Capítulo 3: "El panteón".

2496 Palabras
Al igual que todos los años, Isabel le pidió a su padre que los llevara al cementerio a cambiarle las rosas a su tía y sus abuelos paternos. Ellos merecían que los recordasen. Aunque habían fallecido hacía muchos años, era importante valorar su memoria. Era tarde, aproximadamente las tres de la madrugada. Damián podría llegar en cualquier momento a custodiar el cementerio, pero trataron de no pensar en ello. Su prioridad era honrar a los difuntos. La familia Medina se encontraba caminando por un sendero de mármol, bajo la luz de la luna. Desde allí podían contemplarse las siluetas de las tumbas. Había cámaras por todas partes, pero la instalación era bastante anticuada (y aterradora). Pasaron por al lado de varias sepulturas, hasta que llegaron a las tumbas de los Medina. Le dejaron unas flores, y les desearon un feliz año. —Chicos ¿No podrían darme un momento a solas con ellos? —preguntó Benjamín. —Claro, papá. Estaremos cerca de la fuente. Empezaron a caminar nuevamente por el sendero de mármol. Juan Cruz no emitió ni un solo sonido mientras andaba al lado de su hermana. Quizá estaba pensando lo mismo que ella: aquel lugar era deprimente, pero ver a su padre triste los hacía sentir aún peor. —¿Por qué no vamos a ver las tumbas que están dentro del panteón municipal? —sugirió la muchacha, al cabo de un rato. —Deberíamos avisarle a papá primero —replicó Juan Cruz. —No se dará cuenta de que nos hemos ido. Ambos sabemos que él se toma su tiempo en el cementerio. —Bueno, hagamos un paseo rápido. La muchacha sonrió, y tironeó a su hermano del brazo para arrastrarlo hasta el panteón. Dicha edificación estaba hecha completamente de cristal y tenía la puerta principal abierta las veinticuatro horas del día. Debía de tener alguna salida de emergencia, pero no era perceptible a simple vista. No se hallaba muy iluminado, apenas tenía un fluorescente cerca de la entrada. Los muertos debían descansar en paz ¿No? —¿No te da miedo entrar ahí? —preguntó Juan Cruz. Parecía que estaba a punto de echarse atrás. —Sabés que no —Isabel negó con la cabeza—. ¿Vos? ¿Tenés miedo? —Claro que no —su hermano pareció ofendido por la pregunta. Una vez frente al panteón, Juan Cruz se adelantó para abrirle la puerta a su hermana, e ingresar detrás de Isabel. Echaron un vistazo, y enseguida vieron lápidas doradas escritas por toda la pared. El salón era increíblemente largo, parecía un pasillo infinito, del cual no podían ver el fondo. Además, continuaba cinco pisos hacia arriba, quién sabía la cantidad de muertos que guardaban en ese lugar. También había flores de tela, rosas y margaritas en la mayoría de las tumbas y cenotafios. A diferencia del exterior, dentro estaba cálido, y había un par de antorchas que le brindaban más elegancia al edificio de cristal. —Es bastante antiguo esto ¿Tendrá cincuenta años? —comentó Isabel. Había esperado que las lápidas estuvieran señaladas con hologramas este año ¡Debían renovarse! —Se ven antiguas, pero en buen estado —repuso su hermano. —¿Habrá alguna persona famosa enterrada aquí? —preguntó la joven Medina, observando los nombres de las losas doradas. —Dudo. No hay ninguna lápida que se vea diferente a las demás. Al cabo de un rato, Isabel comenzó a aburrirse, por lo cual metió la mano en su bolso, y sacó una cajita dorada y un encendedor. Su hermano puso los ojos en blanco. —No pensás fumar acá ¿Verdad? Los letreros dicen claramente que eso está prohibido. —No hay nadie aquí —repuso, sacando un cigarro de la cajita y metiendo nuevamente la mano en su cartera—. Además, quiero que me saques algunas fotos con tu móvil. —¿Se las vas a mostrar a Umma, o son para subirlas a Internet? —Son para mí… ¿Por qué sos tan curioso? Juan Cruz asintió, y dio unos pasos en dirección a su hermana. Ella se colocó el cigarrillo en la boca, apoyó una mano sobre sus caderas. Él la enfocó con su celular, y justo cuando tomó la imagen, se cortó la luz en el panteón. Isabel soltó un gritito, y casi se le cayó el cigarrillo de la boca. Incluso las antorchas se habían apagado, y aquello fue lo que más les llamó la atención. Aquel sitio siempre estaba iluminado porque recibía visitas a todas horas. Además, no era común que en el año dos mil cien hubiera apagones ¿Qué estaba sucediendo? —Volvamos con papá —le dijo ella. —Claro —Juan Cruz prendió la linterna de su teléfono para iluminar el camino. Pegaron media vuelta. Isabel no soltaba el brazo de su hermano, mientras iban avanzando a paso apresurado hacia la entrada de vidrio. Una vez allí, Juan Cruz se adelantó para abrir la puerta. Aunque forcejeó, no