Deseo

810 Palabras
La sala era majestuosa, como todo en aquella casa, pero lo que realmente llamó mi atención fue la mesa. Estaba perfectamente puesta, decorada al estilo egipcio, con manteles dorados y negros, candelabros que proyectaban sombras danzantes en las paredes y platos cuidadosamente dispuestos con detalles que parecían sacados de un museo. Todo tenía un aire misterioso y fascinante, como si estuviera a punto de compartir una cena en otra época. Carlos acercó una silla para mí, y me senté, agradeciéndole con una leve inclinación de cabeza. Él tomó asiento frente a mí, su mirada tranquila, pero con un brillo en los ojos que me hacía sentir desnuda, a pesar de estar envuelta en su cálido abrigo n***o. —¿Siempre cenas así? —pregunté, intentando sonar casual, aunque mi voz salió más baja de lo que esperaba. Carlos sonrió, un gesto que pareció iluminar su rostro. —No. Esto es especial. No sabía si se refería a la comida, a la noche o a mí, pero sentí un nudo en el pecho que no supe nombrar. Intenté concentrarme en los platillos que comenzaron a llegar. Había dátiles rellenos con frutos secos, hummus cremoso acompañado de pan de pita recién horneado, pequeños platos de cordero especiado y arroz con frutos secos. Cada aroma era una invitación al placer. Me sorprendía cómo todo parecía haber sido elegido con un propósito, como si él quisiera llevarme a un viaje a través de sabores exquisitos que nunca antes había probado. —Esto es increíble... nunca había comido algo así —comenté, llevando un trozo de cordero a mis labios. Carlos me observaba mientras hablaba y, aunque sonreía, sus ojos estaban fijos en mis movimientos, analizando cada reacción. —La comida debe ser una experiencia. No solo para alimentarse, sino para disfrutar, para recordar. —Bueno, entonces creo que nunca olvidaré esta cena —bromeé, aunque había más verdad en mis palabras de la que estaba dispuesta a admitir. Conversamos entre plato y plato sobre su vida como arqueólogo, los lugares que había visitado, las historias que había recopilado. Me sentía como una niña escuchando un cuento antes de dormir, fascinada por cada palabra. Cuando llegó su turno de preguntar, le hablé de mi carrera, mis estudios y cómo trabajaba en una cerrajería para pagar los gastos. —Eres increíble, ¿lo sabías? —dijo de repente, mirándome con seriedad. —¿Por qué dices eso? —pregunté, sintiendo que el calor de la chimenea aumentaba. —Porque haces tanto con tan poco. No muchos tienen esa fuerza. Sus palabras me dejaron sin aliento, pero el momento fue interrumpido por la llegada del postre: un pastel de chocolate amargo, servido con crema batida y finos hilos de miel. Mi debilidad. Tomé un trozo con la cucharilla, dejándome llevar por el sabor intenso que se derretía en mi boca. Sin darme cuenta, pasé la lengua por la cuchara, limpiándola lentamente, saboreando el último rastro de chocolate. Fue entonces cuando sentí su mirada. --- Levanté la vista y lo vi, sus ojos fijos en mis labios con una intensidad que me hizo estremecer. Antes de que pudiera decir algo, se levantó rápidamente de la silla. —¿Carlos? —comencé, confundida. Pero no me dio tiempo a pensar. Con un movimiento decidido, se acercó, tomó mi mano y me obligó a levantarme. Su otra mano se posó en mi rostro y, antes de que pudiera protestar, sus labios capturaron los míos en un beso profundo, hambriento, cargado de una pasión que no había anticipado. Su boca se movía sobre la mía con firmeza, pero al mismo tiempo con una delicadeza que me desarmaba. No dudé. Respondí con la misma intensidad, dejando que el mundo desapareciera a nuestro alrededor. Carlos me tomó por las piernas, levantándome como si no pesara nada, y avanzó por un pasillo oscuro, mis manos aferradas a sus hombros mientras nuestros labios seguían conectados, sin espacio para el aire. Llegamos a una habitación y, con un solo movimiento, abrió la puerta y me llevó hasta la cama. Me recostó con cuidado, pero su boca nunca dejó la mía. Sentí su peso sobre mí, la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el mío. Sus labios dejaron los míos solo para descender hasta mi cuello, besándome con una mezcla de suavidad y necesidad que me hizo arquearme bajo él. Mis manos buscaron su cabello, perdiéndose en sus hebras mientras mi respiración se aceleraba. De repente, se detuvo. Abrí los ojos, confundida, y lo vi mirándome con una mezcla de deseo y algo más... ¿duda? Su respiración era tan rápida como la mía, pero no hizo ningún movimiento para continuar. —Carlos... —comencé, pero mi voz salió débil. Antes de que pudiera decir algo más, todo se volvió borroso. Sentí el aire escapar de mis pulmones y la oscuridad me envolvió por completo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR