Capítulo: Quiero de los dos

2462 Palabras
La mañana siguiente fue un despliegue de luz y serenidad. Sondra despertó entre sábanas de seda que aún conservaban el aroma de la noche salvaje y el perfume de Leandro. Se sentía diferente; su cuerpo estaba relajado, con esa agradable pesadez que solo deja el placer absoluto. ​Al abrir los ojos, se encontró con una escena de película. Leandro ya estaba levantado, vistiendo únicamente una bata de seda negra que dejaba entrever su pecho sólido. Sobre la cama, había dispuesto una bandeja de plata con frutas exóticas, croissants recién horneados, jugo de naranja natural y dos tazas de café humeante cuyo aroma llenaba la habitación. ​—Buenos días, mi reina —dijo él, inclinándose para darle un beso suave, pero cargado de una nueva intimidad—. ¿Cómo te sientes? ​—Como si estuviera en un sueño —respondió ella, incorporándose mientras Leandro colocaba la bandeja sobre sus piernas. ​Él se sentó en el borde de la cama, observándola con una adoración que la hacía sentir el centro del universo. Tomó una fresa, la sumergió en un pequeño recipiente con chocolate y se la llevó a los labios a Sondra. ​—Tengo un plan —comenzó Leandro, con esa chispa de determinación que lo hacía tan atractivo—. El próximo mes tenemos la cumbre de infraestructuras en París. Quiero que vengas conmigo. No solo como mi ejecutiva de finanzas, sino como mi compañera oficial. Quiero presentarte ante mis socios europeos, quiero que caminemos por el Sena y que el mundo sepa que el hombre más afortunado de esta industria soy yo por tenerte. ​Sondra se quedó sin palabras. ¡París! La ciudad que siempre había visto en postales mientras trabajaba horas extra en el piso 40. ​—Leandro... eso es... es increíble. ¡Claro que quiero ir! —exclamó ella, abrazándolo con fuerza. ​—Perfecto. Mandaré a preparar todo. Ropa nueva, maletas, y por supuesto, nos quedaremos en mi suite privada en el Plaza Athénée. Quiero que este viaje sea el inicio de algo permanente entre nosotros —dijo él, apretándola contra su pecho con una posesividad dulce. ​Sondra se sentía en la cima del mundo. La estabilidad, el lujo, el respeto y la pasión que Leandro le entregaba eran argumentos que su mente usaba para silenciar cualquier otro recuerdo. Estaba decidida a entregarse por completo a este hombre que la trataba como a una joya. ​Sin embargo, mientras reían y planeaban los días en Francia, el destino jugaba sus cartas en el aeropuerto internacional de la ciudad. Jacob acababa de bajar de un vuelo privado desde Milán. Venía con un brillo diferente en los ojos, una maleta llena de regalos para ella y la firme convicción de que nadie, ni siquiera su padre, iba a quitarle a la mujer que le había devuelto la vida. Sondra llegó al viejo departamento con el corazón todavía galopando y una sonrisa que no podía borrar de su rostro. Al cruzar la puerta, se encontró con un caos de cajas de cartón, cinta adhesiva y a una Dina con el cabello revuelto y cara de pocos amigos, sosteniendo una lámpara como si fuera un arma. ​—¡Ah, pero miren quién aparece! —exclamó Dina, dejando la lámpara con un golpe seco—. ¡Sondra Gilbert! Te recuerdo que ayer quedamos en que me ayudarías a organizar la mudanza al nuevo palacio, pero no, la señorita decidió desaparecer toda la noche y dejarme aquí sola, peleándome con las cajas y el polvo. ¿Dónde estuviste? ​Sondra dejó su bolso en el sofá y se dejó caer en él, soltando un suspiro que delataba cada segundo de su noche. ​—Dina... no tienes idea —susurró Sondra, cubriéndose la cara con las manos mientras el rubor le subía por las mejillas—. Leandro me preparó una cena en el departamento nuevo. Fue... fue irreal. ​—¿Irreal? —Dina soltó la cinta y se sentó en el suelo frente a ella, con los ojos bien abiertos—. Suelta la sopa, Sondra. ¿El "correcto" de tu jefe por fin soltó los frenos o qué? ​—Dina, es un maestro —confesó Sondra con la voz entrecortada—. Me equivoqué tanto pensando que sería aburrido por su edad. Ese hombre es el rey del sexo. No solo me poseyó, me exploró, me adoró... me comió hasta el alma, Dina. Fue intenso, detallado, casi religioso. Me hizo sentir cosas que no sabía que existían. Me trató como a una reina y, al mismo tiempo, me reclamó como un hombre de verdad. ​Dina soltó un grito de alegría que resonó en todo el departamento vacío y comenzó a aplaudir. ​—¡Te lo dije! ¡Te lo dije por activa y por pasiva! —gritó Dina emocionada—. Los hombres como Leandro Lotario saben lo que