Rutina.
Habían pasado ya tres meses desde que inició el tercer año de universidad en la carrera de Administración y Finanzas.
Gracias a sus buenas notas y a sus apuntes impecables, Lily se había convertido en una especie de asistente extraoficial para varios profesores y compañeros. Era casi como la secretaría del profesor Albert y de la profesora Samantha, quienes impartían las clases más complicadas. Muchos alumnos solían perderse entre fórmulas y conceptos, y ella era el punto de apoyo al que recurrían.
La clase del señor Harrison había terminado hacía unos quince minutos cuando escuchó una voz detrás de ella.
—¿Tienes los apuntes de la semana pasada, de la señora Erika? —preguntó Esteban, un compañero de rostro distraído.
—Sí, claro. Dame tu correo y te los envío ahora mismo —respondió Lily mientras abría su laptop.
Esteban solía estar ausente, más pendiente del área apartada del campus donde se reunía a fumar que de las clases. Sin embargo, tenía una memoria envidiable: absorbía la información con facilidad y terminaba sacando notas excelentes.
Como siempre, le pidió su correo. Y, como siempre, era uno diferente.
Mientras adjuntaba el documento, Charlotte y Ava conversaban animadamente sobre algún tema que Lily no alcanzó a oír. Ella, en cambio, cuando terminó de evitar el correo aprovechó para comprar la preventa de Tiburones salvajes, su película favorita.
—Lily —la llamó Sergei, uno de los compañeros más populares de la clase—. ¿Podrías enviarme las clases de Thomas, Erika y Samantha?
—Sí, claro. ¿Al mismo correo de antes?
—Sí.
Sergei provenía de una familia de reputación dudosa, rumores sobre la mafia y negocios ilícitos circulaban a su alrededor, aunque no eran rumores, era verdad, pero nadie se atrevía a decirlo abiertamente. Charlotte, por su parte, es hija de un empresario importante de una farmacéutica, Ava es de familia humilde pero con una beca muy prestigiosa y el padre de Lily trabajaba en el gobierno, en algo relacionado con investigación y recolección… o algo así, nunca lo tenía muy claro.
—Listo —dijo Lily, tras pulsar enviar.
—Gracias.
El murmullo en el aula aumentó. Era raro ver a Sergei fuera de su círculo habitual de amigos. Su presencia llamaba la atención, no solo por el misterio que lo rodeaba, sino por su apariencia: cabello n***o, ojos azules, físico trabajado y demasiados tatuajes para alguien de su edad, veinti cinco años. Ese aire peligroso lo hacía atractivo, para muchas, incluso para las chicas más jóvenes.
Pero quien realmente ocupaba los pensamientos de Lily era Daniel. Alto, guapo, con un cabello rubio perfectamente desordenado, ojos verdes y sonrisa encantadora. Rico, atlético y carismático.
Su mejor amigo desde la secundaria.
Y, lamentablemente, novio de Ava desde hace año y medio.
—¡Miren chicas, traje malteadas para todas! —anunció Daniel con su sonrisa radiante.
—Siempre el mejor —bromeó Charlotte—, pero si sigues trayendo todo lo que ves, terminaremos gordas.
—No exageren —Se acercó a Ava y le dio un beso.
—Aunque para mí, Ava podría estar realmente gorda y así la voy a amar.
«Que cursi, aunque sí me lo dijera a mi no lo sería» pensó Lily. Sabía bien que tenía que entender que eso jamás le iba a suceder.
Al salir del edificio, Peter los interceptó en los pasillos, con su habitual sonrisa de superioridad, anunció que el fin de semana daría una de sus fiestas en la mansión de su padre. Hijo de un respetado senador, nunca le faltaban los lujos ni la arrogancia para presumirlos.
Lily había evitado esas fiestas desde hacía tiempo. El año pasado había tenido una breve relación con Peter, quince días bastaron para darse cuenta de que no era para ella. Controlador, posesivo, y con ese tipo de mirada que parecía querer mantenerla bajo su dominio.
—Genial, ya necesitaba salir un rato—dijo Charlotte —. La última que hiciste fue increíble.
—Por supuesto, no escatimo en gastos —respondió Peter con una sonrisa cargada de autosuficiencia.
—Yo paso —murmuró Lily.
—Oh, vamos, va a estar genial. Solo esta vez —insistió Ava, casi suplicante.
—No. De verdad, paso.
Peter la observó en silencio unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Qué lástima. Quería que fueras mi invitada especial.
—Lo siento, Peter.
No había forma de insistirle a Lily, sólo debía esperar a ver si sus amigas lograban sacarla de su rutina.
Se marchó sin insistir más, pero Lily sintió cómo su mirada la seguía hasta perderla de vista.
Daniel y Avan la llevaron hasta su casa. Su padre le había sugerido comprarle un auto, pero era tan mala que fallaba en los exámenes de conducción, ya era el tercero que fallaba.
Esa tarde llegó a casa como siempre: en silencio, siempre había sido muy sigilosa cuando llegaba era como un fantasma.
Un mensaje llegó a su celular antes de pasar la puerta, era de Peter, “Espero decidas cambiar de opinión Cariño” Eso la fastidiaba, aún después de su pequeña y rápida relación aún seguía buscándola.
Lily recordó que había olvidado uno de sus suéteres favoritos en el cuarto de limpieza, así que se dirigió hacia allí. Pero cuando intentó abrir la puerta, algo la cerró bruscamente desde dentro.
Frunció el ceño y volvió a girar la manija, con más fuerza esta vez.
Nada.
—¿Quién está ahí? ¿Bertha, eres tú? —preguntó.
El silencio respondió.
Hasta que, desde el pasillo, una voz la sobresaltó.
—Oh, mi niña… ven aquí —dijo Bertha, apareciendo apresurada y tomándola del brazo con fuerza.
—¿Qué pasa? —preguntó Lily, desconcertada.
—Luego te explico —susurró la mujer, arrastrándola hacia la sala.
—Pero necesito buscar un suéter que deje ahí, y la puerta está atascada. ¿Qué sucede?