Capítulo 13

1724 Palabras
La señorita de la casa no puede hacer esas cosas. Ventimiglia. Hemos vuelto a la mansión del señor Cintolesi, estuvo dos largas semanas hospitalizado y me hice cargo de todo, ese hombre le tenía miedo hasta su propia sombra. —¿Sabes, hija? a veces que pienso que despertaré y todo volverá a cuando era in chiquillo y todo lo que he vivido será un mal sueño. —Ojalá y fuera así de fácil, señor. El señor Cintolesi toma mi mano y me mira a los ojos, mueve su cabeza en forma de negación y trata de sonreír. —No olvides lo que hemos hablado, ya eres mí hija y nadie te podrá negar, el idiota de Vitale les ha dicho que estoy loco y que veo en ti a mi amada Gía, pero solo los que estamos aquí sabemos la verdad. En el auto donde vamos a casa, van Matteo y Teo adelante y nosotros en los asientos de atrás, eso quería decir que nosotros cuatro mantendremos este secreto hasta la muerte, por lo menos hasta la de nuestro jefe. El acuerdo era claro, yo seguiría cuidando a mis niñas y las protegería de Vitale y sus hombres hasta que su verdadera hija tomara su lugar y, aunque no estuviera tan convencida, acepté sobre todo pensando en lo malo que era ese tipo. —Señor, estamos llegando. Dijo con voz solemne, Teo y nuestro jefe asintió, dando golpecitos en mis manos para quitarme los nervios. —Pues que comience el juego, ya saben sus labores y espero que me sean tan leales como esta muchacha. —Sí, señor. Respondieron ambos y esperamos a que se abriera la verja de su hogar. Al estacionar el auto, Matteo se bajó primero para sacar la silla de ruedas que será la fiel compañera de nuestro de jefe, mientras yo me preocupaba de tomar la manta y las cosas personales que guardaba de mi jefe. Cuando me disponía a bajar, el celular que me había dado el tal Vitale sono. —Contesta, cara mía, lo más probable es que sea para controlar mi llegada. Haciendo caso a lo que me ordenaba mi jefe, tomé la llamada, mientras me bajaba del auto, caminé unos pasos y dejé que los chicos ayudaran al señor Cintolesi. —¿Bueno? —¿Por qué te demoras tanto en contestar? —Estoy con el señor, creo que puede entender eso ¿no? —Insolente—bufó molesto—¿Ya están en la mansión? —Acabamos de llegar. —Necesito verlo urgente, hay problemas en Roma y es de vida o muerte que me atienda. —Veré que puedo hacer, señor Vitale. —Nada de veré, estaré en una hora más allí y espero que ya el viejo esté instalado para escucharme, sé que de alguna forma u otra le gustará lo que tengo que contarle. Y sin más que decir, me cortó, el tipo era una verdadera desgracia para la humanidad, pero como decían por ahí hay que tener al enemigo cerca, sobre todo en la condición de mi jefe. Después de cortar la llamada entré a la casa y ahí estaban esas dos pequeñas que me habían robado el corazón. Ama me recibieron con sus brazos abiertos y preguntando mil cosas, pero no pude hacer mucho por ellas pues el jefe me miró y supe de inmediato que debía seguirlo. —Denme unos minutos con su padre y ya voy con ustedes. Ambas niñas obedientemente asintieron y se fueron con una de las chicas que me ayudaba a cuidarlas. Con pasos tranquilos me dirigí al estudio del señor Cintolesi. Ni siquiera había cerrado la puerta y el hombre con la mirada perdida, me miró y habló. —¿Qué quería ese idiota? —Según él tiene que comunicarle algo importante, creo que dijo que era de vida muerte. —Todo es de vida o muerte para él, nunca cambia. Quiero que te quedes y estés atenta lo que dice. Necesito que seas mis ojos y mis oídos ya sabes que mi enfermedad me priva de algunas cosas y puede que tú seas la persona indicada para apoyarme en esto. —Lo tengo claro, señor. Ya lo habíamos hablado en el hospital.. —Ves, te lo dije. Soltó una risita complacida y acomodó su silla al costado de su escritorio. Como noté su incomodidad, me acerqué a él y saqué su sillón lo dejé en un costado y luego tomé la silla de ruedas y la acomodé en ese lugar. —Gracias, Regina. —No se preocupe señor, pero por ahora iré a ver a las niñas, estaban un poco ansiosas y quiero dejarlas tranquilas. —Ve con ellas, pero cuando llegue ese imbécil vuelves. —Sí, señor. Salí del estudio de mi jefe y me dirigí a la habitación de las niñas, ambas estaban jugando con las muñecas de trapo que habíamos hecho antes de que su padre colapsara. —Regina—me habló la mayor— ¿Mi papá está bien? —Lo está, cariño. Solo fue un pequeño susto que nos hizo pasar, pero ya está bien. —Eso es