hacen. Ese papasito es el bueno, Sondra. ¡Ya, por favor, déjate de tonterías! Entrégate por completo al "sugar de la construcción", que es el mejor partido que vas a encontrar en siete vidas. Olvídate del mocoso de la playa. ​Sondra asintió con determinación, mirando el anillo en su dedo que brillaba bajo la luz mortecina del viejo foco. ​—Tienes razón, Dina. Estoy decidida. Leandro me da todo: seguridad, amor, pasión... y ahora nos vamos a París. Voy a terminar con Jacob hoy mismo. No puedo seguir jugando a dos bandas cuando tengo a un hombre así a mi lado. ​Sondra sacó su teléfono, con las manos temblorosas, y comenzó a redactar un mensaje para Jacob: "Jacob, por favor, tenemos que hablar de algo muy importante. Dime en cuanto leas esto..." ​Pero no alcanzó a darle a "enviar". ​Unos golpes firmes y rítmicos en la puerta la hicieron saltar. Sondra y Dina se miraron con confusión. Sondra caminó hacia la puerta, pensando que quizá era el chofer de Leandro con alguna otra sorpresa. Pero, al abrir, se quedó sin aliento. ​Era Jacob. ​Se veía radiante, con la piel bronceada por el sol europeo y una energía que parecía iluminar el pasillo descuidado. Antes de que Sondra pudiera articular una sola palabra, antes de que pudiera decirle que todo se había terminado, Jacob dio un paso al frente con una sonrisa de victoria. ​—¡Regresé, nena! —exclamó él con voz ronca. ​Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la cintura y la atrajo hacia él con una fuerza eléctrica. La rodeó con sus brazos, levantándola apenas unos centímetros del suelo, y la besó con una pasión salvaje y hambrienta, un beso que sabía a nostalgia y a un reclamo que Sondra reconoció de inmediato en sus venas. El fuego que ella creía haber apagado con la elegancia de Leandro volvió a encenderse en un segundo, dejándola paralizada entre el hombre que le daba la paz y el hombre que acababa de entrar a su casa para recordarle lo que era el caos. ​Dina, desde el suelo, se quedó con la boca abierta, mirando la escena mientras el teléfono de Sondra, con el mensaje de despedida sin enviar, vibraba con una llamada entrante de Leandro. Dina reaccionó con la agilidad de un gato. Al ver que la pantalla del teléfono iluminaba el nombre de "Leandro", y sabiendo que Sondra estaba literalmente siendo devorada por los besos de Jacob a escasos metros, arrebató el aparato de la mesa y se escabulló al baño, cerrando la puerta con pestillo mientras el corazón le latía a mil por hora. ​—¿Aló? —susurró Dina, tratando de sonar lo más natural posible. ​—¿Sondra? —La voz de Leandro entró por el auricular, profunda, segura y con ese tono de autoridad que usualmente hacía que Dina se pusiera firme incluso sin verlo. ​—¡Hola, Leandro! Soy Dina —respondió ella, fingiendo una voz alegre y un poco agitada—. Ay, lo siento, es que Sondra no puede contestar ahora. Bajó corriendo a ver unas cosas con el administrador del edificio para terminar de cerrar lo de la mudanza, ya sabes cómo es este hombre de complicado con el papeleo. ¡Pero dime y yo le doy tu recadito de inmediato! ​—Entiendo —respondió Leandro, relajando un poco el tono—. Solo dile que ya están confirmados los vuelos para el día 18. Nos vamos a París. Dile que le llamo en la tarde para los detalles. Gracias, Dina. ​—¡Perfecto! Yo le digo. Adiós, Leandro, cuídate mucho —Dina colgó y soltó un suspiro de alivio tan largo que casi se marea. Apoyó la espalda contra la puerta del baño, procesando la información: París, el 18, el jefe/novio/dueño del imperio llamando... y afuera el otro... ​Cuando finalmente salió del baño, la escena en la sala era de alto voltaje. Jacob no solo la estaba besando; la tenía acorralada contra la pared, con sus manos grandes perdiéndose bajo la blusa de Sondra, mientras ella, a pesar de sus resoluciones de la mañana, se aferraba a su cuello como si fuera un náufrago. El aire en la habitación olía a feromonas y a una urgencia que amenazaba con derretir las cajas de cartón. ​—¡Vaya, vaya! ¡Esperen un momento! —exclamó Dina en voz alta, haciendo que los dos se separaran bruscamente, jadeando y con los labios hinchados. ​Jacob miró a Dina con una sonrisa de suficiencia, todavía con una mano en la cintura de una Sondra que parecía estar en otro planeta, con la mirada nublada por el deseo. ​—Primero... ¡déjenme irme de aquí! —continuó Dina riendo mientras tomaba sus cosas a toda prisa—. Jajaja, no quiero que me saquen los ojos por interrumpir, ni quiero ser testigo de lo que