El sol comenzaba a ponerse cuando dejamos el registro civil, y la suave brisa de la tarde me hizo estremecer. Todavía llevaba el vestido blanco que Carlos había elegido para mí y, aunque su diseño era simple, sentía que cada mirada que me dirigía cargaba un peso indescriptible. Su mano permanecía firme en la parte baja de mi espalda mientras nos dirigíamos al coche. —¿Y ahora? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio. Me miró de reojo, con una sonrisa que parecía ocultar un secreto. —Ahora, celebramos —respondió con la seguridad que le era tan natural. No hubo más explicaciones y, aunque quería insistir, decidí dejarlo pasar. Carlos siempre parecía tener todo bajo control y, aunque esa característica a veces me irritaba, también me fascinaba de una manera que no lograba comprender d
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