Capítulo: El Umbral del imperio
—Muy bien, señorita Gilbert. Felicidades. Ha pasado las pruebas y, desde este momento, pertenece a una de las empresas constructoras más grandes del país.
Las palabras del señor Luján resonaron en la oficina, pero a mí me costó un segundo procesarlas. El alivio me recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica.
—Por el momento, su puesto será el de secretaria y recepcionista. Venga por aquí, le mostraré su lugar de trabajo.
Me puse de pie con una sonrisa que intentaba ocultar los nervios que me habían atenazado durante toda la entrevista.
—Muchas gracias, señor Luján —respondí, tratando de mantener la voz firme y profesional—. Le agradezco mucho la oportunidad. De verdad, esto es un gran paso para comenzar mi vida profesional.
—Lo entiendo, señorita Gilbert. Acompáñeme, por favor.
El señor Luján, el director de Recursos Humanos, era un hombre de avanzada edad, con una mirada noble que transmitía la sabiduría de quien lleva décadas manejando personas. Sus pasos eran lentos pero seguros, y yo lo seguí de cerca mientras atravesábamos las imponentes puertas de cristal que daban acceso al corazón del edificio.
Aquel lugar no era solo una oficina; era un imperio. Los techos altos, el mármol pulido y el zumbido constante de la actividad me recordaban que estaba en la constructora con más prestigio a nivel mundial. Caminar por esos pasillos blancos, iluminados por luces pálidas que hacían brillar cada superficie, me hacía sentir pequeña, pero a la vez decidida.
Mientras avanzábamos, la imagen de mi madre cruzó mi mente. El diagnóstico de cáncer había sido el golpe más duro que la vida nos había dado. Desde ese día, mis sueños de terminar la carrera se habían puesto en pausa; mis prioridades se habían transformado en facturas médicas y en asegurar que Lila, mi hermana de veinte años, no tuviera que abandonar sus estudios. Ella tenía que ser mejor que yo, tenía que llegar más lejos.
"Ser secretaria de recepción no es lo que estudié", pensé, ajustando el bolso sobre mi hombro, "pero en esta empresa voy a crecer. Nadie podrá detenerme".
Finalmente, nos detuvimos frente a un escritorio moderno y minimalista, rodeado de otras estaciones de trabajo. El señor Luján se aclaró la garganta para llamar la atención de las mujeres que ya estaban allí, quienes levantaron la vista de sus pantallas con curiosidad.
—Bueno, chicas, les presento a su nueva compañera —anunció con voz amable—. Ella es Sondra.
—Bienvenida, Sondra —dijo una de las chicas con una sonrisa genuina, mientras el resto asentía con amabilidad.
El señor Luján me señaló mi escritorio con un gesto paternal antes de retirarse. El lugar era impecable: una superficie de cristal templado, una computadora de última generación y una vista parcial a los rascacielos de la ciudad. Apenas me senté para reconocer mi nuevo dominio, una de las secretarias, una mujer joven y de aspecto vivaz llamada Elena, se deslizó hasta mi puesto.
—Vaya... —susurró, recorriéndome con una mirada cargada de admiración—. Eres realmente guapa, Sondra. Tienes una elegancia natural, vas a encajar perfecto aquí.
—Gracias, Elena. Solo espero estar a la altura —respondí, sintiendo un leve rubor en mis mejillas.
—Oh, créeme, hoy es tu día de suerte para empezar —añadió ella, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto de Estado—. El gran jefe, el señor Leandro Lotario, llega hoy de su viaje por Italia.
Mi corazón dio un vuelco. Había visto a Leandro Lotario en decenas de portadas de revistas de negocios. Recordaba perfectamente el artículo sobre su último premio internacional por las mega-construcciones en Europa; en las fotos siempre lucía imponente, un hombre que parecía sostener el mundo sobre sus hombros con una frialdad fascinante.
De pronto, el ambiente en el vestíbulo cambió. El aire pareció volverse más pesado, más eléctrico. El murmullo de las conversaciones bajó de volumen y el sonido de unos pasos firmes sobre el mármol anunció su llegada.
—Ahí está —murmuró Elena, enderezando la espalda instintivamente.
Entró rodeado de un séquito de ejecutivos que apenas podían seguirle el paso. Leandro era mucho más imponente en persona que en papel. El traje oscuro, hecho a medida, subrayaba su porte atlético y maduro; su sola presencia gritaba autoridad.
Sentí que el pulso se me aceleraba. Cuando pasó frente a la recepción, mi respiración se detuvo por un segundo. Él no se detuvo, no saludó individualmente, pero por una fracción de segundo, sus ojos oscuros se desviaron hacia mi dirección. Fue una mirada de reojo, rápida, casi imperceptible, antes de seguir derecho hacia los ascensores privados sin decir una palabra.
Me quedé allí, inmóvil, con las manos apoyadas en el escritorio. Él ni siquiera me había notado realmente, yo era solo una pieza nueva en su enorme tablero, pero aquel breve contacto visual había dejado una marca en mi piel que no podía explicar.
Había pasado exactamente un mes desde mi primer día en el imperio Lotario. Mi rutina se había vuelto mecánica, pero eficiente: llegaba temprano, organizaba los archivos de finanzas y me aseguraba de que cada documento estuviera impecable. Aunque mi puesto era de secretaria, me esforzaba como si de mi firma dependiera el próximo rascacielos de la ciudad.
Sin embargo, había algo que no lograba normalizar: la presencia de Leandro. Durante esas cuatro semanas, lo había visto cruzar el vestíbulo casi a diario. A veces, sentía que sus pasos se hacían más lentos al pasar por mi escritorio, pero él nunca se detenía. Era un hombre de pocas palabras, una montaña de hielo y poder que parecía inalcanzable.
Lo que yo no sabía era que, tras las puertas de caoba de la oficina principal, yo ya no pasaba desapercibida.
Leandro estaba de pie frente al ventanal de su oficina, observando el horizonte de la ciudad, pero su mente estaba en el piso de abajo. El señor Luján entró con un informe de nómina, y antes de que pudiera salir, Leandro habló con esa voz grave que parecía retumbar en las paredes.
—Luján —dijo sin darse la vuelta—, la mujer de la recepción... la que entró hace un mes en el área de finanzas. La señorita Gilbert.
Luján se detuvo, sorprendido por la precisión del jefe.
—Sí, señor Lotario. Sondra Gilbert. Es una empleada excelente, muy dedicada y puntual. Ha traído mucho orden al departamento.
Leandro se giró lentamente, ajustándose los gemelos de oro de su camisa. Sus ojos, profundos y analíticos, mostraron un brillo extraño.
—Es demasiado eficiente para estar escondida en una recepción de pasillo —sentenció con una frialdad que ocultaba una fijación creciente—. Mi secretaria personal se jubila el próximo viernes. Quiero a la señorita Gilbert en el piso 40 a partir del lunes.
—¿Como su secretaria privada, señor? —Luján parpadeó, asombrado por el salto de nivel.
—¿Acaso no me he explicado bien? —Leandro arqueó una ceja, dando por terminada la conversación—. Infórmele hoy mismo. Quiero ver cómo se desenvuelve bajo mi supervisión directa.
Mientras tanto, en mi escritorio, yo seguía ajena a todo. Me acomodé el cabello, sintiéndome cansada pero satisfecha con mi trabajo, sin imaginar que el hombre que dominaba mis pensamientos en secreto acababa de decidir que me quería a solo unos metros de su escritorio.