Capítulo 9: "El engendro".

1772 Palabras
—Linda hora de regresar —masculló Soledad irónicamente, cuando vio que su hija ingresaba por la ventana. Isabel no supo qué decir para justificarse: había regresado a las siete de la mañana, cuando se suponía que estaba castigada. Lo peor de todo era que su madre no tenía idea de que había estado escondida con un chico hasta entonces, y que él la había acompañado de regreso hasta la esquina de su vivienda. —Afortunadamente para vos, Damián está trabajando. No le diré lo que han hecho ustedes. Espero que sea la última vez que salís sin permiso de esta casa ¿De acuerdo? —Sí —asintió con la cabeza—. ¿Y Juan Cruz? —Ya he hablado con él también. Llegó antes que vos ¿Se puede saber dónde estuvieron? Antes no se comportaban así… —Estuvimos en la discoteca… Odiamos quedarnos encerrados, mamá. Deberías pensar en levantar ese terrible castigo… —Si se comportan así, no tendré más remedio que extenderlo. Isabel no respondió y salió de su cuarto dando zancadas. Se sentía increíblemente agotada porque no había dormido en toda la noche, y no tenía ánimos de seguir discutiendo con su madre. Se dirigió hacia la habitación de su hermano menor, en búsqueda de respuestas. No era capaz de dejar de pensar en todo lo que había ocurrido horas antes: la misteriosa aparición de Ezequiel, el baile con Samuel, el encuentro con Salomé y con Juan Cruz, y la presencia demacrada de Luis. Colocó la contraseña del cuarto de su hermano, e ingresó. Él, a ver a Isabel, corrió hasta ella y la envolvió en un abrazo —¡Estaba muy preocupado por vos! —¡Y yo por vos! —contestó la muchacha—. ¿Qué pasó con Luis? Ambos se sentaron en la cama de Juan Cruz, para dialogar. —Le curamos las heridas, pero no fuimos capaces de obtener información concreta. —¿Qué les dijo? —Algo sobre una misión de Samuel y el peligro que acecha a lo que los rodean… O eso entendí. Se veía muy alterado. Isabel se estremeció. Se preguntó qué sabían Salomé, Micaela, Ezequiel y Luis sobre el joven Aguilar, y por qué se comportaban de forma tan extraña y misteriosa ¿Tan peligrosa era la gente que los rodeaba? —Hermanita, si bien Samuel me parece simpático, no me gusta que pases tiempo a solas con él… Anda metido en cosas raras. Decime la verdad ¿Qué estuvieron haciendo durante todas estas horas? —¿No sos algo pequeño para estar pidiéndome explicaciones? Yo podría decirte lo mismo respecto a Salomé. —No seas así. Los Hiedra viven en nuestro barrio… además, siempre es más peligroso para una mujer que para un varón estar a solas con alguien del sexo opuesto… Isabel se contuvo para no contarle que Salomé estaba obsesionada con Samuel, y que estaba segura que la hermana de Micaela podría ser mucho más peligrosa que el joven Aguilar. Como la señorita Medina se mantuvo callada unos instantes, Juan Cruz insistió: —¿Pasó algo cuando estuviste sola con Samuel? ¿A dónde fueron? —era algo sobreprotector con su hermana a pesar de ser menor que ella. Isabel suspiró. —Sólo hablamos. Estuvimos en un sitio abandonado. —¿Tantas horas hablando? —se mostró incrédulo. La joven Medina se caracterizaba por perder la paciencia fácilmente. No le gustaba que su hermano menor la interrogara como si fuera un oficial de policía. —Sí, hablamos, Juan Cruz. Somos sólo amigos… no es el mismo tipo de relación como la que vos tenés con Salomé —no pudo ocultar su resentimiento. —Por un momento, creí que Samuel había aprovechado la oportunidad para estar a solas con vos. Estoy seguro de que le gustás. Isabel se ruborizó. Juan Cruz lo notó rápidamente. —¡Te ha confesado sus sentimientos! —No… —mintió, sin poder dejar de pensar que era su “rosa negra”. —Claro que lo ha hecho… tu rostro lo dice todo. —Ya —lo interrumpió Isabel—. De todos modos, me pidió que me alejase de él… —Es un chico súper raro. Hubo un minuto de silencio. Isabel se acostó en la cama de su hermano, se sentía exhausta. Juan Cruz se echó también. —Salomé es una chica tan genial —sus ojos brillaban de emoción—. ¡Le gusta la misma música que a mí! Ya no existen las chicas que escuchen melodías del siglo pasado. Es brillante, es ágil, tiene un gran sentido del humor, es perfecta. Nunca conocí a alguien así. Isabel ya no fue capaz de contenerse. —Lamento informarte que está enamorada de Samuel. —Ella me aseguró que son sólo amigos de toda la vida. Isabel negó con la cabeza. —Confiá en mi intuición. Salomé adora a Sam… No quiero que sufras… ¿No podrías fijarte en alguien más normal? —No puedo tomarte en serio, querida… Vos estás enganchada con un chico que te lleva a pasear a un sitio abandonado o a dar un tour por un panteón. Isabel se quedó callada. Para ella, Samuel era bueno. Para Juan Cruz, lo era Salomé. —El tiempo dirá quién tiene la razón. Me voy a dormir a mi pieza. —Nos vemos luego. La joven volvió a su cuarto. Necesitaba descansar, despejar su mente. Quizá dormir le haría bien. Ingresó la clave repetidas veces, ya que estaba tan agotada que no paraba de equivocarse. Una vez adentro, revisó su móvil. Tenía cuatro llamadas perdidas de su padre Benjamín. Depositó el celular sobre el escritorio. Se puso el pijama, fue al baño, y se recogió el cabello con unas pinzas. Se acostó, y se quedó profundamente dormida. Cuando iba a meterse dentro de su cama, vio que había algo sobre ella. Era una flor negra. Una rosa. Isabel sonrió. Enseguida supo de quién se trataba. Era la misma persona que había estado con ella toda la noche. La misma que aquel invadía sus sueños y sus pensamientos. Sintió el perfume de la rosa negra. Era suave y delicado, al igual que sus pétalos. Bella. Frágil. ¿Acaso era oscura porque debía mantenerse lejos de él? ¿O sería porque “ellos” la buscaban? ¿O porque Samuel la relacionaba con algo extraño? De repente, sintió que alguien estornudaba. No había nadie allí más que ella. Era él. No sabía cómo había hecho para violar la seguridad de alta tecnología que tenía su casa; pero ya nada le asombraba de Samuel. Era increíble. —¿No te asustas al ver a un tipo debajo de tu cama? —susurró, sin moverse de allí. —No le tengo miedo a los seres humanos, creí que ya lo sabías —se sentó. Samuel salió de allí, y se sacudió. Vestía una camiseta gris, pero no llevaba sus colgantes ni sus anillos. Su jean era azul y sus zapatillas también. —Qué lindo pijama —miró a Isabel, que vestía con un short y una camiseta color pastel. —¿Qué estás haciendo aquí? ¿Me estabas espiando? —Claro que no… —Entonces ¿Por qué estabas debajo de mi cama? Como siempre, evadió la respuesta. —Deberías descansar, Isa. Has tenido una noche larga. —Tu forma misteriosa de ser es bastante irritante ¿Sabías? ¿Podés decirme qué estás haciendo acá? —Voy a cuidarte en secreto. Te protegeré con mi vida si es necesario. La tomó de la mano, y la hizo levantarse de la cama. Corrió las finas sábanas, y le indicó que se acostara. Ella hizo lo que le pidió, y luego él la tapó. Él le besó la frente como si fuera una niña, y se sentó a un costado de la cama. —Me voy a quedar acá hasta que te duermas. Isabel hundió la cabeza en la almohada, y cerró los ojos. Respiró profundamente. El corazón le latía demasiado fuerte ¿Cómo haría para dormirse sabiendo que estaba Samuel a su lado, contemplándola fijamente? —Me debés unas cuantas explicaciones, Aguilar. —Ya lo sé, Isa. Todo a su debido tiempo. Ella suspiró, y se tapó la cabeza con las sábanas. Despertó, y vio al lado de su mesa de luz una rosa negra. Se preguntó si lo que había soñado había sido real o no ¿Samuel realmente había ido a su vivienda para vigilarla? ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Se vistió, comió un sándwich rápidamente y salió un rato a la vereda. Deseaba fumarse un cigarrillo. Era un bonito día de sol, bastante caluroso. Ella vestía un pantalón corto de tela blanco y una musculosa lisa del mismo color. Se había atado el cabello en una coleta. Necesitaba respirar profundamente, calmar sus pensamientos. Algo muy extraño le estaba ocurriendo, y todo estaba relacionado con el misterioso joven de rastas. Bajó la cabeza. Cerró los ojos. Suspiró. —¡Isabel Medina! —exclamó una voz conocida. Alzó la mirada lentamente. Era Ezequiel. Como gesto instintivo, intentó marcharse hacia adentro: no le perdonaría cómo la había tratado la noche anterior. —¡Esperá! ¡Quería disculparme con vos! Isabel decidió que lo escucharía: al fin y al cabo, no quería apagar su cigarrillo para ingresar a su hogar. —Anoche estaba borracho… Lamento haber sido agresivo. —Te perdono, pero no quiero que vuelvas a dirigirme la palabra. Ya demostraste la clase de persona que sos. Ezequiel sacudió la cabeza, y comentó: —Tan hermosa y especial. Por algo ellos te buscan. Por algo él y yo te queremos. —¿Qué decís? —Isabel estaba harta de tanto misterio. —No te das una idea de quién es Sam… —¿Quién es Sam? —lo interrumpió con impaciencia. —Sam no es lo que parece. Estás advertida. A simple vista parece un chico normal y agradable, pero en realidad es un engendro. —¿De verdad? —le preguntó con incredulidad—. A mí me parece que el único monstruo sos vos: sos machista y hablás mal del que supuestamente era tu amigo. —Tengo la certeza de que pronto cambiarás de parecer. Y te aclaro, le tuve aprecio a Samuel en algún momento. —No quiero escucharte más, Ezequiel. Recién me despierto, necesito un poco de paz. —Bien, nos vemos luego. Espero que recuerdes mis palabras. Isabel no pudo evitar pensar en la rosa negra, y en el adjetivo que había utilizado Acevedo para describir al joven Aguilar: “engendro”. Se preguntó cuántos secretos oscuros escondían, y no pudo evitar estremecerse.
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