Capítulo 5 - Diana

1121 Palabras
Hecha una furia, atravesó la puerta. Todo el nerviosismo que estuvo sintiendo minutos antes, se esfumó, y en lugar de eso, había mucha indignación. Diana empujó la puerta con mucho ímpetu, pero Rafael no se percató de la cara de pocos amigos que tenía la mujer que acababa de entrar a su oficina. Sus ojos se fijaron en las largas y bien proporcionadas piernas, que se dejaban ver gracias a un vestido rojo que le llegaba un poco más arriba de las rodillas. Era una figura sublime. —El hecho de que le pagues un salario, no te da derecho a tratarla de esa forma—la reprimenda de la mujer le hizo abandonar su inquisitivo escaneo. —¿Disculpe? —Rafael frunció el entrecejo y la miró directo a los ojos. Diana dio un manotazo en el aire. —A ver, guapo, para que te vayas enterando. La esclavitud se abolió hace muchos años. Marta es tu empleada, no tu esclava. No puedes tratarla así. Rafael sacudió la cabeza, consternado por lo que oía. —Un momento. ¿Pero quién coño sos vos? —¡Hala! Y de paso, desmemoriado —Diana puso los ojos en blanco, pasando por alto el peculiar acento entre argentino y madrileño de Rafael, ese que tanto le gustaba desde que era una niña. —Disculpe, señorita —Rafael hizo todo lo posible para mantener la compostura—. Puede decirme que se le ofrece. Pidió verme. Pues, diga. No tengo tiempo como para andarlo perdiendo con... —se quedó callado, de repente, antes de meter la pata diciendo: «...una niñata berrinchuda». La reconoció. Esos ojos grises eran inconfundibles. Era ella. Era Diana Vidal. Aquella pequeña que una vez juró proteger, ya era toda una mujer. —¿Enana? ¿Sos vos? —indagó. Diana abrió los ojos como platos y se quedó petrificada al reconocer el apodo que usaba Rafael con ella, cuando era niña. Su corazón dio un vuelco. No podía creer que sí la reconociera, y que además la llamara de ese modo. Su cabeza se nubló cuando se percató de que esos hermosos ojos verdes, la miraban fijamente, y de los labios del hombre que una vez fue dueño de su infantil ilusión, emanó una radiante sonrisa. —Sí. Soy yo —respondió ella, por inercia. Sin darse cuenta, sus palabras sonaron rudas, pues aun se sentía irritada por la manera en que él había tratado a Marta. —¡Madre mía! —exclamó Rafael, bordeando el escritorio y acercándose de prisa a Diana—. Pero, mírate. ¡Cómo has crecido! —la sujetó de los hombros y le dio un beso en la mejilla. Diana abrió tantos los ojos, que casi se le salen de las cuencas—. ¡Che! Estás re alta, pero tu cara no ha cambiado nada. Seguís teniendo la carita de nena berrinchuda —rió a carcajadas. —¡Eh! —Diana protestó, sin poder evitar mostrarle una sonrisa. Él corazón se le aceleró en un santiamén, al darse cuenta de lo mucho que había extrañado ese característico acento de Rafael, entre argentino (por su padre ya difunto) y madrileño (por su madre). Ella dio un respingo cuando Rafael le palmeó la espalda. —¿Cuando llegaste a España? —las palabras salieron como cohetes de la boca de Rafael—. Tomá asiento —señaló una silla cerca del escritorio—. ¿Deseas tomar algo? ¿Agua, té, café? ¡MARTA! Diana frunció el entrecejo. No reconocía el hombre frente a ella. Físicamente, era Rafael Villanueva, pero se comportaba de una manera muy extraña. No es que lo conociera como la palma de su mano, pero jamás lo había visto tan agitado. Era como si se hubiese tomado un cóctel de Red Bull, Coca-Cola y Café. Meneó la cabeza con suavidad, y aprovechó el momento en el que Rafael se quedó callado, para hablar. Sintió que si no lo hacía en ese instante, no tendría oportunidad de hacerlo nunca más. —Llegué esta mañana —espetó—. Y no, no deseo tomar nada. Estoy bien —Rafael, quien estaba de pie en la puerta de la oficina, llamando a Marta, se giró de golpe—. ¿Estás bien? —indagó Diana, tratando de ser muy delicada con el tono de su voz. —¿Yo? Sí, claro. Estoy de puta madre —se encogió de hombros y rió de manera extraña. —¿Estás seguro? —insistió Diana. —Sí, si... que te digo que sí —se acercó de nuevo a Diana—. Pero no hablemos de mí. Contáme de tu vida. ¿Qué has estado haciendo? ¡MARTA! La nombraba apareció a través de la puerta. —¿Puedes dejar de tratarla así? —Diana cerró los ojos, aturdida. —¿Así como? —Como si estuviera sorda. —¡j***r! Lo siento —él se llevó una mano a la cabeza—. En los últimos días, he estado un poco estresado con todo esto... —hizo un ademán, señalando su entorno—. Ya sabés —se encogió de hombros—. Todos los preparativos de la Feria, la exposición previa... —Ya... —lo interrumpió Diana—. ¿No has probado con tratar de relajarte un poco? —Créeme, lo he intentado, pero desde que tu madre me nombró Director, tengo que estar al frente de todo y... —¿Mi madre te nombró Director? —Diana no daba crédito a lo que oía—. Director adjunto, quieres decir... —No —él negó de forma rotunda con la cabeza—. Tu madre me pidió que tomara el control total de este lugar. Yo pensaba que ya lo sabías. Ella no... —La verdad... —Diana lo interrumpió—, mi madre y yo no charlamos mucho —ella se encogió de hombros. —¡Vaya! —Rafael enarcó las cejas, notablemente sorprendido. —Al grano —con un ligero carraspeo, ella aclaró su garganta—. En realidad vine por otra cosa, no a hablarte de mi madre —no pudo evitar sonar algo grosera, pero no porque fuera su intención, sino que no quería que la conversación se enfocara en su mala relación con su progenitora. No tenía ánimos de que Rafael ni nadie la juzgara por no querer estudiar medicina, ni satisfacer el capricho de su madre. Diana quería perseguir sus sueños. —Pues decíme, ¿en que te puedo ayudar? —Villanueva optó por ignorar el repentino malestar que irradiaba la muchacha frente a él. —Quiero comenzar a practicar —dijo Diana sin más.  —¿Qué cosa? —Rafael frunció el entrecejo.
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