sigue, porque se nota que se van a incendiar. Sondra, luego hablamos de "el administrador" —dijo Dina dándole una mirada significativa, una advertencia silenciosa sobre la llamada de Leandro—. ¡Disfruten, tórtolos! ​Dina salió disparada del departamento, dejando a Sondra en un silencio peligroso. Jacob la atrajo de nuevo hacia él, rozando su nariz con la de ella. ​—¿Qué administrador? —preguntó Jacob con voz ronca, sin darle importancia, mientras sus labios buscaban de nuevo el lóbulo de su oreja. ​Sondra sintió el peso del diamante de Leandro en su mano, oculto por la espalda de Jacob, y el eco de la palabra "París" en su mente. Estaba atrapada en una red de mentiras de lujo, mientras el hombre que la hacía arder la cargaba en brazos hacia la habitación, ignorando que el vuelo hacia su nueva vida ya tenía fecha de salida. El estruendo de la puerta de la habitación al cerrarse fue el pistoletazo de salida para una urgencia que no entendía de razones ni de planes a futuro. Jacob se deshizo de su playera en un movimiento fluido, revelando ese torso joven y fibroso que Sondra había memorizado con las manos semanas atrás. Mientras ella se despojaba de su ropa con una rapidez torpe, su mente era un campo de batalla. ​«¿Qué estoy haciendo? ¡Dios mío, detente!», se gritaba a sí misma internamente. Pero sus manos no le obedecían. Su boca buscaba la de Jacob con una desesperación casi violenta. «¿Por qué no puedo dejar de besarlo? ¿Por qué mi cuerpo lo reconoce como su dueño aunque mi mente haya elegido a Leandro?». ​Jacob no perdió el tiempo. Con un movimiento ágil, la jaló de las piernas hacia el borde de la cama y se encajó entre ellas. Sin preámbulos, la penetró con una fuerza y unas ganas que hicieron que Sondra soltara un grito ahogado. No hubo la paciencia de un maestro, sino la furia de un hombre que ha pasado semanas contando los segundos para recuperar lo que es suyo. ​—Te extrañé, nena... —susurró él contra su cuello, su aliento caliente quemándole la piel—. Qué rica estás, amor. Estás más... no sé, te siento diferente. ¿Me extrañaste? ​Sondra, con la cabeza hacia atrás y las uñas clavadas en los hombros de Jacob, solo pudo articular entre gemidos: —Sí... sí... te extrañé tanto. ​Se entregó a las embestidas salvajes, convenciéndose a sí misma de que esta sería la despedida definitiva, el último incendio antes de la calma de París. Jacob devoraba sus pechos con un hambre primitiva, marcando su territorio con cada succión. Luego, la tomó con firmeza de la cadera, levantando su pelvis y moviéndola de arriba abajo con un ritmo frenético que la hacía vibrar por completo. ​«No puede ser... ¿este hombre practicó en Italia o qué?», pensó Sondra, abrumada. Su cuerpo, aún sensible y receptivo por la noche épica que había pasado con Leandro, reaccionó con una rapidez explosiva. El placer se acumuló en su vientre como una tormenta eléctrica y, antes de que pudiera procesarlo, estalló en un orgasmo que le hizo arquear la espalda y nublarle la vista. Jacob, al sentir el apretón frenético de ella, soltó un gruñido profundo y terminó casi enseguida, retirándose con un movimiento brusco para dejar que su semen saltara sobre su abdomen y sus pechos, un rastro blanco y caliente de su regreso. ​Jacob se dejó caer a su lado, jadeando, con una sonrisa de satisfacción absoluta. El silencio volvió a la habitación, solo interrumpido por sus respiraciones agitadas. Tras unos minutos de calma, Jacob giró la cabeza y miró las cajas de cartón apiladas en el rincón. ​—¿Te vas a mudar, nena? —preguntó con naturalidad, acariciándole el cabello—. ¿Por fin encontraste un lugar mejor? ¿A dónde vamos? ​Esa pregunta fue como un balazo de realidad. El nombre de Leandro, su ascenso, el departamento de lujo, el coche nuevo y los boletos a París cayeron sobre ella con el peso de una montaña. Cayó en la cuenta de que estaba desnuda junto a su... ¿amante?, con el esperma sobre su piel, mientras el Leandro ya estaba planeando una vida entera para ella. ​Sondra se incorporó lentamente, tratando de cubrirse con la sábana, sintiendo que el anillo de diamantes —que se había quitado antes de que Jacob llegara— la observaba desde la mesa de noche, oculto bajo una revista, como un ojo acusador. ​—Jacob... yo... —la voz se le quebró. ¿Cómo explicarle que la mudanza era al imperio de aquel hombre maravilloso que era Leandro y peor aún el papá de él pero que ella no lo sabía aún?
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