El silencio en la habitación era denso, casi sofocante. Los Lambert y los Grimaldi se miraban con una mezcla de furia y aprensión. Finalmente, el señor Lambert rompió la quietud con un tono autoritario.
—Debemos hablar en privado. Vamos a mi despacho.
Sin objeciones, los cuatro adultos lo siguieron, dejando atrás el eco de sus propios pasos. La puerta se cerró con un sonido seco, sellando la conversación dentro de la elegante, pero fría, oficina de la familia Lambert.
—Esto es un desastre —espetó el señor Lambert, su mandíbula apretada—. No podemos permitir que nuestros hijos sigan con esta locura. Sería un escándalo.
El señor Grimaldi asintió con gravedad.
—Nuestra reputación está en juego. Debemos tomar medidas.
La señora Lambert entrelazó las manos, inquieta.
—¿Pero cómo? ¿Cómo evitamos que se vean?
El señor Grimaldi suspiró, frustrado.
—Separarlos es la única opción.
El señor Lambert comenzó a pasearse por la habitación, su mente ya trabajando en una solución. De repente, se detuvo.
—Creo que tengo la respuesta. Un viejo amigo puede ayudarme a enviar a Héctor al extranjero para trabajar. Si está lejos, Elise y él no podrán verse.
Los Grimaldi se miraron. La idea tenía sentido.
—Es una excelente solución —dijo el señor Grimaldi.
—Sí, lo mejor para todos —agregó la señora Lambert.
El señor Lambert sonrió con autosuficiencia.
—Entonces, está decidido. Héctor se irá. Y para evitar cualquier problema, adelantaré la boda de Elise con Maurice. Será en un mes.
El aire en la habitación se volvió aún más denso. La señora Grimaldi palideció, mientras su esposo fruncía el ceño.
—¿Es realmente necesario? —preguntó con cautela.
—Por supuesto —respondió Lambert sin titubear—. No permitiré que mi hija eche a perder su futuro por un capricho juvenil.
La decisión estaba tomada. Nada ni nadie la cambiaría.
El adiós de Héctor y Elise
Al salir del despacho, Héctor fue llamado por su padre.
—Héctor, ven.
Él sabía que algo no estaba bien. Miró a Elise, con el corazón latiéndole con fuerza. Sin decir palabra, la tomó entre sus brazos y la besó con dulzura, sin imaginar que sería la última vez.
"El destino de Elise"
—Debemos hablar —dijo la señora Lambert a su hija en cuanto entraron en la casa.
Elise negó con la cabeza, su mirada suplicante.
—Sé lo que vas a decir, mamá, pero Héctor y yo nos amamos. Por favor…
Su padre, que hasta ese momento había guardado silencio, la miró fijamente antes de soltar la sentencia que le destrozaría el alma.
—Te casarás con Maurice en un mes.
Elise sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
—¡No! ¡Yo no lo amo!
Pero su protesta no tuvo eco. Su padre ignoró sus súplicas y se dirigió a su esposa.
—Empieza con los preparativos con los Mayer, cariño.
—Sí, querido —respondió ella, sin emoción.
El señor Lambert subió las escaleras, pero antes de desaparecer, se giró hacia su esposa y pronunció fríamente:
—Asegúrate de que Elise no esté embarazada.
"El destino de Héctor"
Héctor salió de la casa de los Lambert con una tormenta en el pecho. Apenas podía respirar. No podía aceptar que lo separaran de Elise.
Al llegar a su casa, se encerró en su habitación. Miró la pared sin verla, con la mente atrapada en la pesadilla en la que se había convertido su vida.
Un golpe en la puerta lo sacó de su trance.
—Héctor, tenemos que hablar —dijo su padre, entrando sin esperar respuesta.
Héctor no se movió de su sitio junto a la ventana.
—¿Qué pasa?
El señor Grimaldi soltó la noticia sin rodeos.
—En una semana te irás al extranjero.
Héctor se volvió con incredulidad.
—¿Qué? ¿Tan pronto?
—Es lo mejor para todos —respondió su padre con indiferencia—. Así empezarás a trabajar en la empresa y olvidarás… distracciones.
Héctor sintió un nudo en la garganta.
—No pueden decidir mi futuro así…
El señor Grimaldi endureció la expresión.
—Eres un Grimaldi. Tienes obligaciones. No puedes perder el tiempo con ilusiones infantiles.
Héctor cerró los puños. Sabía que discutir era inútil.
—Bien —dijo con voz apagada—. Me iré en una semana.
—Sabia decisión —sentenció su padre antes de salir de la habitación.
Héctor se quedó mirando la noche a través de la ventana. Su mundo se desmoronaba, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.