Capítulo 4 - Diana

984 Palabras
Despertó sobresaltada debido al sonido de una bocina proveniente del exterior. De inmediato, miró el reloj en su muñeca. Farfulló un improperio y salió de la cama a toda prisa. Faltaba quince minutos para las dos de la tarde. Tardó casi veinte minutos en vestirse, maquillarse y peinarse. Tratándose de ella, era un récord. No es que fuese banal. Todo lo contrario. Pero tenía un raro complejo con creer que su rostro era muy aniñado, y por ende, solía aparentar menos edad de la que tenía. Deseaba darle a Rafael, la impresión de que ya era toda una mujer. No perdió tiempo llamando a alguna línea de taxis. Cogió el primero que pasó por la calle. La Escuela Taurina quedaba muy cerca, a unos cinco minutos en carro, y a unos quince andando. Muy bien podría haberse ido caminando, pero iba perfumada, muy arreglada y no quería correr el riesgo de sudar mucho. En pleno verano en Madrid, el sol era para nada amigable. Estaba decidida. Con cada metro que recorría el coche, se decidía más. ¡Iba a lograrlo! Por fin, Rafael se daría cuenta de su talento, que ya era lo suficientemente grande como para hacerle frente a un animal de casi media tonelada. Si la observaba con detenimiento, vería la misma pasión de su padre reflejada en sus ojos grises. Diana era delgada, pero para nada menuda. Medía un metro con setenta y siete centímetros. Su cabellera entre castaña y rojiza, rizada, le daba un toque atrevido y desenfadado, pero quien no la conociera, podría sacar una conclusión muy errada al verla. Creerían que es la típica chica que baja la cabeza y se queda callada, frágil y delicada, que se conforma con seguir las normas que rigen la sociedad. Su estampa femenina y grácil es engañosa. Lo cierto es que Diana es testaruda, obstinada como sí sola, renuente y un tanto anarquista. Eso sí, feminista hasta la médula. Pero el feminismo correcto; no el que pretende erradicar al género masculino de la faz de la tierra. No se dio cuenta en qué momento llegó a su destino, ni cuando se bajó del taxi y pagó. Su corazón dio un vuelco cuando se percató que había cruzado la puerta principal de la Escuela y que se encaminaba en dirección a la recepción, donde se encontraba una joven mujer de cabello castaño oscuro. Diana se aclaró la garganta antes de hablar. —Buenas tardes —saludó. La recepcionista despegó la mirada de la pantalla del ordenador y la fijó sobre Diana, a la expectativa. —¿En qué la puedo ayudar? —indagó la mujer, sonriendo de forma amable. —Vengo... ammm... yo... —Diana balbuceó. La recepcionista entornó los ojos, contagiándose de la notable incomodidad de la chica frente a ella. —Me gustaría ver al señor Villanueva —espetó. «¿Señor? ¿Pero qué coño estoy diciendo?», se reprendió. Rafael estaría llegando a los veintisiete años. Señor no era un adjetivo propio para él. A menos que estuviera casado y... Diana sacudió la cabeza para sacarse esa idea. —¿Rafael? —inquirió la morena. —Sí —asintió Diana—. Me gustaría ver a Rafael Villanueva. —Permítame un momento —contestó, a la vez que se ponía de pie—. Iré a ver si se encuentra, pues salió en la mañana y no me di cuenta si ya regresó. —Vale —Diana volvió a asentir con la cabeza mientras veía como la mujer se alejaba. Su mirada quedó atrapada sobre una vitrina que se encontraba detrás del escritorio de la recepcionista. Caminó por inercia y se sumergió entre recuerdos... Había una fotografía de su padre en todo lo alto. Tuvo vagas evocaciones del día en que la tomaron... Armando acababa de torear la primera faena de la tarde, y Raquel estaba acomodándole la hombrera del traje de luces. Un hombre canoso y de barba incipiente le pidió a alguien que acomodara la cortina que servía de fondo. Vidal le hizo una seña a su pequeña hija para que se acercara a él. —Ven, mi amor. Tómanos una foto, Javier —dijo Armando, sujetando a Diana en brazos, e indicándole a la niña que sonriera. —De acuerdo —dijo el viejo fotógrafo—. Vale —tomó la foto—. Ahora sí. Tomemos las fotos para la prensa —comentó el sujeto con la cámara en la mano. Dicho eso, su padre la colocó en el suelo y le dijo que fuera con su madre. A continuación, Armando hizo una pose gallarda y miró directo a la lente... —¿Señorita? —una voz femenina la sacó de su ensoñación. Diana se dio la vuelta de golpe—. Discúlpeme, ¿cuál es su nombre? —la mujer, que ahora que la miraba mejor, tendría unos veintitantos, se mostró muy apenada—. Soy nueva acá. Solo llevo dos semanas y... —¡DEJÁLO ASÍ, MARTA! —un grito retumbó en el lugar, haciendo que Diana se sobresaltara—. HACÉLA PASAR. —Diana. Dime Diana, por favor —farfulló, colocándole una mano en el hombro a la apesadumbrada mujer. —Señorita Diana, puede pasar adelante —hizo un ademán, señalando una puerta. —Ya lo escuché —susurró Diana—. ¿Siempre es así? —inquirió. La recepcionista se encogió de hombros. —Solo cuando está de mal humor —confesó. —No debería tratarte así. Nadie tiene derecho de tratar a nadie así —las mejillas se le pusieron coloradas. Si hay algo en el mundo que descoloca a Diana, es el abuso de poder. No soporta cuando los "jefes" tratan a sus empleados a las patadas. Podía ser muy amigo de la familia, y tal vez en un tiempo estuvo por completo enamorada de Rafael, pero eso no lo iba a librar de decirle un par de cosas.
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