Fiebre

769 Palabras
Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue el frío envolviendo mi cuerpo, como si hubiera estado en un lugar helado durante horas. Mi cabeza latía con fuerza, y un dolor profundo en los músculos hacía que moverse fuera difícil. Me senté con esfuerzo, sintiendo la cama demasiado suave y extraña, y mis manos temblaron al tocar la manta que me cubría. El recuerdo de lo sucedido volvió como un torbellino de imágenes: la cena, el beso, sus manos… y luego, la oscuridad. Me llevé una mano a la frente, intentando ordenar mis pensamientos. La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por un leve resplandor que entraba por la ventana. Desvié la mirada y lo vi allí, de pie, mirando hacia afuera, como una figura esculpida en sombras. Carlos tenía las manos en los bolsillos, su postura era rígida, y su perfil parecía tallado en mármol. —¿Qué… qué pasó? —pregunté, con la voz apenas un susurro. Él se giró lentamente y sus ojos se encontraron con los míos. Había algo diferente en su expresión, una mezcla de preocupación y culpa que nunca antes había visto en él. —Te desmayaste —respondió con calma, aunque su tono tenía un matiz de tensión. —¿Desmayarme? —intenté recordar más, pero mi cabeza latía con fuerza—. Pero yo… —Estás enferma, Aletxza —se acercó, y cada paso suyo resonó en mi mente—. Tienes fiebre alta, tu cuerpo te está pidiendo descanso. Lo miré, intentando asimilar sus palabras. Mi piel estaba fría, pero al mismo tiempo sentía un calor interno imposible de ignorar. Me llevé una mano al cuello, como si eso pudiera aliviar algo, y lo vi detenerse justo frente a mí. —Debiste habérmelo dicho antes —su voz se suavizó un poco, pero sus ojos seguían serios—. Te vi temblar, noté que tus manos estaban frías… lo supe. —Creí que era solo el frío… nada más —intenté sonreír, pero un escalofrío recorrió mi cuerpo y me hizo estremecer. Carlos suspiró, inclinándose ligeramente hacia mí. —Eres demasiado terca para tu propio bien. Tomó una manta de una silla cercana y la colocó sobre mis hombros con cuidado. Sus manos rozaron las mías y, por un instante, me quedé inmóvil bajo su mirada intensa. —Debes cuidarte mejor. Bajé la mirada, sintiéndome extrañamente vulnerable. —No quería arruinar la noche —admití en voz baja. Él soltó una breve risa, sin rastro de alegría. —Arruinarla sería imposible —se enderezó y volvió a su posición inicial junto a la ventana—. Pero casi me matas del susto. —¿Por qué te importa tanto? —pregunté antes de poder contenerme. Las palabras salieron solas, impulsadas por el cansancio y la confusión. Carlos me miró, y por un momento el silencio se hizo denso. Finalmente, habló con voz baja, casi un susurro. —Porque alguien tiene que hacerlo. Mi corazón dio un vuelco, y no supe qué responder. Había algo en su tono que me hizo sentir pequeña y protegida al mismo tiempo. —Necesito… necesito irme. No quiero ser una carga —dije, intentando levantarme. —Ni lo pienses. Carlos estuvo a mi lado antes de que pudiera dar un solo paso. Sus manos me sujetaron con firmeza, y su mirada fue una reprimenda silenciosa. —Te vas a quedar aquí. Es una orden. —No puedes darme órdenes… —intenté protestar, pero él simplemente negó con la cabeza. —Aletxza, no voy a escucharte. No en esto —sus dedos rozaron mi frente, como si quisiera confirmar lo que ya sabía—. Sigues ardiendo en fiebre. Suspiré, rindiéndome. No tenía fuerzas para discutir ni para insistir en volver a casa. —¿Siempre eres así de terco? —pregunté con una débil sonrisa. —Solo cuando es necesario —sus labios se curvaron en una media sonrisa, pero sus ojos seguían fijos en mí, observándome con una intensidad que me hacía sentir desnuda. Se giró hacia la puerta e hizo un gesto a alguien que esperaba afuera. Una mujer mayor entró con una bandeja en la que humeaba una taza de té. —Bebe esto. Te ayudará con la fiebre —Carlos tomó la taza y me la entregó, asegurándose de que no temblara al sostenerla. Mientras bebía en silencio, lo observé de reojo. Había algo en él que me desconcertaba, una mezcla de autoridad y preocupación genuina que no sabía cómo manejar. Y aunque me resistía a admitirlo, no quería estar en ningún otro lugar que no fuera allí, con él.
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