fue capaz ni de moverla un solo centímetro. La habían trabado a propósito. —¿Qué carajos? —volvió a repetir la operación en vano. Juan Cruz miró a su hermana, quien ya se había puesto pálida. Isabel había perdido la calma. Si bien, ella no le tenía miedo a nada tenía una debilidad: el encierro. Si no encontraban una salida de emergencia, pronto le faltaría el aire. —Isabel —su hermano la miró a los ojos, apuntándole al rostro con la linterna del celular—, no te alteres. El edificio es grande, tiene mucho oxígeno para que respiremos tranquilos ¿Me escuchaste? —Tendríamos que llamar a papá —balbuceó. Juan Cruz lo intentó, pero pronto negó con la cabeza. No había señal. Isabel se sentía muy mal. No podía evitar pensar que aquello era su culpa, que debían haberse quedado en la fuente como le habían dicho a su padre. Había metido a su hermano en un lío simplemente por no haber cumplido con su palabra ¡Qué tontería! —Vayamos a buscar una salida —le dijo Isabel. Si no encontraban pronto una puerta por donde escabullirse, sabía que le empezaría a faltar el aire… Apagó su cigarrillo, y caminaron por el panteón. —Es evidente que alguien cortó la luz a propósito. El panteón siempre está iluminado… —protestó el muchacho. —No tengo idea, hermanito ¿La salida de emergencia estará al final del pasillo? Papá comenzará a preocuparse si no aparecemos. Continuaron a paso lento, iluminando sigilosamente el lugar. Parecía interminable, tumbas doradas por doquier, con leyendas similares, y flores del mismo estilo. Estaba comenzando a alterarse de a poco ¿Cuándo encontrarían una salida? Benjamín debía estar sumamente preocupado. Isabel sacó su celular e intentó llamar, pero aún no había señal. —No entiendo por qué no hay conexión en este sitio ¡Estamos en el siglo veintidós, por el amor de Dios! —Dejá de gritar, que los muertos necesitan descansar en paz. —No estoy de humor para chistes, Juan. Deambularon durante media hora ¿Dónde podría encontrarse la salida de emergencia? Estaba muy mal diseñado el sitio: aunque la edificación era de excelente calidad y estaba en buenas condiciones, había pocas aberturas: si ocurría algún accidente ¡Nadie podría escapar de allí! Isabel respiró profundamente. —Calmate, Isa… —Juan le alumbró el rostro con su teléfono móvil—. Puedo ver que estás más pálida que de costumbre. —Temo que nos quedemos encerrados… —Tratá de no pensar en ello. Pronto, nos reencontraremos con papá. En ese instante, se oyeron unas pisadas. Isabel abrazó a su hermano, pero él no le devolvió el gesto. Se quedó completamente petrificado, aguzando sus sentidos. Sus ojos miraban fijamente hacia adelante. A lo lejos, se vio una figura delgada y alta, que utilizaba pantalones ajustados y oscuros, posiblemente de jean. Vestía una camiseta con escote en V, unos collares de madera, llevaba su cabello recogido con rastas. Caminaba lento y arrastraba los pies, como si se sintiera desanimado. Isabel lo reconoció fácilmente: era el empleado de la tienda de pirotecnia ¿Qué hacía allí? —Hola, amigo —Juan Cruz lo saludó—, ¿Tenés idea de lo que ha ocurrido? Estábamos visitando a unos familiares y de repente hubo un apagón. Estas cosas no son normales en la actualidad. —Claro que no lo es… Pero descuiden. Siempre que vengo al cementerio a visitar a mi madre, sucede algo por el estilo. La última vez había sonado la alarma anti-incendios —se encogió de hombros—. Por eso siempre aparezco en ocasiones especiales, y en horarios donde nadie pueda verme. —¿Hay alguna salida? Nuestro padre está en la fuente, esperándonos. —Hay salidas, pero están cerradas. Tendremos que esperar a que amanezca para que alguien nos abra. —Como no tenemos nada mejor que hacer, podemos caminar ¿Les parece? Los hermanos Medina asintieron. Isabel estaba sumamente preocupada por su padre y por el encierro. —¿Cómo es tu nombre? —inquirió Juan Cruz. —Samuel —le tendió la mano, y el joven Medina la estrechó—. Samuel Aguilar. —Juan Cruz Medina y ella es mi hermana mayor, Isabel. —Pensé que vos eras el mayor, como fuiste quien me habló… —Siempre que Isabel se sienta encerrada, automáticamente ocupo yo el rol del primogénito. La joven Medina fulminó a su hermano con la mirada: no era necesario que le contara a Samuel sobre su claustrofobia. —De todos modos, la gente cree que es Juan Cruz quien tiene diecisiete años, y no yo. Soy demasiado bajita para mi edad. Samuel le dedicó una sonrisa amable, e Isabel se ruborizó. —Creo haberte visto antes —agregó rápidamente el joven—. Fuiste a comprar pirotecnia al negocio que atiendo, ¿Verdad? —Claro… ¿Tu papá es el dueño del local? —En parte. Mi padre