Nathan cruza la habitación y lo sigo. Siento que he pasado gran parte de mi vida siguiéndolo, y para ser sincera, nunca me ha guiado mal. Me convenció para que me la jugara con él en el bufete, y funcionó: mi trabajo es el amor de mi vida. Mi Melanie. Se sienta en uno de los sofás grandes y cómodos y me dejo caer a su lado.
—Entonces, ¿cómo se llamaba?—, pregunta Mason tan pronto como mi trasero toca el asiento.
Debí saber que no podía ocultarles nada a estos cuatro. —¿Cómo se llama?—, pregunto, finjo ignorarlo. Vale la pena intentarlo, y además lo voy a fastidiar muchísimo.
Mason entrecierra los ojos, pero están llenos de diversión. —La chica por la que me dejaste plantado anoche. Más le vale que haya sido una chica. Si me entero de que me has cancelado el trabajo otra vez, tío...— No termina la frase, pero la amenaza implícita flota en el aire. Otro brazo muerto acecha en el horizonte.
No sería la primera vez que cancelo una cita por trabajo. Mis prioridades han sido claras desde que tenía veintipocos años y todo se fue al garete. El trabajo nunca me falla. Nunca muere, ni me abandona, ni me hace sentir fatal. El trabajo es la mejor esposa que podría tener, y de todos los hermanos James, yo soy el que se describiría como un adicto al trabajo. Y eso es mucho decir, considerando lo motivados y ambiciosos que son todos. Excepto Maddox, que es otra historia. Nuestro hermano menor está luchando contra sus propios demonios, y se comerían los míos en el desayuno.
Mis hermanos me miran, esperando una respuesta. «Se llamaba, eh, Scarlet. Fue algo único. No la volveré a ver».
—¿Me dejaste plantado por una chica que nunca volverás a ver? ¡Tío!— Mason niega con la cabeza. —Al menos podría haber sido alguien especial—.
—¿Alguien especial?—, pregunta Elijah, arqueando una ceja. —¿Desde cuándo empezaste a creer en esas cosas románticas?—
—Que te jodan, hermano —dice Mason—. Veo mucho Netflix.
Elijah me da un vaso, y lo acepto agradecido y le doy un sorbo, disfrutando del licor ahumado que me calienta la garganta casi tanto como de las bromas entre mis hermanos. —No hago nada especial—, digo, —y no vuelvo a verlos nunca más—.
Me estremezco porque no es del todo cierto. Llevo mucho tiempo en Chicago, y por mucho que quiera a mi familia, no saben mucho de mi vida allí. Solo ven lo que les dejo ver, una versión editada de mi mundo. Pero ahora que he vuelto a Nueva York, quizá eso deba cambiar. —Bueno, excepto por las chicas que...— Me lamo el whisky que me queda en los labios, repentinamente nerviosa. —Las chicas que contrato—.
Elijah arquea una ceja, con la sorpresa reflejada en sus ojos. Sin juzgar, sin embargo. —¿Las chicas que contratas? ¿Como las prostitutas?—
Niego con la cabeza. —No exactamente. Es algo más matizado. Son mujeres profesionales de una empresa exclusiva de Chicago. Mujeres con las que tenía un acuerdo vigente que nos convenía a todos—.
Elijah me mira desconcertada. —¿Pero por qué no pudiste conocer mujeres a la antigua usanza? Eres rico. Tienes éxito. Te cuidas bien—.
Le frunzo el ceño. —¿Bien arreglado?—
Mason le da un codazo a Elijah en las costillas y me sonríe con suficiencia. —Quiere decir que, objetivamente, estás buenísimo—.
—Yo también tengo curiosidad, Drake —añade Nathan—. No me imagino que te falten ofertas.
Maldita sea. No solo he abierto la caja de Pandora, sino que los he dejado en medio de la habitación para que todos los pinchen con un palo. Es difícil de explicar porque tienen razón, no me faltan ofertas. Pero simplemente no tengo tiempo ni paciencia para la monotonía de las citas. La charla insulsa, la estupidez de conocerse. La falsedad de fingir que no estamos aquí solo para rascarnos una picazón.
Todo es tan falso, sobre todo cuando sé que no me interesa una relación de verdad. Me gustan las mujeres y me encanta el sexo, pero no soy de los que se establecen. ¿Presentarme como alguien que no soy, solo para llegar a la parte desnuda de la noche? Eso no es para mí. Mis arreglos especiales son mucho más honestos y, sin duda, me ahorran tiempo; tiempo que puedo dedicar a trabajar. —Así es más fácil—, explico. —Más eficientes. Cumplen su trabajo, no hacen preguntas ni esperan charlas triviales. Todos sabemos cómo funciona y cuáles son nuestros roles. Además, no les molestan las marcas de la cuerda—.
