Dos semanas después
Habían pasado dos semanas desde que Elise y Héctor decidieron mantener su relación en secreto. A pesar de la tensión y la preocupación, su amor crecía con cada encuentro a escondidas. Se besaban lejos de las miradas ajenas, se susurraban promesas y aprovechaban cualquier oportunidad para estar juntos.
Aquella noche, mientras Elise se arreglaba para el cumpleaños de su madre, su corazón latía con anticipación. Sabía que Héctor estaría allí, y la idea de verlo la llenaba de emoción.
De repente, su teléfono vibró. Era Héctor. Sonrió antes de contestar, bajando la voz para que su madre no la escuchara.
—Hola —susurró.
—Hola, mi amor —respondió él, con ese tono cálido que la hacía estremecer—. ¿Cómo estás?
—Bien —dijo, sintiendo un cosquilleo en el estómago—. ¿Y tú?
—Ansioso por verte. Te extraño.
Elise cerró los ojos un segundo, disfrutando de sus palabras.
—Yo también te extraño.
Hubo un breve silencio antes de que él hablara de nuevo.
—¿Sabes qué le voy a regalar a tu madre?
—No, ¿qué es? —preguntó con curiosidad.
—Un conjunto de joyas diseñadas exclusivamente para ella. Collar de diamantes, pendientes de esmeraldas y un anillo de rubíes. Ah, y un vestido de alta costura, hecho a medida.
Elise se quedó sin palabras.
—Héctor, es demasiado… Mi madre se va a sentir increíblemente especial.
—Eso quiero —dijo él con naturalidad—. Que sepa que estoy comprometido contigo y con tu familia.
Elise sonrió, sintiendo un calor en el pecho.
—Te amo, Héctor.
—Yo también te amo.
—¡Elise, baja ya! Es tarde —llamó su madre desde abajo.
—Tengo que irme —susurró Elise.
—Nos vemos en un rato, amor.
Colgó con una sonrisa y bajó rápidamente las escaleras. Su madre la tomó del brazo para la fotografía familiar.
Más tarde, mientras los invitados disfrutaban la fiesta, Héctor y Elise aprovecharon un descuido para escabullirse. Subieron a la habitación de ella, cerrando la puerta tras de sí.
—Te ves hermosa —murmuró Héctor, acercándose.
—Y tú muy guapo —respondió Elise, mirándolo con adoración.
Él sonrió antes de besarla con suavidad, sus labios explorándola con paciencia y deseo.
—Extrañaba esto… —susurró Héctor.
—¿De verdad? —preguntó ella con un dejo de picardía.
—Recuerda que estos besos son solo míos —dijo él antes de besarla de nuevo y recostarla sobre la cama.
A lo largo de la noche, bajaron de la habitación en distintos momentos para no levantar sospechas. Pero antes de que las familias Lambert y Grimaldi se quedaran a solas, Héctor le robó un último beso apasionado.
Cuando finalmente los invitados se retiraron, el señor Lambert carraspeó y se puso de pie.
—Esperé a que terminara la celebración para hablar de esto —dijo con seriedad.
—¿A qué te refieres? —preguntó Néstor, el padre de Héctor.
Lambert sacó una carpeta y la abrió lentamente. Dentro había fotografías. Las deslizó sobre la mesa, una a una.
Elise sintió un escalofrío al verlas. Ella y Héctor aparecían juntos, besándose, abrazándose, compartiendo momentos en los que creían estar solos.
—¿Qué es esto? —preguntó la señora Grimaldi, sorprendida.
—Esto —dijo Lambert, con la mandíbula tensa— es lo que han estado ocultándonos. Mi hija y tu hijo llevan tiempo viéndose a escondidas.
El silencio en la habitación era absoluto.
Héctor se puso de pie sin soltar la mano de Elise.
—No nos ocultamos porque hicimos algo malo —dijo, firme—. Nos ocultamos porque sabíamos que ustedes reaccionarían así. Pero no vamos a dejar que nos separen.
Elise apretó su mano, orgullosa de su determinación.
Su madre se levantó lentamente, mirándola con frialdad.
—Elise, ¿cómo pudiste hacer esto? —su tono estaba cargado de decepción—. Sabes que no apruebo esta relación.
—Mamá, Héctor y yo nos amamos. ¿Por qué no puedes aceptarlo?
—Porque su familia no pertenece a nuestro círculo —dijo con dureza—. No es cuestión de amor, es cuestión de principios.
Elise sintió un nudo en la garganta.
—¿Me estás diciendo que lo único que importa es la posición social?
—Estoy diciendo que no puedes estar con él.
—¿Por eso nos espiaron? ¿Por eso recibí ese mensaje anónimo? ¿Fuiste tú?
—¿Qué mensaje amor? —intervino Héctor, frunciendo el ceño.
—Ni se te ocurra llamarla ‘amor’ delante de mí
Néstor, que hasta ahora había permanecido callado, se levantó y miró a su hijo con severidad.
—Héctor, ¿qué has hecho?
Elise y Héctor intercambiaron una mirada. Sabían que la verdadera batalla apenas comenzaba.