Volare
Vivir en Ventimiglia era mi sueño hecho realidad, aquí no estaba todo lo que había vivido en Roma y aunque a veces me preguntaba si mi padre se sentía culpable por lo que hizo la sombra de las palabras de ese asesino volvían a retumbar en mis oídos.
—Regina ¿En qué piensas? —me pregunta mi niña Felicia, mientras estamos recostadas en el pasto del jardín.
—En mi mamá.
—¿La extrañas?
—Todos los días, mi niña.
—Yo ya ni me acuerdo de la mía, ella murió como la tuya, pero ni siquiera pasaba con nosotras, siempre estaba preocupada por complacer a papá, en cambio Gia—dio un largo suspiro— ella sí que estaba con nosotras a pesar de que éramos hijas de distinta mamá.
—La señorita Gia, ella es.
—La que se escapó—respondió antes que terminara de decirlo con esa madurez que me dejaba sin habla—, pero la entiendo, ella estaba sufriendo por la muerte de Romeo y por todo lo que le había hecho nuestro padre. Fue lo mejor que le pudo haber pasado el salir de esta maldita jaula de oro.
Si algún día la vuelvo a ver, me encantaría decirle lo orgullosa que estoy de ella por haber salido de aquí y que siempre le ruego a la virgencita para que ella esté bien donde quiera que se encuentre.
Sonreí orgullosa por esa pequeña niña, era buena de corazón y aunque peleara con la pequeña Aria la protegía de los arranques de su padre o de cada una de las mujeres que llegaban a ocupar el puesto de la querida de él.
Pero me asustaba todo lo que pasaba con ella. Felicia era una niña demasiado madura para su edad, hablaba y gesticulaba muy compuesta, su etiqueta era perfecta, en ella veía a una futura esposa de algún capo y eso me era lo peor.
¿Cómo era posible que desde tan pequeñas las educaran para ser esposas trofeo?
De solo pensarlo se me erizaba la piel, ella era una niña y si por mi fuera la dejaría disfrutar de su niñez, a penas y tenía ocho años y ya pensaba en el futuro como si mañana le tocara asumir el lugar que dejó su hermana.
—¿Podemos ir mañana a la plazoleta? Quiero comprar algunas telas.
—¿Y eso?
—El fin de semana será el cumpleaños de Aria y quería hacerle algo bonito, ya lo hablé con la maestra de corte y confección y me dijo que ella me podría ayudar.
—También yo puedo ayudarte. Mi mamá me enseñó a coser en la máquina, si tu maestra me lo permite las puedo apoyar.
—¡Eso sería genial! Le podríamos hacer uno de esos vestidos de princesas que hemos visto en esas películas.
—Me parece perfecto, yo tengo unos ahorros, así que podemos comprar…
—Tranquila, tengo mi propio dinero, no mucho, pero nos alcanzará.
—Oye Felicia.
—¿Y si hacemos un pastel?
—Gia hacía los mejores pasteles, desde que ella se fue la señora Leonora es la que los ha hecho, pero no son tan ricos.
—Yo no soy una gran experta, pero me sé defender.
—Entonces estamos de acuerdo, yo haré el vestido y tú el pastel.
—Los haremos ambas.
Ajena a nuestra conversación, mi pequeña Aria corría de un lado a otro persiguiendo a una mariposa y se me vino a la mente esas tardes en la cocina cuando mamá preparaba su tarta de fresa y cantaba esa linda canción.
Volare oh, oh
Cantare oh, oh
Nel blu dipinto di blu
Felice di stare lassù
Ma tutti i sogni nell’alba svaniscon perché
Quando tramonta la luna li porta con sé
Ma io continuo a sognare negli occhi tuoi belli
Che sono blu come un cielo trapunto di stelle
Volare oh, oh…
Así me gustaría que fuera la vida de estas niñas, que volaran y fueran felices…
A la mañana siguiente, nos estamos preparando para salir cuando escuchamos los gritos que provienen de la sala.
