que él no le hablara directamente. —No me pasa nada malo.
Anna solía ser distante, pero su comportamiento la hacía ser más atrevida ya que no le gustaba su falta de respeto.
—Bueno, ¿qué tal si vas a buscar algunos productos de limpieza y limpias estos muebles?
Jeff miró a Anna como si ella fuera la razón detrás de la decisión de su padre en el lecho de muerte. —Como no te pasa nada malo, quiero que esta tienda huela a pino. Y tú... —se quedó en silencio, mirando a Marsha de arriba abajo.
Jeff sonrió burlonamente al verla observar su atuendo, en especial su zona inferior. Al ver la lujuria en sus ojos, su pene se empujó contra sus pantalones de traje. Jeff se acercó a Marsha y rápidamente puso en marcha su encanto.
—Necesitaré que llames a Marty; dile que traiga su tonto trasero aquí —su voz se suavizó mientras le levantaba la barbilla y le guiñaba el ojo—. Entonces necesitaré verte en mi oficina.
Marsha se mordió el labio y se sonrojó. Jeff le agarró el grueso trasero antes de darle una palmadita.
—Hazlo rápido.
—Sí, señor —dijo Marsha sonriendo, girándose hacia la habitación de atrás y seduciendo a su antiguo amor convertido en nuevo jefe.
Jeff se lamió los labios y no podía esperar a que la distracción lo distrajera de su crisis actual. Recordó la garganta profunda de la mujer de la escuela secundaria y, con suerte, eso no había cambiado. Estaba estresado y esperaba liberar esos demonios reprimidos dentro de su boca.
Metió la mano en los bolsillos, sacó el pequeño frasco y se lo llevó a los labios peludos. Bebió un trago profundo del líquido ardiente, sacudiéndose las emociones.
El ardor en el pecho le quitó el nudo de la garganta. Jeff no recordaba la última vez que había entrado en esa tienda y, aunque la decoración era moderna y diferente, se sentía nostálgico. Se secó los ojos, recordando a su madre.
Perdido en sus pensamientos, Jeff no se dio cuenta de los dos grandes ojos marrones que lo miraban fijamente en busca de orientación y rápidamente devolvió su mueca hacia la cara fresca de Anna.
—¿Qué? —Preguntó Jeff, —¿Por qué sigues ahí parada mirándome? Limpia este desastre, muchacha.
Anna arrugó las cejas.
Jeff se sacudió el hombro y caminó hacia la oficina trasera.
—No tenemos sol de pino, —explicó, manteniendo la voz tranquila a pesar de la rabia que ardía en sus mejillas bronceadas.
Jeff se dio la vuelta, frunció el ceño y sacó su billetera, rebuscando entre los billetes. —Toma. Toma también un poco de limpiador de alfombras. Y quiero mi cambio y el recibo, niñita.
Anna hizo pucheros ante el nuevo nombre degradante. —Mi nombre es...
—Ojalá me importara, —interrumpió Jeff con una risa burlona, —¿No deberías estar trabajando en Chuck E Cheese o algo así?
—Soy una mujer adulta, señor —explicó Anna con una actitud que casi nunca utilizaba, manteniendo la cabeza en alto.
—¿Quieres un trabajo o no? Ya tengo demasiada gente en nómina.
Anna necesitaba su trabajo y caminó rápidamente hacia la puerta, apretando fuertemente el billete de cien dólares en su palma.
Jeff se dio cuenta de que ella también tenía un trasero gordo. Su trasero se movía seductoramente sin esforzarse. Se aclaró la garganta y se acercó.
—¿Ana?
Ella se giró rápidamente, —¿Sí?
—¿Disculpa? —Jeff se rió entre dientes. —Modales, niñita, úsalos. Sí, ¿qué?
Suspirando frustrada y tragándose su orgullo, Anna susurró. —¿Sí, señor?
—Cuando termines de limpiar, puede que necesite que lustres algo más. —Frotándose la entrepierna, Jeff sonrió antes de añadir. —¿En la oficina de atrás?