Nathan balbucea, casi escupiendo su whisky. —¿Marcas de cuerda? ¿Qué tipo de cosas pervertidas te gustan?—
Maddox y yo nos miramos fijamente. Aunque siempre ha sido de mente abierta, los viajes de mi hermano menor le proporcionaron una profundidad que antes no tenía, y por eso es el único con quien he hablado de esto. Me mira con complicidad y responde por mí: «Se llama Shibari. Es un arte japonés que se basa en la estética del bondage. La forma en que las cuerdas crean patrones en la piel, el contraste de texturas... no es meramente s****l. Para algunos, es casi espiritual, y como mínimo, consciente».
Vaya. Consciente. Como colorear. Había algo insoportablemente tierno en ver a esa mujer adulta y guapísima jugando con crayones anoche.
Maddox me sonríe y levanta su taza de café a modo de saludo. Le ofrezco una sonrisa de agradecimiento por su descripción de mis —cosas pervertidas— y levanto mi copa en señal de reconocimiento. Tiene razón. Hay algo en la práctica de moldear y atar las cuerdas que me relaja y me lleva a un estado de calma. No lo practico a menudo, pero cuando estoy estresado o desquiciado, es la manera más rápida de salir de mis pensamientos. Las mujeres con las que trato son profesionales y experimentadas, y todos se benefician del acuerdo.
—Bueno, a mí me parece mucho trabajo —dice Mason con una sonrisa burlona—. ¿Qué pasó con las esposas de siempre?
Maddox pone los ojos en blanco. —Es como comparar peras con manzanas, imbécil. El shibari es bastante sensual—.
—Apuesto a que no es así como lo hace Drake. —Mason se ríe y toma un sorbo de su whisky.
—Maldito pervertido —murmura Nathan—. Espiritual, y una mierda. Eres un pervertido de primera, hermano.
Elijah y Mason sueltan una carcajada, y yo niego con la cabeza. Cada vez que nos juntamos los cinco, volvemos a ser adolescentes, sin importar la edad. Es infantil, pero me encanta. Lo he echado muchísimo de menos mientras vivía en Chicago, y solo hace poco me di cuenta de cuánto.
Le doy un puñetazo a Nathan en el brazo, en parte porque es el que está sentado más cerca de mí, en parte porque le debo una. De todos mis hermanos, él es con quien siempre he tenido la mayor rivalidad y con quien más cosas en común. De todos ellos, espero que me cuide las espaldas, o al menos que intente comprender. «No me juzgues solo porque ahora estás casado y no puedes hacer cosas pervertidas».
Inclina la cabeza y me sonríe, sus ojos oscuros brillan con picardía y los efectos del whisky. —Estoy bastante seguro de que tengo más acción que cualquier otra persona en esta sala—.
—Sí, claro —resopla Mason—. Claro, hermano. Lo que te ayude a dormir por la noche.
—O me mantiene despierto toda la noche—, responde Nathan con aire de suficiencia.
Mason se recuesta en su silla, con una expresión perpleja en el rostro. —No hay manera de que tengas más acción que yo. O sea, estás casado y tienes un hijo, y yo...— Nuestro hermano menor se lame los labios como si buscara la palabra adecuada.
Nathan apoya los antebrazos sobre las rodillas. —¿Tú eres?—
—¿Un hombre prostituto?—, pregunta Elijah amablemente.
Mason arquea una ceja, con una sonrisa arrogante en los labios. —Soy... bueno, soy un tipo ocupado. Tengo al menos tres citas a la semana—.
Nathan se endereza, arremangándose. Su expresión se torna seria y reprimo una sonrisa. He visto esa faceta suya muchas veces, y es un placer observarla. Es exactamente igual que en el tribunal cuando está a punto de destrozar a la fiscalía. Mason está a punto de recibir una lección del mismísimo Iceman. —Seamos generosos, Mase, y digamos cuatro citas a la semana. ¿Aunque aciertes siempre?—
—Lo cual hago—, interviene Mason.
Nathan asiente, chupándose el labio superior y mirando a nuestro hermano al otro lado de la mesa. —De acuerdo. Aceptado. Así que, teniendo en cuenta el tiempo de inactividad y sabiendo lo que sé de ti y lo ansioso que estás por despacharlos en cuanto termine el trabajo...—
—Qué duro, hermano —dice Mason con una risa estridente. Pero no discute, porque todos sabemos que es verdad.
Diría que, como máximo, te acuestas con alguien ocho veces. En una buena semana.