—¿Qué sucede? — pregunto a Teo, cuando llego y veo al jefe tirado en el suelo.
—Se ha desmayado, no es primera vez que le pasa, pero parece que esta vez es grave, Regina.
En sus ojos veo el temor, pero ¿qué podría pasar si se muere ese viejo?
Mis niñas serían libres de todo esto y… No, ¿Qué pasaría con ellas? ¿irían a un orfanato?
Nadie se mueve…
Nadie dice nada…
¿Qué mierda les sucede?
Corro hacia el don y toco su cuello para sentir su pulso y luego revisar su respiración.
—Llama a la ambulancia, su pulso es débil y creo que es un infarto.
Como si fuera la dueña de la casa todo el mundo reaccionó a mis ordenes y comenzaron a movilizarse, mientras yo hacía lo posible para mantenerlo en esta tierra y que mis niñas no sufrieran, le pedí a Florencia que las cuidara y que no las trajera a la sala, que les mintiera por un rato y que les dijera que pronto estaría con ellas.
Pero no pude cumplir con eso, pues al ver a todos esos idiotas haciendo nada me obligué a tomar las riendas del asunto. Fue así como después de unos minutos llegó la ambulancia, como nadie atinaba a nada fui yo la que me subí con el señor Cintolesi.
¡Dios! ¿Qué pasaba con esta gente? El viejo podía no ser santo de mi devoción, pero es un ser humano y no lo podía dejar morir, de solo pensar en mis niñas y que se quedaran solas, eso no lo podía permitir.
Llegamos al hospital y mientras con Teo hacíamos el ingreso del señor Cintolesi yo le acompañé hasta la entrada de la urgencia.
—Dios, ayuda a este hombre a salir de esto por favor.
—Espero que tu dios te haga caso, Regina.
—¿Por qué lo dices, Teo?
—Si llegase a morir el jefe, quien está tras él en la línea es el infeliz de Vitale ¿ahora lo entiendes?
Por supuesto que lo entendía, ese era otro ser nefasto en esta organización y como si estuviéramos invocando al diablo escuchamos los pasos que se acercaban y de la nada, el tipo se para frente a nosotros con su sonrisa siniestra y esos ojos negros como la noche.
—Supe que lo trajeron a tiempo—¿por qué lo decía así? Era como si quisiera verlo muerto ya— ¿Dónde está?
—Lo están atendiendo, señor Vitale. Aun no sale el doctor para decirnos que le pasó—responde Teo con la cabeza gacha.
—¿Fuiste tú la que lo salvó?
—Solo verifiqué sus signos vitales y pedí que llamaran a la ambulancia, señor Vitale—yo no era como Teo, lo miré directamente a los ojos y chasqueó la lengua con cierta molestia y a mí me importaba una mierda.
—Bien hecho—dice de la nada y se da la media vuelta para sentarse en una de las bancas que hay en el lugar.
La espera se hizo larguísima y después de tres malditas horas por fin un médico salió a hablarnos.
—Familiares del señor Cintolesi.
Nos levantamos los tres como resortes y, en mi caso corrí hasta llegar donde el doctor.
—¿Cómo se encuentra? —pregunté preocupada.
—Tú fuiste quién le dio los primeros auxilios ¿no?
—Algo así ¿estará bien? ¿se recuperará?
—Déjalo hablar, Regina—respiré hondo para no partirle la cara a ese imbécil, pero tenía razón necesitaba saber del señor Cintolesi—. Su hija, mi prometida está nerviosa, doctor, perdónela por favor.
—Ya veo, pues su padre ha pedido verla.
¿Qué había sido todo eso? ¿Por qué este tipo había dicho que era la hija del jefe? Y para colmo ¿Por qué pedía verme?
Por lo menos, eso quería decir que había sobrevivido y de verdad que lo agradecí, ya iría con mis niñas a la iglesia para darle las gracias, por lo pronto entraría a su habitación como su hija y acompañada de mi prometido.
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