Capítulo 4

1249 Palabras
Mi nueva vida.  Ventimiglia, Italia. Hace un año que había llegado a esta hermosa parte de mi país, la zona costera de Ventimiglia había sido el mejor lugar para rehacer mi vida y olvidar todo aquello que me produce dolor de mi pasado. Ese día que salí del cementerio le hice una promesa a mi madre y esa era que jamás me volvería a involucrar con esa gente, odiaba a mi padre, odiaba al señor Cicarelli y… lo odiaba a él. Puede que Lorenzo no tenga nada que ver en todo lo que esos dos hombres hicieron, pero es hijo del asesino de mi madre y por mucho amor que le pude tener ese murió el día que ella lo hizo. —Yegina, Yegina… La dulce voz de Aria me saca de mis pensamientos, es una niña tan pequeñita, apenas está aprendiendo a hablar y le cuestan las erres, pero ella y su hermana Felicia han llenado mis días de soledad desde que llegué a este pueblo. —¿Qué pasa, mi tesoro? —Elicia me hizo Yaya. —Yo no fui—responde su hermana y ambas me provocan sonreír, viven peleando como perros y gatos, se parecen tanto a… No, Regina, no lo vuelvas a hacer. Ellos son tu pasado, las niñas son tu presente. Me grita mi conciencia y le hago caso, no necesito recordar, necesito vivir. —No peleen, mis tesoros. Ustedes son hermanas y deben protegerse y amarse, ambas solo se tienen la una a la otra y a su papá. Deben quererse y apoyarse mutuamente, ser unas niñas buenas y velar la una por la otra ¿entendido? Ambas me miran con duda, las dos son muy pequeñas y no entienden muchas cosas, pero la vida había hecho que llegaran a mi mundo y yo lo había aceptado, aunque con eso estuviera metida en medio de la mafia de Ventimiglia. Irónico ¿no? Yo, que me prometí no meterme con este tipo de gente y había caído en las manos del “Capo di tuti”, como le gusta que le digan. Es un ser oscuro y nefasto, todo le molesta, sobre todo mis niñas, si no fuera por la señora Leonora que me trajo aquí puede que otro gallo cantaría y aunque en estos momentos esté medio desaparecida por su enfermedad, fue que gracias a ella llegué a la familia Cintolesi. Todavía recuerdo él día que decidí venir a este lugar… —¿Estás segura de lo que haces Regi? —Sí, Carlo, no puedo seguir otro minuto más aquí. Lo que ellos… lo que mi padre hizo nunca se lo perdonaré. —Puede que escucharas mal, Regi. —¡No! Los escuché fuerte y claro, ellos… ellos lo hicieron ¡Me quitaron a mí mamá! —Tranquilízate, Regina. Si quieres escapar de tu casa puedo contactarme con una tía que tengo en Ventimiglia y ella te puede ayudar— la madre de Carlota nos estaba escuchando tras la puerta y había entrado a la habitación de mi amiga, mañana sería el funeral de mi madre y después de eso me iría. —Gracias, señora, muchas gracias por esto. Algún día se los pagaré. —No hay problema, Regina, lo importante es que te sientas a salvo… El día que enterré a mi madre hice varios juramentos en su tumba, todos silenciosos pues no quería ver a esos mal nacidos. Los odiaba y su actitud de dolor me parecía falsa y nefasta. Una vez que salí del cementerio, tomé un taxi para llegar al que era mi hogar, entré apurada y busqué la pequeña mochila que había dejado dispuesta en la noche. Volví a mirar mí habitación y todo lo que dejaba atrás, negué con mí cabeza y salí por la puerta de esa casa a la que no volvería nunca más. Al llegar a Ventimiglia, la señora Leonora me recibió con los brazos abiertos, ella era la jefa de cocina de la casa de los Cintolesi y vivía, como todos los empleados, en las caballerizas hechas para ellos, así que la señora Leonora me hizo pasar por su sobrina y entré a trabajar como mucama, la paga era buena y éramos varias, por lo que el trabajo no era problema. Y así pasó el tiempo, creo que fue un lunes cuando la niñera de las niñas no volvió a casa y me mandaron a cuidar a esas dos angelitas de dios y heme aquí ahora, siendo su nana y confidente. —Pues vamos a la plaza por un helado ¿les parece? Ambas niñas saltaron de la emoción y las arreglé para ir a la plaza del pueblo, ese era nuestro único paseo, pues su padre no nos permitía hacer muchas cosas y debíamos llevar a dos de los guardias pues ese señor tenía muchos enemigos. Cuando estamos por salir, apareció el innombrable, Franchesco Vitale, el idiota mano derecha del señor Cintolesi. —Dichosos los ojos que te ven, cara mía. —Señor VItale. Si busca a mi patrón se encuentra en su despacho, digo pasando por su lado, pero el mal nacido me toma del brazo y me habla al oído. —Algún día caerás, gatita. Dalo por hecho, ninguna se me resiste. Ja, él cree que no sé lo que cuentan de su reputación. El muy hijo de puta ha abusado de cuanta chica conoce desde que su prometida, la hija del señor Cintolesi había desaparecido. Creo que ella tuvo mucha suerte de tener una ángel de la guarda como lo había tenido yo al conocer a la señora Leonora, por eso sabía que conmigo el tipo este no podría hacer nada, cada uno de los guardias me protegía a mí y a las otras chicas de la servidumbre como si fuéramos sus hermanas. —Ya estamos listos, Regina—me habla Teo y yo, disimuladamente, me suelto del agarre de este asqueroso animal. —Gracias, Teo, vamos saliendo con las pequeñas. Niñas vamos por su helado. —¡Sí! —me respondieron ambas con muchas ganas de salir de esta prisión en que las mantenía su padre. La tarde fue entretenida, salir con Teo y Nicola era lo mejor, de los guardias del viejo Cintolesi ellos eran los más nuevos, aun no estaban tan metidos en toda esa mierda que era la mafia, por lo que pasar la tarde con ellos en la plaza del pueblo era reconfortante. —¿Cuándo aceptarás salir conmigo, Regina? —Ni en esta vida ni en la próxima —le digo a Nicola, mientras Teo se ríe y le limpia la boca a Aria que está completamente manchada por su helado de chocolate. —Será mejor que nos vayamos, ya es tarde y el señor puede que se moleste. —Tienes razón, Teo. Los tres tomamos a las niñas y las subimos al auto. —Gracias—le dije bajito al oído. —¿Por qué? —me preguntó Teo. —Por ser mi amigo y siempre estar ahí para protegerme. —Siempre, querida luciérnaga. Cuando tengas algún problema o te moleste ese idiota de Vitale recurre de inmediato a mí, sabes que te considero como si fueras mi hermanita y si de mí dependiera daría la vida por ti. Esas palabras calaron hondo en mi ser, lo que no sabía es que un día se cumplirían y de la peor manera. ------------------------------ Copyright © 2025 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative
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