bueno ¿no? —Por supuesto que sí, cariño. Ahora cuéntenme ¿qué han hecho sin mí? Me contaron que habían estado jugando y disfrutando estos días si su padre en casa y que la gente de La mansión las había tratado con princesas, la más pequeña solo miraba y escuchaba lo que decía con tanta emoción su hermana. Era como si estuviera examinando todo y cada frase que la mayor decía solamente asentía. —Eso me parece maravilloso, tendremos muchas más cosas por hacer y juegos que inventar, porque desde hoy me encargaré completamente de su cuidado. —¿En serio? —En serio, cariño. Eso fue lo que me prometió su padre y sé que lo va a cumplir. Unos golpecitos en la puerta no sacaron de la conversación. —Ha llegado—era Teo el que estaba tras la puerta y con esa simple frase me dejó claro quién era la persona que estaba entrando a la casa. —Niñas, iré a ver unas cosas con su padre y volveré, prepárense para un rico baño de tina y luego un maravilloso cuento. Ambas asintieron felices y me llenaron de besos. Salí tranquilamente de su habitación y devolví mis pasos hacia el estudio de nuestro jefe. Al llegar al último escalón de la escalera me topé con el indeseable de Vitale. —¿Dónde está?—habló golpeado como siempre. —En su estudio ¿dónde más? —le respondí con cierta cautela—. Sígueme, te llevaré con él. —Tanta confianza no me gusta. Seráaque de una vez también me trates de usted. Me mordí la lengua y solo a sentir indicándole con mi mano que me siguiera. Abrir la puerta del estudio y me dirigí a mi jefe. —Señor, Franchesco Vitale se encuentra aquí y quiere hablar con usted. —Déjalo pasar y dile a Carmina que prepare el té. —Sí, señor—le di el paso a ese hombre y con un pequeño asentimiento iba a cerrar la puerta, pero mi jefe me detuvo. —¿Sabes qué? mejor no te preocupes, esta conversación será corta así que mejor quédate aquí conmigo Necesito ver algunas cosas de las niñas. —Lo que tengo que decir no es tan corto y creo que ella no debe estar aquí es una simple empleada. —¿De qué mierda hablas, Franchesco? ¿Se te olvida que es ella? —Disculpa, es que estoy un tanto preocupado por lo que te vengo a comentar. —Suéltalo ya y déjate de rodeos. —Hace dos semanas apresaron a Lorenzo Di Rossi. —¿Y eso en qué me influye? —¡Por dios, es nuestro Don!—le replicó un tanto preocupado. —Y vendrán otros, así es la regla de la vida en nuestro círculo. —Se ha citado a todos los capos que conforman la organización y tú estás entre ellos, pero de excusé por tu problema de salud. —¿Y quién te ha dado ese derecho? —Soy tu yerno, es lo menos que podía hacer por ti. —Maldito stronzo, metiche ¿ Cuándo se reunirán? —Mañana en la mañana. —Convenientemente para ti venir a avisar este momento ¿no? —Estabas en el hospital. —Y un buen consejero habría corrido a mi lecho en el hospital para avisarme. Hasta para eso eres inútil. Vitale, lo miró molesto. Creo que en ese momento, si hubiese podido, habría sacado su arma y le habría disparado hasta quedar sin ninguna bala pero se mordió la lengua y solo asintió. —¿Y qué haremos? —Por lo pronto nada, esperaré a que se me informe como consejero de la organización quién es el nuevo al mando, así se hacen las cosas—le dijo en son de mofa —y creo que más de alguno llegará con el chisme. Ahora, retírate que quiero descansar. Hija acompáñalo y déjalo en la puerta de la casa, luego ve con las pequeñas. —Sí, padre. Aunque no quería hacerlo debía seguir con el teatro y la mejor forma era tratándolo de esa forma. El viejo Cintolesi sonrío satisfecho y nos hizo con la mano para que nos largáramos, no iba a cambiar siempre sería el que mandara aunque a Vitale no le gustara. —Ese maldito viejo. —Guarde la compostura, señor Vitale, es su amo ¿o quiere hacer alguna revolución? —Cuidadito como me hablas empleada, no eres más que una niñera en esta tremenda casa, ve a limpiar la mierda de esas niñas y Deja de molestar. —¿De qué hablas? Mi padre te lo dijo en el hospital, ¿no lo recuerdas?—digo con malicia— Soy la hija mayor del capo de Ventimiglia y la señorita de la casa no puede hacer esas cosas. Que tengas un buen día, Vitale. Y lo dejé ahí parado en medio de la sala más cuidando mierda en contra mía me importaba nada ahora estaba bajo el alero del viejo Cintolesi y nada ni nadie me haría salir de ahí. ------------------------------ Copyright © 2025 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative
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