Un poco de locura

841 Palabras
Cuando llegamos a casa, la ausencia de Danna ya era evidente. Sabía que ella había decidido pasar la noche con sus padres, dejándome sola con mis pensamientos, algo que definitivamente no me ayudaba. Todo el trayecto desde el restaurante hasta aquí fue un silencio incómodo, cargado de preguntas que no sabía si debía hacer. Pero lo que sí sabía era que la propuesta de Carlos me estaba volviendo loca. ¿Casarme con él? Eso era completamente absurdo. Sí, me gustaba, me sentía atraída, pero no podía permitir que un simple impulso definiera algo tan importante. Además, había algo que no encajaba, algo que Carlos estaba ocultando. Cuando el coche se detuvo frente a la casa, él bajó rápidamente y abrió la puerta para mí, siempre tan caballeroso. Pero, en cuanto puse un pie fuera, no pude contenerme más. —¿Por qué? —pregunté de repente, deteniéndome antes de subir las escaleras de la entrada. Carlos arqueó una ceja, claramente sorprendido por mi pregunta repentina. —¿Por qué qué? —respondió, aunque su tono sugería que sabía exactamente a qué me refería. —¿Por qué quieres casarte conmigo? —solté, cruzando los brazos. Mis palabras salieron más duras de lo que esperaba, pero no me importó. Necesitaba respuestas. Carlos me observó en silencio durante unos segundos, sus ojos fijos en los míos, como si evaluara cuánto estaba dispuesto a decirme. Finalmente, suspiró y dio un paso hacia mí. —Porque te necesito, Aletza. —¿Me necesitas? —pregunté, incrédula, frunciendo el ceño. Esa no era una respuesta suficiente. —Sí. Como a nadie más en mi vida —dijo él, con una calma que me desarmó. Lo miré, intentando entender sus palabras. Carlos no era cualquier hombre; era un empresario exitoso, un arqueólogo reconocido, alguien que podría tener a quien quisiera. Y, sin embargo, ahí estaba, pidiéndome matrimonio de la nada. No tenía sentido. —Eso no explica nada —repliqué, sacudiendo la cabeza. Mi paciencia comenzaba a agotarse—. Eres un hombre importante, Carlos. Un empresario, un arqueólogo. Podrías estar con quien quisieras. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? ¿Qué estás escondiendo? Carlos sonrió, pero no era una expresión de diversión, sino algo más oscuro, casi resignado. Dio otro paso hacia mí, reduciendo la distancia entre nosotros. —Porque contigo puedo callar muchas bocas, Aletza. Sentí que el aire se detenía a mi alrededor. —¿Qué significa eso? —pregunté, mi voz casi un susurro. Carlos desvió la mirada por un momento, como si decidiera hasta dónde podía confiar en mí. Luego, volvió a enfrentarme, ahora con una expresión mucho más seria. —En mi mundo, nada es tan simple como parece. Hay expectativas, acuerdos, alianzas… y enemigos. Personas que no soportan verme donde estoy, que harían cualquier cosa para derribarme. —¿Y qué tengo yo que ver con eso? —insistí, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi pecho. —Todo. Tú eres la respuesta para todo, Aletza —dijo él, con una convicción que me dejó sin palabras por un instante—. Con alguien como tú a mi lado, puedo demostrar que soy más que un empresario, más que un arqueólogo. Que tengo algo real, alguien que me respalda. Fruncí el ceño, intentando descifrar qué quería decir. —¿Quieres usarme como escudo? —pregunté, incrédula. —No, no es eso —respondió rápidamente, sacudiendo la cabeza—. No quiero usarte, Aletza. Quiero que seas parte de mi vida. Pero sí, de cierta manera, estar contigo me protege. Me ayuda a mantener a raya a quienes quieren verme fracasar. Me quedé en silencio, procesando lo que acababa de decir. Todo esto parecía sacado de una novela, algo demasiado elaborado para ser real. —Carlos, esto no tiene sentido. Apenas nos conocemos. No puedes esperar que acepte algo así de la noche a la mañana. —No espero que lo aceptes ahora —dijo él, en un tono más suave—. Solo quiero que lo pienses. Que me des una oportunidad de mostrarte que esto puede funcionar. Lo miré fijamente, intentando encontrar alguna grieta en su aparente seguridad. Pero no la había. Carlos parecía totalmente convencido de lo que decía, y eso me dejaba aún más confundida. —Esto es una locura… —murmuré, mirando al suelo. —Tal vez lo sea —admitió él, dando otro paso hacia mí—. Pero a veces las mejores cosas de la vida empiezan con un poco de locura. No supe qué responder. Todo en mí gritaba que esto era un error, que debía alejarme antes de que fuera demasiado tarde. Pero había algo en sus palabras, en su mirada, que me hacía querer quedarme, que me hacía querer saber más. —Piénsalo, Aletza. Solo piénsalo —dijo él, antes de darse la vuelta y caminar hacia el coche. Lo observé alejarse, mi mente en un torbellino. Y, aunque no quería admitirlo, una parte de mí estaba tentada a considerar su propuesta. ¿Qué demonios me estaba pasando?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR