Pesadilla

852 Palabras
El silencio de la noche fue quebrado por un lamento bajo, gutural, que me hizo abrir los ojos de repente. Mi cuerpo aún estaba débil, pero el sonido era tan perturbador que no pude ignorarlo. Me levanté con cuidado, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos. La casa estaba envuelta en penumbra, y la única luz provenía de la luna que se filtraba por las ventanas. "¿Qué fue eso?" pensé, intentando calmar el ritmo acelerado de mi corazón. El lamento volvió, más fuerte esta vez, y parecía provenir de algún lugar al final del pasillo. No podía quedarme quieta. Me levanté, apoyándome en las paredes para mantener el equilibrio mientras avanzaba. El aire estaba denso, como si la casa guardara secretos en cada rincón. Llegué al pasillo, y una luz tenue parpadeaba desde la última puerta, que estaba entreabierta. Mi curiosidad superó el miedo. Caminé con pasos lentos y cautelosos hasta la puerta. Cuando asomé la mirada, la escena que vi me dejó sin aliento. La habitación era completamente diferente al resto de la casa. Las paredes estaban cubiertas por tapices que representaban imágenes de faraones y dioses egipcios. Velas enormes iluminaban el lugar, proyectando sombras danzantes sobre estatuillas doradas y figuras de animales sagrados. En el centro de la habitación destacaba una cama de madera oscura, esculpida con jeroglíficos. Y allí estaba él, Carlos. Estaba acostado sobre sábanas de lino, completamente desnudo, con solo una manta cubriendo parcialmente su cintura. Su piel estaba cubierta de tatuajes intrincados, todos con patrones egipcios: jeroglíficos, símbolos y líneas que parecían contar una historia antigua. La luz de las velas hacía que su cuerpo pareciera una obra de arte viviente, pero algo en su expresión me inquietaba. Carlos murmuraba en sueños, palabras en un idioma que no reconocí de inmediato, pero que pronto identifiqué. Era la lengua de los faraones, una lengua muerta que solo conocía gracias a mis estudios. —¿Qué...? —susurré, incrédula. Estaba fascinada y aterrorizada al mismo tiempo. Cada palabra que salía de sus labios parecía más urgente, más intensa. Quise darme la vuelta y regresar a mi habitación, pero entonces, un grito desesperado llenó el aire. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera detenerme. Entré en la habitación, acercándome lentamente a la cama. Carlos parecía estar sufriendo, sus manos se movían como si estuviera luchando contra algo invisible. —Carlos... —lo llamé en voz baja, pero no respondió. Me acerqué un poco más, observando los tatuajes en su pecho. Había una serie de símbolos que parecían rodear un círculo con un diseño central que no lograba identificar. Extendí la mano para tocarlo. No sabía por qué, tal vez para calmarlo, tal vez para confirmar que todo era real. De repente, sus ojos se abrieron. El mundo pareció detenerse. Sus pupilas estaban dilatadas, y su mirada era feroz, casi salvaje. Antes de que pudiera reaccionar, su mano atrapó la mía con fuerza y, en un movimiento rápido, me giró, dejándome tendida en la cama mientras él se colocaba sobre mí. —¿Qué haces aquí? —preguntó con voz grave, su respiración agitada, mientras sus ojos oscuros, perdidos y llenos de algo indescifrable, se fijaban en los míos. —Yo... escuché un grito... —murmuré, intentando mantener la compostura. Sus manos aún sujetaban las mías contra el colchón, y su cuerpo, cálido y firme, estaba demasiado cerca. Su mirada recorrió mi rostro, como si buscara algo, como si intentara determinar si yo era real o solo parte de su pesadilla. —No deberías estar aquí —su tono cambió, más controlado, pero aún tenso. —Estabas sufriendo... —dije con voz temblorosa—. No podía ignorarlo. Cerró los ojos por un momento, respirando hondo antes de soltarme. Se apartó de mí, sentándose al borde de la cama con la cabeza entre las manos. —No deberías haber visto esto. Me incorporé lentamente, aún sintiendo el calor de su cuerpo sobre el mío. —¿Qué es todo esto, Carlos? —pregunté, señalando la habitación—. ¿Por qué hablabas en egipcio antiguo? No respondió de inmediato. Su cuerpo estaba tenso, parecía luchar consigo mismo. Finalmente, se volvió hacia mí, sus ojos más oscuros que nunca. —Mi pasado no es algo que puedas entender... ni algo que deba compartir. —Entonces explícame —lo desafié, a pesar del miedo que aún sentía—. Déjame ayudarte. Carlos soltó una risa amarga, aunque no había humor en ella. —No puedes ayudarme, Aletxza. Hay cosas en mi vida que es mejor no desenterrar. Lo miré en silencio, intentando descifrar el enigma que tenía delante. Había algo roto en él, algo que lo consumía desde dentro. Y, aunque sabía que debía alejarme, una parte de mí estaba decidida a descubrir qué lo atormentaba tanto. —Deberías volver a tu habitación —dijo finalmente, su voz más suave, pero firme—. Este no es un lugar para ti. Asentí lentamente, aunque sabía que esto era solo el comienzo. Carlos Torres no era solo un hombre con secretos; era un hombre atrapado en ellos.
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