Elijah silba y se reclina en su silla. —Qué suerte. Algunos no hemos tenido ni ocho sexos en el último año—. Ojalá pudiera decir que me sorprendió la confesión de mi hermano mayor, pero, por desgracia, su matrimonio no se parece en nada al de Nathan.
Una sonrisa arrogante se dibuja en el rostro de Mason, y obviamente está encantado con sus estadísticas. Es adorable que de verdad crea que ha ganado. Nathan me lanza una mirada cómplice. —¿Quieres cerrar esta por mí, consejero?—
Pongo los ojos en blanco antes de fijarlos en el rostro expectante de Mason. —Debes saber por qué pasas tanto tiempo con Luke los domingos, ¿verdad?—. Es mi primera cena dominical en mucho tiempo, pero ya me he dado cuenta de lo que me espera. Un sobrino y cuatro tíos cariñosos, por no hablar de un abuelo enamorado.
Mason frunce el ceño. —Porque somos los mejores tíos del mundo—.
Veo a Nathan sonriendo con sorna por el rabillo del ojo. Pongo mi mano sobre la de Mason y la aprieto. —¿No serás tan ingenuo como para creer que Nathan y Mel tardaron veinte minutos en elegir el vino para la cena de esta noche, hermano?—
Le toma unos segundos, pero la comprensión se dibuja en su rostro. Se queda boquiabierto y me mira a mí y luego a Nathan. —Tú...— Su atención vuelve a mí, luego al cabrón más feliz de la sala. —¿En la maldita bodega? ¿En serio?—
Nathan se encoge de hombros con indiferencia. —¿Como si no te hubiera pillado a ti y a ese pretencioso actor de telenovelas el Día de Acción de Gracias anterior?—
Mason se burla. —¡Exactamente! Ahora no podré volver a bajar allí—.
—¿Te refieres a bajar ahí otra vez?— No puedo evitar burlarme de él.
—No es que me guste presumir —Nathan hace como si mirara su reloj—, pero ya he tenido más sexo este fin de semana que tú en una de tus buenas semanas, Mase. En casa. En el coche de camino para acá. En mi habitación de arriba. En la bañera. Y sí, en la maldita bodega. Gracias por cuidar a los niños, por cierto.
—Malditos casados —murmura Mason—. No es una comparación justa.
—No todos tenemos tanta suerte. —Elijah suspira y se bebe el resto de su whisky—. Estoy aquí para normalizar los promedios.
—Eso es porque estás casado con Amber, la Reina de Hielo —responde Mason con una mueca—. Tío, esa mujer te congelaría la polla con solo mirarla.
Elijah lo fulmina con la mirada. «No tienes que caerle bien a mi esposa, Mason, pero sí tienes que respetarla. Yo puedo quejarme de mi vida amorosa. Tú no».
—Además —digo, interviniendo para evitar un posible arrebato—, Amber no es tan fría como crees, Mase. Que no te guste no la convierte en una zorra. Simplemente la convierte en una buena jueza de carácter.
Todos se ríen de eso, incluso Mason. Es rápido para reaccionar, pero igual de rápido para perdonar.
Maddox se sirve un café de la cafetera que está sobre la mesa. —En fin, no convirtamos esto en una competición de golpes. Todos sabemos que ganaría—.
Mason suelta otra carcajada. —Lo dice el que se acuesta incluso menos que Elijah—.
—Mi celibato es una elección, idiota—, bromea Maddox, esquivando la servilleta hecha una bola que Mason le lanza a la cabeza. —Nunca me poncho, así que mis estadísticas son perfectas—.
Le doy otro sorbo a mi bebida, saboreando el cálido subidón del alcohol y la sensación aún más cálida de estar rodeado de mis hermanos de nuevo. Ha pasado demasiado tiempo desde que estuvimos todos en la misma habitación, intercambiando pullas y bromas privadas como si no hubiera pasado el tiempo. Mi relación con estos chicos no es perfecta, pero son la mejor familia que uno podría desear.
—Bueno, Drake —Mason se inclina hacia adelante con un brillo en los ojos—. Volvamos al punto de partida. Anoche me ignoraste. Al menos me debes algunos detalles; cuéntanos más. ¿Cómo la conociste?
Abro la boca para responder, pero la cierro. En serio, ¿qué más puedo decir? Ni siquiera sé su apellido, dónde vive ni ningún dato que la identifique. Debería ser olvidable al instante, simplemente otra noche placentera de sexo mutuamente satisfactorio.
La verdad es que recuerdo demasiado de ella. Recuerdo el sabor de su coño y casi puedo sentir su semen sedoso en mi lengua. Lo húmeda y apretada que estaba cuando deslicé mi polla dentro de ella y los sonidos sensuales que hacía al correrse. Cómo sonaba mi nombre en sus labios, como si no tuviera ningún control sobre ello.
