Ella le llamó a su despacho después de haber acompañado a los niños al final del día. A diferencia de la mayoría de los viernes por la tarde, se sentía abatido, desinflado. El interrogatorio de la policía le había dejado agotado, inseguro. Había mentido y se había pasado la tarde deseando no haberlo hecho. Era un tonto, porque cuando se supiera la verdad y encontraran el c*****r de Charlie, se metería en un buen lío. Ese fue el pensamiento que le rondó por la cabeza durante las horas siguientes. Charlie debía estar muerto. Había salido cojeando hacia el páramo, arrastrando tras de sí su pie inútil, se había caído en una zanja y se había roto su cuello grande, grueso y estúpido. La señora Winston lo miró con una cara aún más seria que de costumbre. "He recibido una llamada, Peter". Salmon

