Es necesario

929 Palabras
Hoy fue mi último día trabajando en la cerrajería, un lugar que, aunque había sido mi refugio durante años, no representaba lo que realmente soñaba para mi vida. Desde que me contrataron, los dueños, Marta y José, siempre fueron amables y comprensivos conmigo, casi como una familia. Pero sabía que este momento llegaría. La arqueología era mi pasión, mi objetivo. No podía seguir pasando más tiempo reparando cerraduras y duplicando llaves cuando lo que realmente deseaba era desenterrar secretos del pasado, descubrir historias sepultadas bajo el polvo de los siglos. La noticia de mi salida no fue bien recibida por ellos. Marta me miraba con tristeza mientras José intentaba convencerme de quedarme, ofreciéndome un aumento y flexibilidad en los horarios. —Aletza, siempre tendrás un lugar aquí —dijo José, su voz cargada de sinceridad. —Lo sé, y agradezco mucho todo —respondí con una sonrisa que apenas ocultaba mi nostalgia—. Pero necesito cambiar, buscar algo relacionado con lo que estudié. Quiero ser arqueóloga y, aunque no sea fácil, sé que es lo que debo hacer. Marta suspiró, resignada, y me abrazó con fuerza. —Te vamos a extrañar, querida. Pero sabemos que lo vas a lograr. Con esas palabras, el día pasó más rápido de lo que esperaba. Entre atender a los últimos clientes, despedirme de algunos compañeros y terminar los pendientes, ni siquiera noté lo rápido que voló el tiempo. Cuando el reloj marcó las seis de la tarde, sentí alivio, pero también un nerviosismo extraño. Estaba cerrando un capítulo importante de mi vida y, aunque había entusiasmo, también había incertidumbre. Estaba guardando mis cosas cuando escuché el motor de un coche detenerse frente a la cerrajería. Al principio no le di importancia, pero cuando la puerta se abrió, sentí que mi corazón se detuvo por un segundo. Carlos estaba ahí. Otra vez él. ¿Por qué siempre aparecía así, de manera tan inesperada, tan desestabilizadora? No pude evitar quedarme congelada por un instante, mirándolo desde el otro lado del mostrador. Vestía un traje impecable, como siempre, y caminaba con esa confianza que parecía desafiar al mundo. —¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté finalmente, aunque mi tono era más de sorpresa que de reproche. Carlos no respondió de inmediato. En cambio, se dirigió directamente hacia Marta y José, que lo observaban con curiosidad. —Buenas tardes. Soy Carlos —dijo, extendiendo la mano a José, quien la estrechó un tanto desconcertado. —Un placer… —respondió José, lanzándome una mirada como preguntando qué estaba pasando. —Vine a buscar a mi prometida —soltó Carlos con una naturalidad que me dejó boquiabierta. —¿Prometida? —repitió Marta, girándose hacia mí con los ojos muy abiertos. Sentí la sangre subirme al rostro. —¿Qué estás diciendo, Carlos? —murmuré, intentando mantener la calma. Él me miró con una sonrisa tranquila, como si su declaración no fuera lo suficientemente impactante. —Lo que escuchaste. Aletza y yo vamos a casarnos. Marta y José intercambiaron miradas, claramente sorprendidos, pero con un brillo de emoción en los ojos. —¡No lo sabía! —exclamó Marta, sonriendo—. Felicitaciones, Aletza. —Gracias, pero… —intenté decir algo, pero Marta ya me estaba abrazando con fuerza. José también se acercó para darme palmadas en el hombro. —Siempre supimos que eras especial, Aletza. Este hombre tiene suerte de haberte encontrado. —Claro que la tengo —intervino Carlos, mirándome con esos ojos llenos de intensidad—. Soy el hombre más afortunado. Quise gritar que no tenía derecho a hablar por mí, a aparecer de repente y decir algo así sin consultarme. Pero, por otro lado, me sentí incapaz de montar una escena frente a Marta y José. Cuando finalmente se despidieron de mí, ambos con lágrimas en los ojos, Carlos me tomó del brazo y me llevó hasta su coche, donde abrió la puerta con esa caballerosidad que ya me resultaba familiar. Ya dentro del coche, lo miré fijamente, cruzando los brazos. —¿Qué fue todo eso? —pregunté, intentando mantener la calma. Carlos encendió el coche, pero no respondió de inmediato. Esperó hasta estar a unas calles de distancia antes de mirarme de reojo. —Era necesario. —¿Necesario? ¿Decir que soy tu prometida? ¿Que vamos a casarnos? Carlos, eso no es algo que puedas decidir por mí. Él suspiró, como si ya esperara mi frustración. —Sé que estás molesta, pero confía en mí. Esto es parte de lo que te expliqué anoche. —¿Parte de qué? ¿De usarme como escudo? —No es tan simple, Aletza. —Claro que no lo es —repliqué, mirando por la ventana. Sentía un nudo en el estómago, una mezcla de enojo y confusión. El resto del trayecto fue en silencio. Aunque quería seguir protestando, había algo en su presencia que me hacía dudar, que me hacía querer escuchar su versión, incluso sabiendo que probablemente me enfurecería aún más. Cuando llegamos a mi casa, Carlos estacionó, pero no se movió. —Sé que no te gustó lo que hice —dijo finalmente, en un tono más suave—. Pero te prometo que tengo mis razones. —Espero que esas razones valgan la pena, Carlos. Porque, si no, esto no va a funcionar. Él asintió, aunque su mirada estaba fija en el volante. —Solo dame tiempo, Aletza. Tiempo. Era todo lo que parecía pedir desde que apareció en mi vida, pero también era lo que me hacía sentir que algo estaba a punto de salirse de control.
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