El frío era implacable esa tarde, y yo me encontraba en un rincón de la tienda, frotándome los brazos para intentar generar algo de calor. Me arrepentía profundamente de haber olvidado mi abrigo esa mañana. ¿Cómo podía ser tan despistada? Había salido con prisa, pensando que la bufanda bastaría, pero ahora parecía que el frío tenía un propósito personal contra mí.
El reloj avanzaba lento, y la tienda estaba más vacía que de costumbre. Ni siquiera había tenido un cliente en la última hora. Para distraerme, comencé a ordenar las llaves y cerraduras en el mostrador, aunque no lo necesitaban realmente. Fue entonces cuando la campanilla de la puerta sonó, sacándome de mis pensamientos.
Levanté la vista esperando encontrarme con algún vecino conocido o un cliente habitual, pero en su lugar apareció un hombre vestido completamente de n***o. Su abrigo largo y sus botas le daban un aire misterioso, casi intimidante. No lo reconocí, pero parecía estar buscando algo... o alguien.
-¿Es usted Aletxza? -preguntó con una voz grave y serena.
Lo miré con cautela, sorprendida de que supiera mi nombre.
-Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre no respondió de inmediato. En lugar de eso, dio un paso adelante y extendió una caja rectangular envuelta en papel n***o con un lazo dorado.
-Esto es para usted.
Mi confusión aumentó.
-¿De parte de quién?
El hombre simplemente sonrió de manera críptica, como si supiera algo que yo no.
-Eso no me corresponde decirlo. -Hizo una pequeña reverencia y se dio la vuelta para salir por la puerta, dejando tras de sí una ráfaga de aire frío y mi mente llena de preguntas.
Con la caja en las manos, me quedé allí, inmóvil, mirando la puerta que se cerró tras él. ¿Qué estaba pasando? Primero Carlos Torres apareciendo de la nada, y ahora esto. ¿Acaso había un evento cósmico que yo desconocía?
Respiré hondo y llevé la caja al mostrador, donde la dejé cuidadosamente. Mi curiosidad podía más que cualquier otra cosa, así que, con dedos temblorosos -por el frío y la emoción-, desaté el lazo dorado y retiré el papel n***o.
Cuando abrí la caja, lo primero que vi fue una tela blanca, suave y brillante, que me hizo contener el aliento. Era un abrigo, pero no cualquier abrigo. Era un diseño impecable: blanco como la nieve, con botones dorados que parecían pequeños rayos de sol. La tela era sedosa, casi como un sueño, y el forro interno era de un material peludo y cálido que gritaba lujo.
Lo toqué con cuidado, como si temiera que pudiera desvanecerse. Nunca en mi vida había visto algo tan fino. Y cuando miré la etiqueta, casi me caigo de la silla. Era de una marca internacional que solo había visto en revistas, algo que ni en mis sueños más descabellados podría haberme permitido.
Al lado del abrigo, había una pequeña nota. La tomé con manos temblorosas y la abrí, descubriendo una caligrafía elegante que me dejó sin palabras.
"El amor de una mujer como tú es más valioso que todas las riquezas del mundo."
-Tutankamón.
Leí y releí la frase, tratando de procesar lo que significaba. Mi mente no podía evitar conectar los puntos: Tutankamón, arqueología, lujo... Carlos Torres. ¿Era posible que él me hubiera enviado este regalo?
Mi corazón comenzó a latir más rápido. Pero ¿por qué? ¿Qué significaba esto? Sentí un montoemociones: asombro, nerviosismo, y sí, un toque de miedo. Porque, aunque el gesto era hermoso, también era abrumador.
Dejé la nota sobre el mostrador y me acerqué al espejo que colgaba en la pared lateral. Con cuidado, me coloqué el abrigo. El tacto era perfecto, y el ajuste, impecable, como si hubiera sido hecho a mi medida. Por un momento, me sentí como alguien completamente diferente. Como si, por primera vez, estuviera viendo a una versión de mí que siempre había estado oculta.
Sin embargo, la pregunta seguía rondando mi mente. ¿Por qué Carlos había hecho esto? ¿Y cómo había sabido que yo estaba aquí, pasando frío?
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, pero esta vez no fue por el frío. Mientras me miraba en el espejo, no pude evitar sentir que algo estaba cambiando, como si este invierno trajera consigo algo mucho más grande que simples tormentas de nieve.
Me quité el abrigo con cuidado y lo doblé de nuevo, colocándolo en su caja. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta, pero algo me decía que pronto, muy pronto, las cosas tomarían un rumbo inesperado.