Bienvenida a mi vida

799 Palabras
Abrí los ojos lentamente, aún envuelta en el calor de las sábanas, y lo primero que sentí fue un vacío a mi lado. Extendí la mano, pero la cama estaba fría, como si él se hubiera levantado hace horas. La habitación estaba en completo silencio, salvo por el suave sonido del viento golpeando las ventanas. Me senté, dejando que mis pies tocaran la alfombra suave, y tomé un momento para asimilar dónde estaba. El recuerdo de la noche anterior me golpeó como una ráfaga. Sus palabras aún resonaban en mi mente: "Nos casaremos mañana mismo." No hubo preguntas, no hubo espacio para negociación. Carlos había decidido y, como siempre, todo estaba bajo su control. Un leve golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. —¿Señorita Aletza? —La voz de una mujer joven atravesó la puerta entreabierta. —Pase —respondí, intentando sonar firme. La puerta se abrió despacio, y una mujer de apariencia amable, vestida con un uniforme impecable, entró con una bandeja en las manos. En ella había una taza de café humeante, unas tostadas con mermelada y un cuenco con frutas frescas. Todo estaba presentado de forma impecable, casi como una ceremonia. —Buenos días. El señor Carlos pidió que le trajera esto. Dijo que el día sería largo y que necesitaba empezar con energía —comentó mientras colocaba la bandeja sobre la mesita cerca de la ventana. —Gracias… —murmuré, aún un poco desconcertada por la formalidad de todo aquello. —Ah, casi lo olvido. También pidió que le entregara esto. —La mujer colocó una caja blanca sobre la cama y me dio una sonrisa antes de salir. Miré la caja con curiosidad. Era elegante, sin adornos innecesarios, y al abrirla, sentí que el aire se detenía. Dentro había un vestido blanco. Su simplicidad era su mayor virtud: una tela ligera y suave que caía con gracia, un escote discreto que dejaba los hombros al descubierto y un diseño que parecía hecho a medida. Me quedé mirando el vestido, intentando asimilar lo que significaba. ¿Carlos lo había elegido? ¿Había planeado todo sin consultarme? Tomé la taza de café mientras mis pensamientos se perdían. Después del desayuno, fui al baño. Al abrir la puerta, me encontré con algo que me dejó sin palabras. Todo estaba preparado: un secador de pelo, una caja con maquillaje de alta calidad, toallas impecablemente dobladas y productos de cuidado personal claramente seleccionados con esmero. "Él planeó todo hasta el último detalle", pensé, entre sorprendida y abrumada. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, relajando mis músculos tensos. Cerré los ojos mientras el vapor llenaba el ambiente, intentando despejar mi mente. Me enjaboné con calma, dejando que el suave aroma de los productos me envolviera. Después, sequé mi cabello con cuidado antes de usar el secador. Cuando terminé de maquillarme y me puse el vestido, me miré en el espejo. No podía reconocer a la mujer frente a mí. El vestido se ajustaba perfectamente a mi cuerpo y, a pesar de su simplicidad, tenía un aire de elegancia que me hacía sentir… diferente. Bajé las escaleras con el corazón acelerado. Carlos estaba al pie de la escalera, vestido con un traje n***o impecable. Cuando me vio, dejó escapar un suspiro, como si por un momento hubiera olvidado respirar. —Estás… increíble —dijo en un tono bajo, como si las palabras no fueran suficientes. Intenté responder, pero su mirada me dejó sin habla. Había algo en su expresión, una mezcla de orgullo y admiración, que me hizo sentir vulnerable. —¿Y ahora? —pregunté, jugando nerviosamente con los pliegues del vestido. —Ahora, nos casamos. —Extendió la mano hacia mí, con un tono firme pero también con un leve toque de calidez. El trayecto hasta el registro civil fue algo surrealista. Apenas intercambiamos palabras, pero su mano nunca soltó la mía. Cuando llegamos, todo estaba listo. La ceremonia fue sencilla, sin invitados, sin decoraciones innecesarias. Solo nosotros dos y el funcionario que la oficializó. —¿Acepta a Carlos como su legítimo esposo? —preguntó el funcionario, mirándome a los ojos. —Sí, acepto —respondí, con voz firme pero el corazón acelerado. Cuando llegó el turno de Carlos, su respuesta fue rápida y clara, como si no hubiera espacio para dudas. —Sí, acepto. Y así, con unas firmas y palabras formales, me convertí en la esposa de Carlos. Salimos del registro y, aunque todo había sido rápido y simple, había una sensación de solemnidad en el aire. Carlos se giró hacia mí, tomó mi rostro entre sus manos y, con una suave sonrisa, dijo: —Bienvenida a mi vida, Aletza. No supe qué responder, así que solo asentí, intentando asimilar que mi vida acababa de cambiar para siempre.
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