Una lujosa carroza se detuvo delante de la puerta de ingreso de la casa Rodríguez, de ella descendió una anciana de cabellos grises pulcramente peinados. Su mirada filosa y ese caminar aplastantemente seguro, delataban el origen de tan imponente mujer, o más bien, de dónde su hijo había obtenido aquellas características tan propias. Con aire de la realeza se detuvo delante de la puerta, esperando que aquel hombre que la acompañaba a sol y sombra, abriera la puerta para ingresar al hogar. Sí, ella no era de las que golpeaba puertas, ella era la dueña y señora de cada lugar que pisaba. — ¿Madre? — preguntó confundido Juan Pedro, poniéndose de pie lentamente y logrando que su esposa se atragantara con el té que bebía. ¿Cómo que era su madre? Él jamás la mencionó. ¡Mierda! Ni siquiera había

