Mi refugio

909 Palabras
La noche se volvía cada vez más fría, y apenas sentía la punta de mis dedos mientras cerraba la tienda. Acababa de asegurar la última cerradura cuando vi un coche n***o, seguido de dos camionetas, detenerse justo frente a la entrada. Mi corazón se aceleró al instante. El reflejo automático de mi mente fue pensar lo peor: ¿iban a asaltarme o sería algo aún peor? Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, la puerta del coche n***o se abrió y de él salió Carlos Torres, impecable como siempre, con su abrigo oscuro ondeando al viento. Caminó hacia mí con pasos firmes, su rostro sereno, pero con un matiz de urgencia. —Aletxza —dijo al llegar a mi lado—. Ven conmigo. Me quedé paralizada, mi cuerpo dividido entre el asombro y los nervios. —¿Qué... qué haces aquí? —murmuré, intentando recuperar la compostura. Él no respondió de inmediato. Su mirada se deslizó hasta mis manos, que sostenían la caja con el abrigo blanco. Su expresión cambió ligeramente, mostrando algo que parecía una mezcla de decepción y determinación. —¿Por qué no lo usaste? —preguntó, señalando la caja. —Es demasiado para mí —respondí rápidamente, extendiéndole la caja—. Este regalo es... hermoso, pero no soy la persona adecuada para algo tan elegante. Por un instante, pensé que aceptaría mi excusa, pero en lugar de eso, dio un paso adelante, quedando peligrosamente cerca. Con calma, comenzó a quitarse su propio abrigo n***o, revelando la impecable camisa blanca que llevaba debajo. —¿Qué estás haciendo? —pregunté, mi voz un poco más alta de lo que quería. —No voy a dejar que te congeles aquí afuera —dijo mientras me envolvía con su abrigo sin darme tiempo de protestar. Su perfume, un aroma amaderado y cálido, me envolvió al instante, haciendo que mi corazón latiera aún más rápido. Intenté quitarme el abrigo, pero él puso las manos sobre mis hombros, impidiéndomelo. —No discutas, Aletxza. Si no lo usas, te resfriarás. Me quedé inmóvil, con la mirada atrapada en la suya. Había una mezcla de firmeza y algo más... ¿preocupación? No encontré palabras para responder, así que simplemente asentí. Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Carlos tomó suavemente mi brazo y me guió hasta su coche. —Entra —ordenó con una voz que no admitía réplica. Obedecí, más por el impacto de la situación que por convicción propia. Apenas cerré la puerta, Carlos se inclinó hacia el conductor. —Arranca. El coche puso en marcha, dejando atrás la tienda y el frío exterior, aunque dentro de mí el torbellino de emociones continuaba. —¿Cómo sabías que tenía frío? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio. Carlos sonrió, esa sonrisa suya que parecía esconder más de lo que revelaba. —Cuando estuve en la tienda esta tarde, lo noté. Tus manos estaban heladas, tus mejillas enrojecidas y tu cuerpo temblaba levemente. No podía ignorarlo. Mi pecho se llenó de una extraña mezcla de vergüenza y gratitud. Era un detalle tan pequeño, pero él lo había notado. —Gracias... —murmuré, mirando mis manos que descansaban sobre mis piernas. Luego levanté la vista y pregunté—: ¿A dónde vamos? —A cenar —respondió sin titubear, con un tono despreocupado. Mi primer instinto fue negarme, pero la verdad era que tenía hambre. En el apartamento que compartía con Danna no había mucha comida, y la idea de pasar la noche sola no era precisamente alentadora. Así que simplemente asentí. El viaje continuó en silencio, pero un silencio cómodo, casi expectante. Después de unos minutos, el coche giró hacia un camino ancho, rodeado de árboles nevados, y finalmente se detuvo frente a una enorme casa. —¿Dónde estamos? —pregunté, observando la imponente estructura frente a mí. —En mi residencia secundaria —respondió él, abriendo la puerta y extendiéndome la mano para ayudarme a bajar del coche. La casa era impresionante. Aunque llamarla "residencia secundaria" era un eufemismo, era una mezcla perfecta de elegancia moderna y elementos históricos. La fachada de piedra gris tenía grandes ventanales que dejaban entrever una cálida luz en el interior. Había columnas que sostenían un balcón en el segundo piso y un enorme portón de madera con detalles tallados que parecían contar historias antiguas. Entramos y me encontré con un ambiente que me dejó sin aliento. Las paredes estaban decoradas con mapas antiguos y artefactos arqueológicos, cada uno iluminado cuidadosamente, como si estuvieran en un museo. Había vitrinas con piezas de cerámica, herramientas de piedra y pergaminos. La sala principal tenía una enorme chimenea que irradiaba calor, y los muebles eran de madera oscura, con tapizados que combinaban comodidad y lujo. —Esto... es increíble —dije, girando sobre mis talones para observar cada rincón. —Es mi refugio —respondió Carlos, con una leve sonrisa mientras me observaba. El lugar tenía su esencia. No era solo una casa; era un reflejo de su pasión, de su vida dedicada a descubrir el pasado. Me sentí pequeña, casi insignificante, en medio de tanta historia y belleza, pero también fascinada. —¿Vienes? —preguntó él, señalando un comedor a la izquierda. Lo seguí, aún en silencio, mientras mi mente intentaba asimilar lo que estaba viviendo. Algo en esa noche, en ese lugar y en él, me decía que mi vida estaba a punto de cambiar, pero ¿a qué precio?
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