—Todavía no puedo creer lo que vi —Isabel le había enviado un audio de voz a su mejor amiga—. Salomé y Juan Cruz…
—Deberías contarle la verdad a tu hermano —Umma replicó—. Quizás no sabe que ella es la novia de Samuel.
—No voy a hacerlo. No ahora ¡Él se siente muy mal con las cuestiones familiares!
Su vecina tardó un par de minutos en responder.
—Sé que no debería proponerte esto porque estás castigada, pero ¿Querés que vayamos a la discoteca esta noche? Necesito salir de mi casa ¡Mi abuela está discutiendo todo el día con mi madre!
—Claro, no puedo decirle que no a mi mejor amiga. Utilizaré el dinero que me ha dado mi padre y escaparé por la ventana.
—Genial ¡Nos vemos en una hora! —dejaron de enviarse audios de voz.
Isabel aprovechó esos sesenta minutos para ducharse, y decidir qué usaría. Quería ponerse un vestido ajustado, pero no sería cómodo para saltar por la ventana. Así que se colocó unos pantalones engomados de color n***o, una blusa roja y tacones que combinaban.
Cuando se colocó frente al espejo para que la máquina maquilladora hiciera su trabajo, casi se echó a llorar: había perdido peso. Odiaba ser tan delgada ¡Ninguna prenda le quedaba bien!
A pesar de su malestar, terminó de prepararse para salir y escapó por la ventana.
Umma la estaba esperando en la esquina de su hogar. Llamaron a un taxi y fueron hasta la discoteca.
En el centro bailable, había muchísimos adolescentes y jóvenes disfrutando de la noche. Isabel y Umma se acercaron hasta la barra donde servían bebidas. Umma pidió un trago con alto porcentaje de alcohol. Isabel la imitó ¿Qué más daba que estuviera castigada?
Las amigas dialogaron un buen rato hasta que un chico de cabello n***o se acercó hasta la señorita Haro.
—¿Querés bailar conmigo? —le preguntó.
Umma se mordió el labio, y miró a Isabel de reojo. La joven Medina asintió con la cabeza ¡No podía impedirle a su amiga que pasara un rato con un muchacho!
—Vuelvo pronto —le dijo.
Isabel se quedó sola en la barra. Mientras bebía su trago, miraba la pantalla de su móvil. Se sentía bastante aburrida y abrumada ¿Cómo le diría la verdad a su hermano?
En ese instante, alguien le tocó el hombro. Ella volteó rápidamente, y se sintió algo decepcionada al contemplar el rostro sonriente de Ezequiel.
—No esperaba verte aquí —comentó—. ¿Querés ir a la pista de baile?
—No, gracias. Estoy esperando a mi amiga.
—¿La chica rubia? No volverá en un rato. Está ocupada besándose con un muchacho. Vamos a dar una vuelta por la discoteca, si no te apetece bailar.
—No, gracias —Isabel le enseñó los dientes. No había ido hasta allí para perder su tiempo con Ezequiel.
El muchacho de ojos azules soltó un suspiro.
—Entonces, me sentaré a tu lado.
Isabel se sintió completamente irritada. Sin decirle una sola palabra, se puso de pie. Estaba decidida a alejarse de la barra.
Sin embargo, el joven Acevedo la tomó rápidamente de la muñeca.
—No te vayas —le suplicó.
—Soltame —gruñó la muchacha.
La apretó con más fuerza. Isabel comenzó a sentir un poco de miedo. Intentó zafarse, pero no lo logró.
—¡Soltame! —gritó, y le pegó una bofetada.
—Dejala ir —intervino una voz conocida—, si no querés sufrir las consecuencias.
Samuel había aparecido sin que Isabel lo hubiera notado. Vestía unos pantalones negros, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero. Sus ojos verdes se habían vuelto sombríos.
En ese instante, Ezequiel soltó a Isabel.
—Pagarás caro esto, Aguilar.
El joven Acevedo se pegó media vuelta y desapareció entre la multitud.
