La suite está en silencio, un silencio caro, de esos que pesan más que los gritos. El teléfono vibra sobre la mesa de cristal, pantalla encendida con el nombre de Sebastian. No lo tomo. No todavía. La vista desde el ventanal da al canal, luces reflejadas en el agua negra como promesas que no cumplieron. Todo aquí es lujo prestado: la cama king con sábanas blancas que aún conservan el olor de su piel, el sillón de cuero donde me prometió futuro, la botella de champagne a medio terminar como un chiste cruel. Carla está sentada en la barra, piernas cruzadas, bebiendo directo de la botella de tequila. Me observa sin decir nada. Ella sabe. Siempre sabe. El teléfono vibra de nuevo. Respiro hondo y contesto. —¿Qué quieres, Sebastian? Su voz llega apresurada, tensa, rota. —Lia… amor. Escúcham

