Capítulo 6

1319 Palabras
Apariencias. —Mi novia irá de inmediato doctor— responde ese infeliz y yo lo miro de soslayo como me agarra el brazo y se acerca a mi oído—. Sigue la corriente y aparenta bien, Regina no quiero errores con el viejo. —No sé a lo que se refiere, señor Vitale y por favor le pido que me suelte. Respondo a la misma distancia, viendo como Teo está tenso y con la mano en el costado, eso quiere decir que su arma está lista y obviamente que no quiero un derramamiento de sangre en este lugar, menos de la mía o la de Teo. Me suelto, diplomáticamente de su agarre y le hago un ademán al doctor para que me lleve con “mi padre”, el doctor me mira un tanto curioso, pero se abstiene de decir algo. “Marica” debe de ser otro de los tantos animales comprados por esta gente, pero eso a mi no me debe importa, necesito el trabajo y más aún, necesito cuidar de esas dos pequeñas que no tienen la culpa de la familia que les tocó. Caminamos por el largo pasillo que da a varias habitaciones hasta que llegamos a la 404, una que se ve lo suficientemente grande y ordenada, debe ser de esas que llaman VIP. Teo, saluda al Nicola quien está resguardando la puerta y este la abre para que yo entre y cuando lo va a hacer el tal Franchesco, Nicola lo detiene. —Solo la señorita tiene permitido entrar, señor Vitale. —¿Qué? ¿Es una broma? ¡Yo soy su mano derecha! —Esas son las órdenes del Señor Cintolesi. Ya se lo había dicho, Joven Franchesco. El tipo nos mira a los tres como si quisiera cortarnos la cabeza y lanzarla al mar sin asco, pero cede a lo solicitado por el jefe. Sabe que si lo desobedece más de alguna reprimenda tendrá, por lo que no le queda de otra más que hacerse a un lado y dejarme entrar sola. “Pelele” Entro en la habitación y es más grande de lo que se nota por fuera, hasta parece que la cama clínica es King size, pero sé que exagero, como todo lo que hay aquí, es como la forma que tengo de mantenerme tranquila, en todo este mundo del hampa. —Mia filia, acércate—me dice el hombre que está recostado en esa cama con una mascarilla de oxígeno y varias maquinas que toman sus signos vitales, le hace un movimiento de manos a la enfermera que revisa su vía intravenosa y ella se retira, no sin antes darme unas palmaditas en el hombro y un gentil asentimiento. ¿Creerá que de verdad soy su hija? —Señor, yo… —¿Tú fuiste la que me salvaste? Su pregunta clara y certera no tenia otra respuesta que un sí señor, pero había algo en sus ojos que denotaba cansancio y pesar, como si lo que hice no hubiera sido lo correcto, así que me acerqué a él con pasos temblorosos y tomé la silla que estaba en la esquina, me senté a su lado y tomé su mano. —Sí, lo hice—dije fuerte y decidida— y lo volvería a hacer de ser necesario, nadie merece morir sin a lo menos intentar salvarlo, señor. —Eres una buena chica, tu padre debe de estar orgulloso donde quiera que esté. ¿De qué estaba hablando este señor? —¿Conoce a mi padre? —Por su puesto que lo conozco, es un idiota que le sigue los pasos como perro faldero a ese idiota de Cicarelli, pero me costó mucho tiempo hacer el alcance, pues sobrina de la vieja Costas no eras, se notaba mucho, pero lo dejé ser ya sabes, las apariencias engañan. —Pues si conoce de mí sabrá que no quiero saber de ese hombre. —Y me parece muy bien, no lo haremos si eso es lo que quieres, pero si algún día deseas saber toda la verdad, yo puedo dártela. —La oferta es buena, pero ya el pasado debe quedarse ahí, señor Cintolesi. —Inteligente y astuta, por eso creo que eres la adecuada para lo que necesito. —Dígame que es lo que quiere, señor. Yo veré si lo acepto. En una conversación cómplice el señor Cintolesi me contó sus temores y lo que estaba pasado bajo sus narices, que sabía que había gente de su organización que lo estaba intentando matar, pero que su gran miedo era que el maldito de Franchesco se aprovechara de la situación, me contó sobre su hija mayor y que se encontraba en Estados unidos, que tenía un nieto y que a pesar de todo, él entendía su odio y resentimiento. Cuando me contó lo que le hizo a ella o más bien a su novio mi corazón se congeló, no podía entender como un padre podía hacer eso y luego volví a pensar en el mío, que siguiendo órdenes como dijo mi jefe, había hecho lo mismo conmigo arrebatándome a mi mamá. También me agradeció el que hubiera hecho algo por él, al final se dio cuenta que sea lo que le estén haciendo debía afrontarlo como una forma de pagar todo lo que había hecho en su vida y ahí fue donde me pidió lo impensado. —Regina, quiero que te hagas pasar por mi Gia. —Señor, no creo que yo pueda… —Estoy seguro de que lo puedes hacer, el doctor está de acuerdo en hacer creer a todo el mundo que tengo algunos problemas en mi cabeza y que desde que te vi te confundo con Gia, ese no será el problema. Además, necesito una forma de saber realmente quién es el que me está matando lentamente y hacerlo pagar para proteger a esas dos niñas que sin mí no tienen a nadie. —Señor, esto de verdad es una locura, no creo que su consigliere esté de acuerdo y los demás. —¡TEO! —Sí, jefe. —Llama a mi abogado y a mi consigliere, mi hija dice que estoy loco. —De inmediato, jefe. —Ves, ellos dirán y harán lo que yo les diga, salvo el mal nacido que esté tras de buscar mi muerte. —Suegro… —¿Te llamé? ¿Pedí que entraras? —No, lo siento es que yo. —¡SAL DE AQUÍ! Entrarás cuando te llame y si te quiero tener todo el puto día esperando afuera lo soportas. Y dicho y hecho, ese hombre como entró, salió de la habitación del jefe sin decir ni pio. No podía creer que ese hombre altivo y asqueroso que se las daba del “Capo di tuti” imitando a nuestro jefe agachara el moño sin siquiera rezongar. Un silencio calmo y hasta agradable se mantuvo por un rato, me levanté de la silla en donde estaba y me acerqué a la ventana. Miré hacia afuera y los primeros verdores comenzaban a aparecer. —Est será una agradable primavera. Escuché como la respiración de mi jefe era más calmada, eso quería decir que se había dormido, volví a sentarme y sopesé lo que me estaba ofreciendo. Tres golpecitos en la puerta me despertaron de mi conversación conmigo misma y respiré profundo. Vi como los ojos de mi jefe se abrieron y antes que los hiciera pasar le respondí. —Acepto el papel, pero con algunas condiciones. —Sabía que lo harías y claro, todo lo que digas, es por eso que mandé a llamar a Paolo. —Pero dígame una sola cosa antes de que ellos entre. —Pregunta lo que quieras saber. —¿Por qué yo? —Por que te pareces a ella, a mi amada Luciana… ------------------------------ Copyright © 2025 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative
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