Prólogo: "ME VOY A IR"
México, Distrito Federal, agosto de 2009.
—Vanni, hija, apresúrate. El desayuno ya está servido, además te ha llegado correspondencia.
Exclama mi madre Marcela desde la cocina, mientras yo me visto luego de haberme duchado, y sostengo una lucha encarnizada con mi cabello rebelde y necio, que justo ese día se niega a ceder o darme tregua:
—Ya voy, ma’…, dame unos segundos más porfis…
—Está bien, Vanni —responde mi mamá vociferando aún más fuerte—, pero no tardes mucho, corazón, porque los hot cakes se van a enfriar y luego no querrás comértelos.
Sin poder evitarlo río por los comentarios que me llegan desde la cocina, y es que mucha razón tiene mi madre, yo soy un caso serio de toda seriedad cuando de hot cakes se trata. Si no los encuentro calentitos y servidos en la mesa, ni Dios puede hacer que los engulla así que; renunciando a lucir medianamente presentable, salgo de mi cuarto para desayunar con mi madre.
Bajo las escaleras y me siento en el desayunador mientras observo aquel delicioso manjar y lo saboreo con verdadera ansia.
Pincho con el tenedor uno de los hot cakes y le hinco el diente; ¡tal y como me gustan: calentitos y con mucha miel encima!
Doy un par de bocados grandes y suelto sonidos de pura satisfacción, hasta que movida —en su mayoría— por el inmenso atracón que me estoy dando, giro la cabeza un poco para platicar con mi mamá:
—Y bien, ma’, ¿qué es lo que ha llegado? —pregunto refiriéndome a la correspondencia que ella ha mencionado antes. Ella responde.
—Te ha llegado esta notificación por parte de la universidad, Vanni.
Suelto el tenedor y lo pongo sobre el plato que tengo enfrente, luego doy un trago generoso a mi jugo de naranja y sin demorarme demasiado rasgo el sobre para leer de que se trata.
Observo y leo; vuelvo a mirar y releo, hasta que por fin entiendo lo que explica aquella carta enviada por la universidad para la cual he postulado en España:
—¡Me aceptaron, mamá! —Grito emocionada hasta las lágrimas, agitando el sobre entre las manos— ¡No lo puedo creer…, me han admitido en la Universidad Complutense de Madrid!
—¡Enhorabuena, hija! —dice mi mamá abrazándome y llora conmigo—. Muchas felicidades.
—¡Esto es genial, madre! —le secundo y me enjugo algunas lágrimas.
—Me han admitido en la carrera que siempre he querido y además me han dado una beca completa para estudiar allá.
—Te lo mereces, cariño —replica mi madre, sollozando—, siempre has sido una estudiante extraordinaria y ahora te lo han recompensado.
—Gracias, mami.
Le contesto, mientras echo una mirada en retrospectiva a mi existencia y reviso cada una de las decisiones que he tomado dentro de mi azarosa vida académica.
Siempre he sido una ñoña que prefiere estudiar antes de asistir a las fiestas de mis compañeros de curso; me duermo temprano y por lo regular, me escondo por todos los rincones de mi casa y de la escuela para devorar libros de derecho, política, sociología, historia y, también a una que otra novela romántica que debo admitir, me gustan muchísimo.
A mis dieciocho años, ya he tomado varios seminarios sobre derecho y domino cinco idiomas: inglés, portugués, italiano, francés y alemán. Cierto, todos me miran raro y me dicen «Vannia la friki» mientras se parten de la risa a mis costillas, pero aquello no me importa demasiado.
No tengo muchos amigos… ¡Bueno!, mejor dicho, sólo tengo un amigo; mi mejor amigo desde que tengo uso de razón: Raymundo. Él es mi cómplice de locuras y aventuras literarias, porque también ama leer. Siempre nos hemos gustado, pero nunca ninguno de los dos ha sido lo suficientemente valiente como para arriesgarse a nada más. Somos tan cobardes que preferimos dejarlo ser, dándole carpetazo al tema.
Hablando de mi físico, tengo que admitir que no soy de una belleza escultural; sí, es cierto que tengo una cara linda y como dice Ray: “unos ojos y labios que embrujarían a cualquiera”, pero de cuerpo soy más bien llenita y patosa.
No tengo mucha gracia para bailar y menos para coquetear con los chicos, nunca me ha preocupado eso; siempre he tenido muy claro que mi mayor virtud es la inteligencia y me he reusado a dejar que alguien me vea como un simple trozo de carne. No visto a la moda ni sigo a las bandas musicales del momento, para mí todo aquello es pasajero y banal, y por lo tanto he optado por encontrar mi propio estilo y no seguir los estándares que me marca la media social.
Haciendo gala de mis orgullosas raíces mexicas; mi piel es apiñonada y mis ojos grandes y del color de la miel; mi pelo lacio, largo y sin gracia para acomodarse, y sí, tal y como asegura mi amigo Raymundo, mis labios se parecen mucho a los de la mismísima Angelina Jolie.
Así que hoy, pensándolo demasiado y recordando a profundidad mi existencia, comprendo que cada uno de mis esfuerzos ha dado frutos. Exactamente en quince días me iré a estudiar derecho a la mejor universidad de España, ¡y juro por la memoria de mi padre que en ello dejaré alma, vida y corazón! Todos los sacrificios deben valer la pena, éste no puede ser la excepción:
—Mamá… —digo bajando la cabeza—, me voy en quince días. Me voy a ir a España en quince días.