Samuel se acercó hasta Isabel y le tomó la muñeca con delicadeza para examinarla.
—El imbécil te dejó las marcas de sus dedos en la piel —la liberó suavemente, y le preguntó—: ¿Hay algo que pueda hacer para recompensarte por el comportamiento machista y violento de Ezequiel?
—Voy a hacerte dos preguntas ¿Por qué Acevedo me había dicho que ustedes dos eran amigos? Y otra más: ¿Por qué deberías recompensarme en su lugar?
—Ezequiel es un mentiroso. Además, está acostumbrado a tener a todas las chicas que desea. Cuanto más lo rechaces, más te querrá. Y en cuanto a la segunda pregunta, la respuesta es simplemente porque sí.
Isabel se sentía asqueada por el comportamiento de Acevedo, y no podía evitar preguntarse si le tenía miedo a Samuel. Sino ¿Por qué se habría ido? A pesar de que Ezequiel era más alto y fuerte físicamente, el joven Aguilar debía ocultar algún secreto ¿No? Quizás poseía información confidencial.
La jovencita no pudo evitar preguntarse si los muchachos la habían seguido hasta la discoteca: uno, para acosarla; y el otro, para protegerla.
Descartó esos pensamientos de su mente, y se apresuró a decir:
—Podemos ir juntos a la pista de baile.
—No soy buen bailarín —Samuel se encogió de hombros.
—Yo tampoco, pero dijiste que me compensarías —puso ojos de cachorrito.
El joven Aguilar le dedicó una sonrisa, y asintió. Ella abandonó su trago y arrastró al muchacho al centro de la pista.
—No suelo frecuentar estos lugares ¿Cómo se supone que debo moverme? —Samuel se veía sonrojado.
—Imitemos a los demás —replicó.
Mientras se movían tímidamente, Isabel no pudo evitar preguntar:
—¿Y tu novia, Salomé?
—No es mi novia.
—¿Y por qué dejaste que te besara?
—Vos no sabés quién es ella. Es igual que Ezequiel: desea lo que no puede tener.
—¿Ha venido a la discoteca?
—No lo sé, no la he visto hoy. Debe estar ocupada con algún muchacho, supongo.
Isabel tragó saliva ¿Estaría con su hermano en ese preciso momento? Samuel interrumpió sus pensamientos:
—Sos muy curiosa, Isa. No deberías hacer tantas preguntas.
—Lo siento —contestó, aunque no se arrepentía para nada de aquel interrogatorio. Es más: estaba alegre porque Salomé no andaba con el joven Aguilar.
De repente, la música cambió. Sonaba una melodía electrónica bastante alegre, que Isabel conocía por un videojuego. Ella comenzó a moverse según la coreografía que había visto en internet, y obligó a Samuel a hacer lo mismo.
El joven Aguilar era peor que una tabla de madera para bailar, lo cual hizo que ambos se rieran durante un largo lapsus de tiempo.
Sin que se dieran cuenta, habían estado divirtiéndose alrededor de una hora. Isabel sintió un poco de sed. Buscaron una bebida sin alcohol, y ambos fueron al patio de la discoteca, para poder dialogar sin tener que gritar a causa del alto volumen de la música.
—Hacía mucho que no olvidaba por un buen rato mis problemas —comentó Samuel.
—Lo mismo digo —Isabel le dedicó una sonrisa—. Me salvaste la noche ¿Qué hubiera hecho si no llegabas?
—Probablemente aún estarías esperando a tu amiga en la barra.
—Muy aburrido —comentó Isabel, sin poder ocultar una sonrisa.
Realmente le alegraba haber pasado tiempo con él. A pesar de que tenía la certeza de que escondía extraños secretos, le resultaba un chico súper agradable y atractivo.
—Dialoguemos un poco —dijo Sam, apoyándose contra la pared—. ¿No se supone que deberías estar castigada?
—Sí.
—Entonces ¿Por qué estás aquí?
—Tenía ganas de bailar, y escapé por la ventana.
