Antes, al cruzar las puertas principales de la escuela, Salmon aún se sentía áspero y sacudido por los acontecimientos del temible incidente de la noche. Apenas había dormido, las imágenes de aquel maldito conserje aporreando su coche le perseguían a cada minuto. El whisky había adormecido algunos de los efectos, pero la bebida no conseguía nada salvo enviarle al olvido, y él odiaba eso. Cuando se despertó, arrellanado en el sofá, tenía la garganta seca y las extremidades rígidas y doloridas. Se tumbó en la cama, pero no pudo conciliar el sueño. Así que se quedó tumbado, mirando a la nada, sintiendo náuseas, ansiedad e incluso miedo. En algún momento tendría que volver a enfrentarse a aquel hombre. Ahora, de vuelta en la escuela, tenía el estómago hecho papilla, sabiendo que el inevitable

