POV Julián Mackenzie
AMOR…Esa palabra está reservada únicamente para mi hija, mi princesa, mi todo: Alina.
Lo sé. Mi abuelo Bruce se aferra a la vida solo por ella. Le preocupa que, con los años, yo no haya podido darle una madre. Pero es que ninguna mujer es digna de llevar ese título.
Mi madre intentó hacérmelo entender una vez, al decirme:
—Ella necesita una madre, hijo. Así como tú, cuando eras niño, necesitaste a un padre. Sé que las circunstancias son diferentes…. Pero por favor, esfuérzate en buscar una buena mujer.
Ese es mi karma. Soy consciente de que le hice daño a una buena mujer como Lía. Y he pagado con creces ese error.
Lo que me consume ahora es mi hija. Ella no habla.
Hace unos días la llevé a Londres con Alistair Fox, un amigo de mi padre, neurólogo de prestigio mundial. Tras evaluarla, dictaminó que no había nada malo en ella.
Ese día, mi hija sufrió una fiebre repentina y alarmante. Su pequeño cuerpo ardía, y en cuestión de horas la temperatura se elevó sin control, obligándome a llevarla de urgencia al hospital. Allí, una doctora joven, de voz serena, me explicó que su sistema inmunológico estaba debilitado.
Apenas le presté atención. Me molestó la naturalidad con la que mi hija se acomodó en sus brazos mientras ella le contaba un cuento ridículo de jirafas.
Ahora, en la sala de espera de la mejor psicóloga infantil de Manhattan, espero a que mi hija sea atendida. Alistair recomendó terapia, y seguí su consejo.
La puerta se abre.
—Señor Mackenzie, pase por favor —dice la psicóloga, mientras su asistente se lleva a Alina con la promesa de un dulce.
Entro con un poco de ansiedad.
—Vaya al grano. Dígame qué sucede con mi hija.
La mujer me enfrenta con una calma profesional que me irrita.
—Ya que lo pide así… su hija necesita una figura materna. En el kínder, observa a sus compañeros y relaciona ese vacío con el silencio. No es que no pueda hablar, señor Mackenzie. Ella simplemente no quiere hacerlo.
Otra vez. Siempre la misma conclusión. Necesita una mamá.
—Tiene a mis hermanas, a mi madre… ¿No bastan como figuras maternas? —pregunto, con la mandíbula tensa.
—Ellas ocupan el lugar de una tía, de una abuela. Debe entender que cada persona procesa sus necesidades de forma distinta. Alina necesita saber de su origen. Necesita llenar ese vacío.
Jamás le he negado su origen. Pero si tengo que inventarme una madre para ella, lo haré. El pensamiento se forma en mi mente como un plan frío y calculado.
—Entiendo, doctora. Espero que con su trabajo pueda ayudar a mi hija.
—Claro que sí, señor Mackenzie. Iremos despacio, aunque admito que su hija es bastante cerrada.
Un escalofrío de furia me recorre.
—No culpe a mi hija de su ineptitud.—exclamé molesto.
Salgo sin darle tiempo a responder. Tomo a mi princesa en brazos y la llevo a casa.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Ella solo asiente, escondiendo su rostro en mi cuello.
Estoy harto. El sufrimiento de mi hija me duele más que el mío propio.
Al llegar, encuentro a mis padres y al abuelo Bruce de visita. A sus noventa años, él sigue viajando. Todo por ver a Alina.
Me siento ofuscado. Necesito huir de sus miradas cargadas de lástima y decepción. Sé que voy a cumplir treinta y seis años, pero no soy el único hombre en el mundo sin una pareja estable.
—Papá, tengo que salir. Cuiden de Alina, por favor.
Mi padre asiente en silencio. No necesito decir más.
Esta noche no quiero un club ni una mujer que alivie mi estrés de forma efímera. Termino en el restaurante y bar de mi amigo Jeremy. Una copa no me vendrá mal.
Al entrar, mi vista se desliza instintivamente sobre una figura femenina. Cabello claro y largo, una elegancia que combina con el lugar. Sí, lo admito soy un patán, pues lo primero que noto son sus caderas, la estructura de sus glúteos y la forma en que se mueve con una naturalidad que promete algo más que solo estética.
Me senté en la barra, a un par de metros de ella.
El camarero me sirve lo de siempre. El rostro de Alina cruza mi mente y la frustración me aprieta el pecho.
Entonces ella se levanta y camina hacia mí.
Hoy no tengo el humor para una aventura de una noche, pero quizá… quizá pueda hacer una excepción.
La luz de la barra baña su rostro y el aire se me escapa de los pulmones. La reconozco. Es la doctora de Londres. La de las jirafas.
La miro con dureza, fingiendo indiferencia. Pero ella me reconoce e intenta hablar.
Fingo no recordarla, dejando claro que no tengo interés.
Lo que sucede después me toma por sorpresa. Una mujer irrumpe, gritando insultos que no alcanzo a procesar del todo.
Su agresora verbal la llama patética e incluso la culpa de estar con su marido, y un impulso primario se activa dentro de mí. No sé por qué me molesta tanto que esa mujer insulte a esta desconocida. Pero lo hace.
Cuando la doctora, en un acto de desesperación, suelta:
—¡Él es mi novio! ¡Vamos a casarnos!
Me quedo helado. No por la mentira, sino por su audacia. Por la forma en que sus dedos tiemblan al sostener mi mano.
Podría alejarla. Sería lo lógico.
En cambio, me incorporo y tomo su mano.
Su mano es suave, pequeña. Encaja en la mía, como destinada a estar ahí desde siempre.
La saco de allí sin dejarle hablar, sintiendo la mirada furiosa de la otra mujer a nuestras espaldas. La subo a mi auto.
Las piezas encajan en mi mente con una claridad aterradora. Esta mujer podría ser la respuesta a mis problemas. No es cualquier mujer. Ella….Ya ha estado cerca de Alina, mi hija, quien se sintió cómoda con ella.
Ella es doctora, inteligente, y parece desesperada. Simplemente es perfecta
Ella mintió para salvarse. Pero yo haré real su mentira.
Subo al asiento del piloto y, sin decir una palabra, arranco el motor. El silencio en el coche es tenso, cargado de preguntas que ella no se atreve a formular.
No voy a mi casa. No en donde está mi familia. Conduzco hacia el departamento que uso para mis encuentros casuales. Es privado, discreto y perfecto para sellar un buen negocio.
Estaciono. Aprieto el volante, mis nudillos blancos. Ella me mira, el miedo empezando a brillar en sus ojos. Por fin hablo, mi voz un susurro grave.
—Usted dijo que era mi novia. Dijo que nos casaríamos.
Ella abre la boca para explicarse, pero no le doy tiempo. Me giro en el asiento, acorralándola contra la puerta.
—Yo no soy un hombre que deje que una mujer use su nombre en vano. Si va a usar mi apellido, que sea de verdad.
Bajo la mirada a sus labios, que tiemblan ligeramente, y luego a sus ojos. Mi decisión está tomada. No es una locura. Es la solución más lógica que he tenido en años.
—Vamos a casarnos —sentencio, mi voz firme, sin dejar espacio para réplica—. Y usted va a ser la madre de mi hija.
Su rostro palidece. Veo el pánico reflejado en sus pupilas, pero también algo más… un destello de indignación que lucha por abrirse paso.
En mi mente, solo hay una voz que repite una y otra vez, como una oración oscura:
«Alina, hija… papá por fin te va a dar una madre.»