—¿De verdad? —Sam enarcó una ceja.
—Bueno, en realidad mi amiga quería salir, y yo no deseaba quedarme en casa… —la frase quedó en el aire.
En ese momento, se dio cuenta de que no había sido la única en incumplir su castigo: Juan Cruz y Salomé salieron de la mano al patio de la discoteca. Ambos abrieron los ojos como platos al encontrarse con ellos.
—No le digas nada a tu hermano —Samuel le susurró al oído—. Se ve muy enamorado.
—¿Cómo…? —¿Cómo sabía que ella deseaba que Salomé dejara en paz a Juan Cruz?
—Ella le romperá el corazón —le interrumpió—, y no falta mucho para eso.
—No quiero que mi hermano sufra —murmuró Isabel, mientras observaba de reojo a la pareja que estaba acercándose.
—Todos sufrimos por amor en algún momento de nuestras vidas, hay que aprender a vivir con ello —suspiró.
No pudieron continuar conversando. Juan Cruz y Salomé pronto estuvieron frente a ellos. La joven Hiedra no pudo evitar fulminar con la mirada a Isabel.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó la bella muchacha.
—Debería preguntarles lo mismo —masculló la señorita Medina.
—¿Te escapaste por la ventana? —inquirió Juan Cruz, mirando fijamente a su hermana.
—Claro, no podía salir por la puerta principal. Creo que Damián cambió la contraseña y colocó una cámara de seguridad.
—Es probable que haya puesto vigilancia en toda la casa… Pero me da igual. Él no respeta a mamá, y mamá no se respeta a sí misma ni a nosotros al obligarnos a convivir con semejante gusano ¿Por qué debería preocuparme por un simple castigo? Bueno, además, siempre podemos salir por las ventanas de nuestros cuartos, no necesitamos emplear la puerta principal.
—Estoy de acuerdo con vos, amigo —intervino Samuel—, Damián es de lo peor. No merece tu respeto. Sin embargo, ustedes no deberían causarle más disgustos a su madre ¿No creen?
Isabel deseó responderle: “No estabas preocupado por mi castigo cuando estábamos bailando en la pista”. Sin embargo, se quedó callada.
—¿Vamos a casa, Isa? —preguntó Juan Cruz.
—Debería buscar a Umma.
—¿La rubia que está a los besos con un moreno? —Salomé señaló a la joven Haro, quien estaba adentro de la discoteca abrazada con un muchacho.
Isabel, al ver que su amiga estaba ocupada, le envió un mensaje para avisarle que se marcharía.
Los cuatro jóvenes salieron del centro bailable, y decidieron emprender la vuelta a casa a pie. Caminaron algunas cuadras. Samuel y Salomé iban callados, escuchando la conversación de los hermanos Medina.
—¿Creés que mamá se habrá dado cuenta de nuestra ausencia?
—Es posible. Aunque no he recibido ninguna llamada —Isabel chequeó su móvil.
Cuando estaban cerca de su vivienda, vieron una figura humana a cien metros de distancia, que corría a toda velocidad.
Samuel tensó la mandíbula, y apretó los puños a los costados de su cuerpo.
—Luis —anunció.
El hombre con aspecto de vagabundo que Isabel había conocido cuando había paseado en el parque con Ezequiel. El recuerdo no era de lo más agradable.
A medida que se acercaba, se podían distinguir las marcas en sus brazos, la suciedad de su ropa y los cortes. Cortes por todos lados. Evidentemente, había estado en problemas. Isabel se estremeció.
—¡Corran todos! —exclamó Luis, con la voz ronca—. ¡Váyanse!
—¿Qué demonios…? —balbuceó Juan Cruz, abriendo los ojos como platos.
Samuel soltó una seguidilla de maldiciones, y luego, bramó:
—Juan Cruz y Salomé ¿Podrían ayudar a Luis? Llévenlo a la casa de los Hiedra. Protejan a Micaela. También avísenle a los Medina que estarán un rato fuera de casa.
