500 AÑOS DESPUÉS DE LA LIBERACIÓN
FORTALEZA DEL REINO MÁGICO.
La mañana era hermosa, las avecillas cantaban al ritmo de la melodía. En el reino se escuchaba el llanto incesante del bebé recién nacido, eso hizo levantar a todos los miembros de la familia real.
La chica de ojos dorados abrió los ojos y gruñó, esa era la quinta mañana que despertaba temprano por culpa del llanto de su hermano menor. —¿Pueden callarlo?— susurró.
El llanto continuó, así que la pobre chica no tuvo otra opción más que levantarse e ir a arrullarlo. Se alistó y salió de su enorme habitación. Caminó por los pasillos y los guardias que se encontraban custodiando hacían su debida reverencia.
Cuando llegó a la habitación, la cual estaba a tres habitaciones de la suya entro y vio a las nodrizas desesperadas por no poder cesar el llanto del bebé.
—Dénmelo a mi— la chica caminó hasta donde arrullaban al bebé lo tomó en sus brazos —Ya, Ya— comenzó a arrullarlo y a cantar la canción de cuna que ella escuchaba de su madre cuando era pequeña.
En segundos el bebé cesó su llanto. La chica lo tranquilizaba, ella lo hacía calmar.
—Es una bendición que la hermana mayor del pequeño príncipe este aquí— dijo una de las nodrizas —Sin la ayuda de la princesa no hubiéramos podido calmarlo.
—Creo que su canción de cuna es lo que lo hace calmar— dijo la otra.
—La canción de cuna nos hace recordar a nuestra difunta madre— la nostalgia inundó a la chica.
Luego de que el bebé durmiera, la chica lo volvió a su cuna y se retiró de la habitación. Regreso a la suya y espero a que las criadas fueran a ayudarla a cambiarse.
Alrededor del mediodía toda la familia real ya se encontraba alistada, así que las cocineras se apuraron a servir el desayuno.
—Buenos días, padre— la princesa llegó hasta el comedor y saludó al hombre que se encontraba sentado ya en la silla.
—Buenos días, mi querida hija.
La chica depositó un beso en la mejilla del hombre y se sentó en la silla al lado suyo. Los integrantes de la familia fueron llegando poco a poco y conforme lo hacían las cocineras les servían su desayuno.
Todos comieron en silencio, cuando la princesa terminó espero a que los demás lo hicieran y Cuando vio que la mayoría ya se había retirado miró a su padre —Quiero ir al pueblo, padre— pidió.
—Te lo prohibí, recuerda las consecuencias de tus actos— el rey la miró molesto —No instante con querer liberar a esos humanos, quisiste traerlos aquí, al palacio.
—Pero padre, ellos tienen la misma sangre que nosotros. Dentro de su cuerpo corre sangre mágica.
—Un verdadero mágico no tiene sangre humana en sus venas— la molestia en el hombre amento. —Eres una princesa y debes portarte como tal, en el futuro el reino estará bajo tus manos, si piensas que cualquiera puede ser bienvenido aquí pondrás en peligro a nuestro pueblo y a nuestra familia.
—Lo se, lo se— la chica se acomodó sus codos en la mesa y se recargó —Es por culpa de los humanos que nos encontramos aislados aquí, pero ellos no son malas personas.
—Se atrevieron a entrar aquí y la sangre humana no es bienvenida. Tal vez, si ellos no poseyeran sangre humana podrían obtener asilo, así como los demás, pero este caso es distinto.
—Bueno— la chica se puso de pie —Diga lo que diga me será imposible salir, así que iré a la terraza a tomar aire fresco— dicho eso se giró y salió.
(…)
Al día siguiente, muy de mañana, el pequeño bebé comenzó a llorar, de nuevo. Le hacía falta su madre, así que sin ella el pequeño se sentía solo.
La princesa se apuró y fue a calmarlo, eso ya se había hecho costumbre. Las nodrizas agradecieron con felicidad y luego la chica se retiró a su habitación, para apurarse y comenzar la rutina aburrida que había adoptado desde que desobedeció las leyes del reino.
El olfato agudizado de la chica logró percibir una magia descomunal, horrenda y desagradable para sus fosas nasales. La magia le pertenecía a sus enemigos del sur, los llamados Titanes. Aquellos seres, parecidos a los humanos, pero diferentes ya que poseen el doble de tamaño, el doble de fuerza y su inteligencia es escasa.
—Padre— la chica susurró y salió apurada, casi corriendo. Se dirigió hasta la habitación del mayor y una vez llegó abrió la puerta —¡Padre!— exclamó.
El hombre, quien estaba vistiéndose la miró —¿Qué sucede? ¿Por qué estás así de alterada?
—Los Titanes se acercan— dijo —Hay cientos de ellos viniendo hacia aquí. He olido su magia.
—¿Cómo es eso posible?
—No lo se, padre— la chica se acercó —Tenemos que alertar al ejército, tenemos que proteger al reino de la amenaza que representan los enemigos.
—Lo haremos, pero tú y tu hermano deben protegerse— se acercó a ella y la tomó del brazo para seguido salir de la habitación y dirigirse a la habitación del recién nacido.
—¿Que hay de ti?— cuestionó la muchacha.
—Yo luchare, pero ustedes deben esconderse y tu, Sabrina, debes cuidar a tu hermano.
—No quiero, si tú no estás yo también iré a la batalla.
—No puedes, la sangre del Fénix debe sobrevivir porque de ustedes, mis hijos, depende el futuro de esta r**a.
—No quiero que nada malo te suceda— las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos. —No se que haría sin mi padre ¿Con quien voy a entrenar a partir de ahora?
—Prometo que volveré. Ahora voy a ordenarle a mi hija que cuide y proteja de sí misma y de su pequeño hermano. Mientras que su padre se encarga de proteger el reino y para que yo haga eso tú debes permanecer aquí ¿Entendido?— preguntó y la chica asintió —Esa es mi hija— el hombre beso la frente de su hija y después dio la vuelta —Asegura bien la puerta.
El lugar en el que la chica se encontraba era estrecho, pero seguro que esa pequeña habitación la protegería de cualquier magia que llegara a a****r.
Horas pasaron, en esa estrecha habitación lograban escucharse los gritos de su pueblo, la batalla estaba ganada por un solo contrincante y desgraciadamente los mágicos no serían los ganadores. Los Titanes los superaban en masa y fuerza y su magia también era poderosa.
Cuando el silencio llegó se dio por terminada la batalla y el ganador regresó a su reino satisfecho. La chica salió del escondite y vio el mal estado en el que habían dejado a su reino, no había sobrevivientes, ella y su hermano eran los únicos que habían podido salir indefensos ante esa batalla.