Peor aún, recuerdo otras cosas, cosas de antes de desnudarla. Su risa. La tristeza que se escondía tras su sonrisa. El brillo de sus ojos al hablar de sus amigas y de su madre. Cómo me retó durante el desayuno. Era la combinación perfecta de dulzura y picardía, y hasta pensar en ella me distrae. Debería haberle pedido su número, debería haberle pedido que volviera a verla. Pero soy yo: no me gustan las relaciones y no rompo mis propias reglas. Así que, en lugar de eso, la dejé plantada en cuanto terminamos de follar y la dejé en paz. Se la entregué a Constantine como si no fuera más que un paquete que necesitaba entregar. Eso es lo otro que recuerdo. La forma en que me miró al irse, envuelta en ese vestido arrugado de dama de honor. Estaba decepcionada de mí, y lo odiaba.
Mis hermanos me miran fijamente, esperando mi respuesta. Y supongo que es culpa mía no haberlos callado del todo. No le dije a Mason que se fuera al diablo. La dejé entrar en la conversación, en mi mente. Quizás sí quiero hablar de ella. Demonios, quizás la ahuyente si lo hago. —Bueno, si de verdad quieres saber...—
—Oh, debemos hacerlo —interviene Nathan, ampliando su sonrisa.
Me aclaro la garganta. «Me topé con esta boda por casualidad. Por pura casualidad, claro».
Mason niega con la cabeza, divertido. —¿Cómo demonios te metes en una boda, hermano?—
Me recuesto en la silla, con una sonrisa irónica en los labios. —Bueno, es una larga historia, pero digamos que incluyó el mejor filete que he comido en mi vida, un buen esmoquin y barra libre—.
Elijah resopla. —Bistec y licor de primera, debería haberlo sabido—.
—En fin—, continúo, ignorando su comentario. —Ahí fue donde la conocí. La vi desde la puerta, sentada sola, y supe que tenía que ir a hablar con ella. No puedo explicarlo, simplemente sentí la llamada, ¿sabes? Había una mesa de recepción donde se suponía que los invitados debían registrarse y había etiquetas con sus nombres, lo cual me pareció raro porque era una boda, no un evento corporativo. Pero cogí una y entré sin pensarlo.
—¿Quién eras?—, pregunta Maddox, centrándose inmediatamente en algo que esperaba evitar.
Lo miro con los ojos entrecerrados. —Charlie—.
—Sí, pero ¿Charlie qué? —Me sonríe, y me pregunto si de alguna manera aprendió a leer la mente en algún retiro budista en Nepal o lo que sea.
—Charlie Cockburn-Cummings, ¿está bien?
Aullidos de risa estallan por toda la habitación y tengo que unirme a ellos. Es, después de todo, jodidamente divertido.
—No me sorprende que no estuviera allí—, dice Elijah, con una sonrisa burlona. —Probablemente estaba demasiado avergonzado—.
—Sí, ¡creo que lo conocí una vez en la fila de la clínica de gonorrea! —añade Mason entre carcajadas—. Necesitaba crema para la irritación del pene.
Maddox intenta mantener la calma y la serenidad, pero al final él también se quiebra. —Quizás era inglés—, añade. —En Inglaterra, nadie se inmutaría ante un nombre así. Cuando estuve allí, conocí a un tipo llamado Nathaniel Gildenballs, no bromees. En fin, sigue, Drake. Charlie. Quien sea. ¿Te colaste en una boda y te liaste con alguien de una noche?—
Eso es más o menos. —Sí. O sea, conocía a la pareja: Tucker McDaid, que creo que trabaja en la Fiscalía General, ¿y Emily Gregor? Ella también me sonaba.—
—Conozco a Emily—, dice Elijah. —Todos la conocen, o al menos han estado en la misma habitación. Forma parte de algunas de las mismas juntas directivas de organizaciones benéficas que Amber. Es una de esas mujeres que conozco sin saber realmente—. Se encoge de hombros. —Supongo que fue una fiesta de bodas bastante buena, ¿no?—
Lo fue, si te gustan ese tipo de cosas. Pero lo que más me atrajo fue esta chica. Estaba en la fiesta de bodas, todavía con un vestido morado que era claramente incómodo. En serio, parecía que quería salirse de su piel. Así que tomé mi whisky y me senté a su lado, y... Me pierdo en el recuerdo por un momento.
—¿Y?—, pregunta Maddox, inclinándose hacia adelante, con interés. No me sorprende. Nunca hablo así. Nunca me siento así. ¿Qué demonios es esto?
Niego con la cabeza, volviendo al presente. «Y terminamos hablando durante horas. Bailamos un poco. Luego nos encontramos en uno de los jardines detrás del hotel. Una cosa llevó a la otra, y...»
—¿Y la ataste con una manguera de jardín colocada convenientemente?—, sugiere Nathan con una expresión falsamente inocente.
Pongo los ojos en blanco. —Deja ya de chistes de cuerdas, oendejo. No hagas que me arrepienta de haberte contado eso. No, simplemente... conectamos. Y sí, ya sé, soy yo quien parece que ahora ve demasiado Netflix. Volvió a mi habitación, y eso es todo lo que van a conseguir, pervertidos—.