—Vos no podés darme órdenes.
—¿Acaso no te importa cuidar a tu hermana? ¡Sólo Isabel puede venir conmigo! ¡De prisa!
Salomé masculló por lo bajo, y con ayuda de Juan Cruz, asistieron a Luis.
El muchacho de rastas apretó la mano de Isabel y la llevó hacia las afueras del valle. Ella se quitó los zapatos, y empezó a moverse descalza tan veloz como el cuerpo se lo permitía. Sin embargo, él corría demasiado rápido para que ella pudiera seguir su ritmo. Afortunadamente, no se cruzaron con nadie: estaba por amanecer, y no había gente en las calles.
La joven Medina se sentía increíblemente confundida y alterada ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Por qué Luis tenía ese aspecto? ¿Por qué sólo ella podía acompañarlo?
Hicieron aproximadamente un kilómetro y la adolescente se detuvo de repente. Necesitaba respirar, y oír algunas respuestas. Miró al joven Aguilar, quien no parecía estar agitado a pesar de que era verano y había corrido diez cuadras.
—No voy a dar un paso más hasta que me digas qué es lo que está pasando —repuso la muchacha, jadeante.
—Son ellos —replicó Samuel con nerviosismo.
—¿Los mismos que te buscaban en el panteón?
Asintió.
—¿Quién es Luis? —inquirió rápidamente—. ¿Qué es lo que sabe? ¿Por qué estaba lastimado? ¿Por qué te buscan?
—Ahora no te puedo explicar. Ellos andan en vehículos. Deberíamos escondernos.
—¡Samuel! —Isabel se sentía completamente irritada ¿Por qué debía correr junto a él si no le brindaba ninguna respuesta? No seguiría avanzando si la mantenía en plena ignorancia—. No pienso moverme hasta que no me digas quiénes son ¿Por qué debo huir con vos si no me decís la verdad?
—¿No vas a moverte? Estamos perdiendo tiempo valiosísimo —frunció el entrecejo.
—No. Primero debés decirme qué está ocurriendo.
—Lo siento, Isa. Ponete los zapatos.
—¿Qué…? —la señorita Medina se sentía muy irritada. Sin embargo, presintió que debía hacerle caso a su nuevo amigo.
Apenas terminó de colocarse el calzado, Samuel la pilló de sorpresa: la levantó como si fuera una niñita y se lanzó a correr, apretándola contra su pecho. Isabel, a pesar de que tenía una personalidad testaruda y caprichosa, no se rebeló. Dejó que él la cargase hasta algún sitio seguro.
Él era sumamente veloz. Más rápido y sigiloso que cualquier humano normal: no miraba dónde pisaba, pero conocía perfectamente el camino. Isabel moría por hacerle un millón de preguntas.
Enseguida llegó a las afueras, en donde había un galpón. Desde el exterior, pudo observar que era idéntico al que había visto en sus sueños. Tragó saliva.
Él la bajó de sus brazos, pero no dijo una sola palabra. Se limitó a observar la sorpresa de la joven.
—Me parece familiar este lugar —ella rompió el silencio.
—Puede que te suene conocido, ha salido en las noticias. Acá es donde encontraron el cuerpo de mi madre. Hace años que nadie ingresa ahí adentro. Muchos creen que se ha suicidado, pero realmente lo dudo.
Los ojos verdes de Samuel brillaban intensamente. Podía verlos a pesar de la escasa luz.
—¿Tenés miedo, Isa?
—No —replicó. Quería hacerle tantas preguntas ¿Por qué ahora no le salían las palabras?
No era capaz de hacerlo sentir más abrumado de lo que se veía, era por eso ¿Por qué le preocupaban los sentimientos de aquel muchacho?
—Sam… ¿No te parece algo obvio este escondite? Ellos van a buscarte acá primero.
—Por supuesto que no. Desde que murió han estado pidiéndome que viniera, y jamás lo he hecho. Me dolía demasiado aceptar que ella ya no estaría más conmigo.