Los ojos de mi madre se aguan, pero sin dejarse vencer, saca de su interior toda la entereza que posee y me contesta:
—Pues entonces tenemos el tiempo justo para comprar todo lo que necesitaras durante el viaje, Vanni. ¡Anda, termínate el desayuno y lávate los dientes, que esta tarde es de chicas y nos vamos de compras!
Con un instinto protector que no conozco y que ha decidido aflorar en ese preciso instante, me acerco a ella y le digo con los ojos llenos de lágrimas:
—Te amo, mamá.
»Gracias por ser mi madre y por enseñarme a ser la chica que soy ahora, y la mujer que seré mañana.
Mi madre asiente y agradece para sus adentros. Nunca ha sido muy expresiva, siempre se guarda sus sentimientos para ella misma:
—Sabes que te voy a extrañar, ¿verdad, corazón? —completa mi madre y yo asiento.
—Yo también te voy a extrañar, mami —admito—, pero te prometo que en cuanto pueda voy a venir a visitarte, y quizá, si las cosas van bien allá, después pueda regresar por ti para que vivamos juntas.
—Claro, cariño —dice sin mucha convicción—. Tú sólo preocúpate por estudiar y obtener buenas calificaciones; yo, por lo pronto, necesito que te comas esos hot cakes y te termines el jugo —indica, dándome una nalgada en el trasero y un beso en la mejilla.
Arrugando la nariz, observo mis hot cakes sobre el plato y sentándome en la mesa para terminar de desayunar, le replanteo su proposición original:
—Mejor sólo me tomo el jugo, mamá, y luego me lavo los dientes para salir de compras, ¿te parece?
—Me parece, Vanni…, apresúrate que el día es corto y las tiendas son muchas.
* * * * *
Quince días después, a eso de las once de la mañana, mi madre, Raymundo y yo vamos de camino hacia el aeropuerto internacional de la Cuidad de México. Mi avión sale a las tres de la tarde y tenemos que hacer todos los papeleos para que pueda abordar mi vuelo.
Tras esperar cuarenta y cinco minutos, todo está hecho: mi equipaje está documentado y mi madre me ha comprado provisiones para el vuelo. Ray no ha querido quedarse atrás y por eso me ha grabado un disco con muchísimas canciones para que no me aburra durante el viaje. Mientras esperamos mi llamado, platicamos sobre miles de cosas y cuando llega el momento, siento que un frío abisal me recorre de los pies a la cabeza.
Las despedidas me aterran y más en este caso, pues estoy despidiéndome de las dos personas más importantes de mi vida: de mi madre y de mi único y frustrado amor de la adolescencia. No soporto el hecho de tener que decir adiós, no puedo resistirlo, aunque ponga todo mi empeño en ello. No puedo hacerlo desde el momento en que dije adiós a mi padre, luego de enterrarlo el día de su funeral.
Con el corazón pendiendo de un hilo, abrazo a mi madre y me deshago en llanto cuando me santigua y me da la bendición; Raymundo hace lo mismo, pero él, a diferencia de mi madre, me abraza de un modo dulce en extremo y luego me da un beso en los labios:
—Sabes que siempre te he querido, Vannia —acaricia mi mejilla—, y no podía dejar que te fueras sin que lo supieras.
¡¡Toma ya!! Mi amigo es un romántico empedernido, ha esperado hasta el último momento para confesarse, y no sólo eso, ¡lo hace al más puro estilo de Humphrey Bogart!
Asiento con la cabeza y le devuelvo el favor con un casto beso también sobre los labios, luego él completa:
—Adiós, hermosa, te voy a extrañar muchísimo —yo niego y le doy un puñetazo en el hombro a modo de reprimenda.
—No admito un adiós, no viniendo de ti, Raymundo.
»Tú y yo nos vamos a ver pronto, tonto, así que no me digas “adiós” de una manera taaan definitiva. Mejor sólo digámonos “arrivederci”.
Raymundo afirma y completa en el mismo idioma:
—Non ti scordar di me, per favore.
—Mai, fratello —secundo, llorando como una niña pequeña—. Me has oído… mai, fratello.
—Mamá, te amo —exclamo, mirando esta vez a mi madre—: en cuanto llegué a la residencia de alumnos te llamó. No olvides la promesa que te hice… nos vemos pronto.
Sin poder soportar más tomo mi mochila y me la echo al hombro, saco mi boleto de abordar, el pasaporte y me dispongo a subir al avión. Con poco agrado y un reticente sentimiento de soledad en mi interior, busco mi asiento y me tumbo a mis anchas, acto seguido me pongo los audífonos y hago sonar las canciones que ha preparado Raymundo.
Despierto diez horas después, cuando una voz mecanizada y robótica anuncia que estamos arribando a la cuidad de Madrid, y que aterrizaremos en breve. Con los nervios a tope me abrocho el cinturón de seguridad, me agarro con fuerza al asiento y más nerviosa que nunca, me dispongo a sobrevivir al aterrizaje ¡Justo este día hay una turbulencia terrible!
Veinte minutos después estoy esperando a que mi maleta salga por la banda transportadora para ir directo a la residencia de alumnos. A partir de ese día da inicio a una nueva e interesante etapa de mi vida, tras cruzar la puerta de la Complutense de Madrid, dará inicio el primer día del resto de mi vida.