Unos pocos días habían pasado desde aquella locura que se le había ocurrido a Luna de querer introducirse en el negocio familiar que le estaba costando horas de sueño. Se levantaba a primera hora, estudiaba, iba a la uni y luego Peter la llevaba a la empresa en donde se quedaba hasta largas horas de la noche. Jamás se hubiera imaginado que exportar vinos seria algo tan complicado, pues lo había subestimado. Debía preparar los envíos, llenar cientos de documentos, chequear los ingresos y comprobar que todos los pedidos lleguen a destino en tiempo y forma, sin contar que su padre también le había pedido que se encargara de la parte administrativa. «¿Acaso no tenían empleados?» Pensaba la joven mientras leía una y otra vez las facturas, intentando concentrarse y no pensar en León, a quien