—Sam…
—No digas nada, Isa. Es más: te agradezco tu confianza… Ninguna chica normal hubiese aceptado venir hasta aquí con un muchacho que es perseguido por un grupo de lunáticos.
No fue capaz de contestarle. No supo qué decirle: ni siquiera ella se explicaba por qué le hacía caso.
Samuel abrió una puerta lentamente, y alumbró con un aparato similar a un teléfono. Le hizo una seña para que lo siguiera.
Ella caminó detrás de él. Estaba desconcertada, no entendía nada ¿Por qué había soñado con ese sitio? ¿Por qué justo la llevaba allí? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué le había pasado a Luis? ¿Acaso la muerte de la señora Aguilar estaba relacionada con asuntos oscuros?
El lugar estaba sucio. Era más pequeño de lo que parecía por fuera, y estaba completamente vacío. Solamente tenía una silla de madera, que parecía vieja y arruinada.
—Descansá —le señaló el asiento en mal estado—. Lamento no poder ofrecerte algo mejor.
Se quitó la chaqueta y luego la camiseta, y limpió la silla con su remera, pero no volvió a colocarse la ropa, se limitó a apoyarse contra la pared (típico gesto suyo al parecer).
Isabel tardó unos instantes en reaccionar: Samuel era demasiado sexy para no aprovechar y admirar su virilidad.
Pronto, apartó la vista. Se sentía avergonzada.
Se sentó, y le preguntó:
—¿No pensás darme ninguna explicación? —si bien se preocupaba por las emociones del muchacho, ya era hora de que le dijera la verdad.
Soltó un largo suspiro.
—Tengo miedo de que ellos quieran hacerte daño…
—¿Qué dijiste? —¿Por qué querrían lastimarla a ella? ¿Qué tenía que ver en todo lo que estaba ocurriendo?
—Estoy seguro de que te tienen en la mira, y es por mi culpa.
Isabel no pudo evitar sentir escalofríos. Esa gente con la que él trataba, parecía sumamente peligrosa.
—¿Por qué te culpás?
—Me vigilan, Isabel. Me he acercado demasiado, y realmente lo lamento… pero no fui capaz de evitarlo. Siento que te conozco de alguna parte. Por alguna razón, desde el día en que apareciste en mi vida, no dejo de pensar en vos. Tal vez creas que estoy loco u obsesionado, pero no puedo dejar de relacionarte con una rosa negra.
Isabel se sentía increíblemente confundida, y a su vez, halagada ¡El chico más atractivo que había conocido le había dicho que no dejaba de pensar en ella! Al ver que no respondía, él prosiguió:
—Bella, frágil y oscura. Una rosa negra.
—No soy frágil, y tampoco oscura —masculló, algo irritada.
—Tu aspecto lo es. Sos bella, parecés frágil, y estás rodeada de oscuridad. Despertás sentimientos en mí que…
—Ya —sacudió la cabeza. Le parecía que aquella conversación sólo lograría hacerla enojar más. Quería dialogar sobre lo que realmente importaba—. ¿Podemos hablar de lo que está sucediendo? No podrás ocultarme la verdad por mucho tiempo.
—No quiero que salgas herida. Una vez que te meten en eso, no hay salida.
—No importa, yo quiero saber.
—No lo creo —su rostro se ensombreció. Isabel no pudo evitar pensar que esa “oscuridad” que había mencionado minutos antes se relacionaba con él, y no con ella—. No quiero que te lastimen. Lo único que deseo es que te alejes de mí, y del negocio. Puedo conseguir un teléfono descartable para comunicarme con vos, pero ellos no deben saber que seguimos en contacto ¡Son realmente peligrosos!
—Samuel… —el corazón de Isabel latía con fuerza—. ¿Con qué clase de gente te relacionás, que tenés tanto miedo?
—No voy a poner en riesgo tu vida —replicó.
