La cena fue perfecta. Un bistró escondido en el Jordaan, sala privada, caviar iraní, filete con salsa de trufas, Bordeaux ’82 que fluía como promesas derramadas. Lía llevaba el vestido n***o que le regalé —seda que se adhería a sus curvas como una caricia pecaminosa—, y sus ojos verdes brillaban con esperanza frágil. Dejé el tenedor, tomé su mano sobre el mantel blanco. —Lía, no puedo seguir fingiendo. Te amo. No como capricho, no como escape. Te amo como hombre que olvidó cómo respirar sin ti. Cada vez que te follo, recupero un pedazo de mí. Tus gemidos, tu coño apretándome… joder, es más que placer. Es hogar. Tragó saliva, el vino atascándose en la garganta. —Sebastian… ¿y Isabella? ¿Sofía? No soy la villana de telenovela rica. Si me amas, déjala. O déjame ir antes de que nos destruy

