Salí de la consulta sin poder articular una sola palabra. Marina me sostenía por los hombros mientras mis piernas temblaban, como si de un momento a otro fueran a doblarse bajo el peso de una realidad que no terminaba de aceptar.
Cinco semanas.
Cinco.
Eso significaba que había sido aquella noche… La noche que tanto me empeñé en olvidar, aquella en la que mi conciencia quedó suspendida entre el placer, el miedo y la neblina del alcohol. La noche en la que un desconocido me arrancó más de lo que yo estaba dispuesta a dar… y ahora llevaba su hijo en mi vientre.
—Rossi —susurró Marina, abrazándome con fuerza mientras esperábamos el ascensor—. No estás sola, ¿sí? Estoy aquí contigo.
Pero no pude responder. De repente, una náusea me revolvió el estómago con violencia. Me solté de su agarre y salí corriendo por el pasillo, buscando desesperadamente un baño. La visión se me nubló por las lágrimas. A la vuelta de un pasillo, choqué contra alguien. Los papeles de la consulta —los folletos sobre cuidados prenatales, vitaminas, y las opciones sobre interrupción— volaron por el aire.
—Perdón, perdón —balbuceé, sin detenerme. Seguí corriendo.
Entré al baño más cercano y vomité con fuerza, como si mi cuerpo intentara expulsar también el dolor. Me arrodillé en el suelo, jadeando, con el rostro sudado y el alma hecha trizas. Me levanté torpemente, me enjuagué la boca, me lavé la cara… y cuando salí…
Ahí estaba él.
Parado frente a la puerta del baño como una figura tallada en piedra, vestido de n***o, el rostro serio, los ojos como cuchillas. Su sola presencia me paralizó. Todo el aire del pasillo pareció desaparecer.
Manuel Heis.
El mafioso más peligroso del país.
El hombre que había salido en la pantalla el día que presentaron mi tema de tesis. El jefe del cartel más temido. El mismo que había estado dentro de mí aquella noche. El padre de este niño o niña que ahora crecía en mi interior.
No supe cómo reaccionar. Retrocedí instintivamente, pero él avanzó.
—Estás embarazada —espetó con una voz grave, que me atravesó como un cuchillo.
—Manuel… yo… —tartamudeé, buscando a Marina con la mirada, pero no estaba. Estaba sola frente a un hombre que podía destruirme con solo desearlo.
Él me sujetó del brazo y me empujó con firmeza contra la pared, sin hacerme daño, pero con una intensidad que me hizo temblar de pies a cabeza.
—¡Dime la verdad! —rugió—. ¿Ese niño es mío?
Sus ojos estaban inyectados de furia. El control que intentaba mantener se quebraba en su mandíbula apretada y en la fuerza con la que me aferraba. Podía sentir su respiración agitada, sus emociones desbordándose como un torrente indetenible.
Yo no pude más. Todo lo que había contenido, el miedo, el dolor, la incertidumbre, explotó.
—¡Sí! —grité, con la voz desgarrada—. ¡Sí, es tuyo! ¡Maldita sea, es tuyo!
Mis palabras lo hicieron retroceder como si lo hubiera golpeado. Soltó mi brazo. Sus ojos se abrieron como si jamás hubiera considerado esa posibilidad como real.
—¿Estás segura?
—No estuve con nadie más. No fue Dester. ¡Fuiste tú! —grité entre lágrimas—. ¡Ni siquiera sabía tu nombre! ¡No sabía quién eras, Manuel! ¡No sabía que eras… esto!
Me llevé las manos al rostro, intentando cubrir mi vergüenza. Él no dijo nada. Se quedó allí, mirándome, y por primera vez no parecía un mafioso, ni un hombre peligroso. Parecía confundido. Herido. Atrapado en una verdad inesperada.
—Cinco semanas —dije, más para mí que para él—. Hoy me lo confirmaron. Hicieron un eco. Lo vi… es… es real.
—¿Y qué vas a hacer?
Lo miré, hecha pedazos, los ojos hinchados, la voz quebrada.
—No lo sé. No tengo beca. No tengo hogar. Mi madre no me contesta el teléfono. Solo tengo a Marina… y este bebé… que ni siquiera sé si quiero.
Él cerró los ojos un momento, como si necesitara asimilar todo. Luego, los abrió y me sostuvo la mirada con una seriedad brutal.
—Tú no vas a estar sola en esto.
—¿Qué?
—No te voy a abandonar. No te voy a dejar en la calle. Este hijo es mío… y tú vas a venir conmigo.
—¡Estás loco! —solté, intentando alejarme—. No te conozco. No sé quién eres en realidad.
—Soy el padre —dijo con firmeza, como si eso bastara—. Y si crees que voy a permitir que la madre de mi hijo llore en un pasillo de hospital, sin beca y sin apoyo, entonces no me conoces en absoluto.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué vas a hacer?
—Te vas conmigo. Esta misma noche. Vas a tener el mejor médico, el mejor techo, la mejor seguridad. No permitiré que nada te pase a ti ni a ese niño.
—¡Yo no quiero tu ayuda!
—Y yo no te estoy preguntando.
La voz de Manuel se volvió gélida. No era una amenaza. Era una declaración.
Entonces, apareció Marina corriendo por el pasillo, con el rostro pálido al vernos.
—¡Rossi! ¿Qué…? ¿Qué está pasando?
—Vámonos —dijo Manuel sin mirarla—. Ella viene conmigo.
Yo no dije nada. Estaba paralizada entre el miedo, la duda y un instinto que me gritaba que si no aceptaba su ayuda, lo perdería todo.
Incluyendo a mi hijo.