—Esto no tiene sentido, nada tiene sentido… —la joven Medina estaba a punto de estallar en un ataque de nervios: un joven que apenas acababa de conocer le había confesado que tenía sentimientos por ella pero que había un grupo de personas malvadas que la perseguirían si sabía la verdad (y no olvidemos el contexto: un galpón abandonado en donde habían encontrado un cadáver años atrás).
—Sí, lo tiene —él se agachó frente a ella, para mirarla a los ojos. Se veía increíblemente cansado—. Por algo estabas en el cementerio cuando ellos me buscaban. Por algo tenés esos sueños extraños…Lo que quiero decir es que sos especial, Isabel. No quiero que te pase nada.
Ella se estremeció. Se sentía mareada, y confundida.
Buscó de su bolsillo un cigarro y un encendedor. Temblaba de pies a cabeza, sentía que su cerebro estallaría en cualquier momento.
—¿Qué vas a hacer? —inquirió el muchacho.
—¿No es obvio? —replicó, y prendió el cigarrillo.
Samuel enseguida se lo quitó y lo apagó.
—¿¡Por qué hiciste eso!? —bramó. Samuel estaba a punto de hacerle perder la poca paciencia que le quedaba.
—No deberías hacerle daño a tu propio cuerpo.
Isabel ya no fue capaz de contener su ira.
—¿Quién sos vos para decirme a mí cómo debo actuar? ¡No sos nadie, Samuel! ¡Nadie! ¡Desearía que me dejaras en paz!
—¿Estás así de enojada por el cigarrillo? —enarcó una ceja. La tranquilidad del muchacho la irritó aún más.
—¡No! —se echó a llorar—. ¡Me vas a volver loca! ¡Vos, tus misterios, tus sentimientos, y tu comportamiento! ¡No entiendo por qué te importa tanto lo que yo hago si apenas nos conocemos! ¡No entiendo para qué me hiciste esconderme acá con vos!
Se agarró la cabeza con las manos.
—Isa… —él se veía sumamente preocupado, pero no se animó a tocarla.
—No tengo por qué confiar en vos. No tengo por qué creer todo lo que vos me decís. No sé quién sos, no sé nada sobre tu vida.
Se paró frente a él, y lo miró a los ojos, con actitud desafiante. Sin embargo, pronto se calmó. Su mirada era muy hermosa, y por algún extraño motivo, le transmitía sentimientos de paz.
—No tengo hermanos. Mi papá me odia, se dedicó toda su vida a usarme como rata de laboratorio. Mi mamá murió hace casi nueve años. No pude tener amigos, nunca he podido relacionarme con otra chica que no fuera Salomé, quien me ha obligado a besarla en muchísimas ocasiones. Al único ser viviente que amé estos últimos años fue a mi perro Pan… quien falleció hace mucho tiempo.
Se encogió de hombros, y preguntó:
—¿Llamaste “Pan” a tu perro?
—¿Eso es lo único que te interesa de todo lo que te conté?
—No… Simplemente no sé qué decirte. Tu vida ha sido muy dura.
—Ya…Le puse Pan porque fue lo primero que se me ocurrió. Era un niño.
—Es gracioso.
—Sí —se veía muy deprimido—. No quiero que te pase lo mismo que a Pan. No quiero encariñarme con vos, y que luego te hagan daño… No podés meterte en esto, Isabel. Te lo suplico.
Instintivamente, Isabel lo abrazó. Puso sus brazos alrededor de la cintura de él, y se hundió en su pecho. Samuel la apretó con fuerza. Ella podía sentir el calor de su cuerpo, y los fuertes latidos de ambos corazones.
Ella no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, y se había dejado llevar por un impulso ¿Por qué confiaba en él? ¿Por qué se sentía tan atraída hacia ese muchacho? ¿Qué demonios estaba ocurriendo?
—Prometeme que vas a hacerme caso, y que vas a mantenerte al margen de todo esto, mi rosa negra.
—Ya estoy involucrada en esto, Samuel.
—Te quiero al margen. Prometelo.
Ella asintió con la cabeza, a sabiendas de que no sería capaz de mantener su palabra.