Lía Nueva York no te abraza . Te prueba cada día como si quisieras ver si aguantas o te quiebras. Trabajo de noche en el restaurante, duermo poco y mal, sonrío cuando toca aunque el alma esté hecha trizas. El lugar se llama “La Dolce Vita”, ironía pura que me da risa amarga cada vez que entro. Sirvo pasta al dente, vino tinto caro y sonrisas forzadas a gente que no me mira a los ojos, solo al menú. Propinas que apenas alcanzan para el alquiler del apartamento cálido pero pequeño que encontré con el dinero de Carla, el que me obliga a recordar su promesa cada vez que pago el recibo. El apartamento es mi refugio ahora: paredes blancas con luz natural que entra por la ventana grande, cocina funcional con nevera que zumba de noche, baño con ducha caliente que borra el sudor del turno. Mueble

