Isabel tuvo que tomar el brazo de Samuel y apretarlo con todas sus fuerzas para que éste no volviera a reaccionar impulsivamente. —Quieto —le ordenó en un susurro—, ya solucionaremos esto. El doctor Esteban puso cara de pocos amigos, y soltó un suspiro. —¿Le han avisado a su hija, Magdalena? —Eso haremos, señor. Era más que evidente que habían obligado a la señorita Medina y a su primo a retirarse del cementerio para poder acabar con la vida de Benítez. —Señor Esteban, me siento algo descompuesta ¿Puedo irme a mi casa? Necesito que Samuel me acompañe. —Por supuesto. Nos veremos en otro momento. Isabel arrastró al joven Aguilar a través de la instalación, hasta que él colocó las contraseñas para que pudieran salir. Una vez fuera de Culturam, caminaron un largo rato en silencio. —¿