participa en una sociedad especial… los hijos de estas personas acostumbran a trabajar en el verano y también hacen cursos para poder continuar con el legado de sus progenitores. Por ello, a mí me ha tocado atender el local de pirotecnia. —¿Qué edad tenés? —inquirió el joven Medina. —Cumplo dieciocho dentro de cuatro semanas. —¡Qué suerte! ¡Pronto serás legalmente libre! Samuel se limitó a encogerse de hombros. —¿Vamos a caminar? Estoy cansado de estar aquí parado —preguntó Sam. —Vamos —asintieron los hermanos Medina. Los tres jóvenes, con las luces de sus móviles, avanzaron lentamente hacia el final del pasillo. —Al final hay unas escaleras mecánicas. Vamos a tener que subir por ahí, aunque están inmóviles por la falta de electricidad, nos servirán. —Samuel, antes de que te cruzaras con nosotros… ¿No tenías miedo de andar solo por aquí? —No… Le temo a muy pocas cosas. Juan Cruz miró a su hermana de reojo: ella también solía decir que no era temerosa. Al cabo de un rato en silencio, Samuel preguntó: —Perdón la intromisión, pero ¿Por qué visitaron a sus familiares tan tarde? —Todos los primeros de enero venimos a la madrugada, para que mi papá tenga tiempo a solas con su familia —suspiró Isabel—. Mientras lo esperábamos, decidimos entrar al panteón, y luego sucedió el apagón. Pensé que podría tratarse de una broma de mal gusto, llevada a cabo por Damián Bustamante, pero cuando dijiste que siempre que venís al cementerio suceden cosas extrañas, dudé. —¿Damián es el esposo de su madre? —Sí… ¿Lo conoces? —En efecto. Es uno de los mejores “amigos” de mi papá. Él cuida el cementerio, estoy seguro que fue él quien me dejó acá encerrado. Le caigo muy mal. Siempre me juega bromas de mal gusto. Es de ese tipo de personas que parece que no le importa nada de nadie, pero en realidad sabe todo sobre todos —dijo en un tono sombrío. —¿De qué estás hablando, Samuel? —preguntó Isabel, confundida ¿Acaso él sabía algo sobre Damián que ellos no? Ella siempre había sospechado que el esposo de su madre andaba en cosas raras, y las palabras de Sam estaban confirmándoselo. —No quiero hablar de eso ahora, sigamos hacia adelante —indicó el camino con el dedo. Samuel guiaba el recorrido y los dos hermanos lo seguían. Aunque en la oscuridad no podía ver muy bien, Isabel observó al joven Aguilar. Éste no tenía rasgos perfectos, pero era muy atractivo de todos modos. A pesar de no ser tan musculoso, sus brazos parecían muy fuertes. Vestía muy diferente a los demás chicos que conocía, olía exquisito y parecía ser muy amable. Notó que tenía el mismo color de cabello y de piel que su hermano, pero sus apariencias eran completamente distintas. Subieron las escaleras. Una vez en el primer piso, los jóvenes se acercaron a una lápida plateada. No sólo era diferente por su color, sino por el grabado llamativo que tenía. Samuel la iluminó con su teléfono. —Miqueas Amandi —susurró—. Famoso por ser quien le dio identidad a nuestro valle, la persona que trajo la tecnología más innovadora el siglo pasado e incluso ayudó a muchas personas que sufrían una crisis económica. Fue un gran tipo, y muy inteligente. —Lo fue —coincidió Isabel. Continuaron unos pasos más hacia adelante. Finalmente, Sam se detuvo frente a una losa de mármol que parecía ser un cenotafio. No había cuerpo allí dentro. —Esta es la lápida de Bautista Lecea. Fue famoso en la zona por su gran aporte a la ciencia actual. Una mente brillante. —Fue el que aportó una de las teorías principales sobre la composición de los clones —comentó Isabel. —Veo que sabés bastante de personajes históricos —observó Samuel. —Claro que sabe —intervino Juan Cruz—. Ella es de las mejores alumnas del instituto, y lee horas y horas por placer. —Ya lo creo —respondió Sam, esbozando una leve sonrisa. Elevó la luz de su móvil y enfocó otra placa plateada. Esta vez, en ella estaba escrito un nombre de mujer. —Edith Mouro… —comenzó a decir, pero Isabel lo interrumpió: —Fue una gran luchadora por los derechos de los seres vivos. Logró que los maltratadores de animales fueran penalizados, y que se prohibieran la caza de criaturas silvestres y las carreras de perros y caballos. Lamentablemente, fue asesinada a los cuarenta años de edad, pero dejó una marca imborrable en la historia de nuestro país. En ese instante, se oyó el sonido de un portazo. Instantes después, se oyeron dos o tres pares de pies corriendo por el pasillo ¿Qué estaba ocurriendo? Isabel no pudo evitar alterarse. —Mierda —masculló Samuel—. Han venido a por mí. Corran conmigo, o los atraparán a ustedes también.
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