Capítulo:El aire del piso 40

1603 Palabras
El viernes por la tarde, el ambiente en la oficina de finanzas era el habitual: el sonido de las teclas, el murmullo de las fotocopiadoras y el aroma a café frío. Yo estaba concentrada archivando los últimos contratos de la semana, preguntándome si el sueldo de este mes sería suficiente para cubrir el nuevo tratamiento de mi madre, cuando vi aparecer la figura del señor Luján. ​No venía con su paso pausado de siempre; esta vez caminaba con una energía distinta, una especie de urgencia entusiasta que hizo que todas mis compañeras levantaran la vista. Se detuvo justo frente a mi escritorio y me miró por encima de sus gafas con una sonrisa que no pude descifrar. ​—Señorita Gilbert, ¿podría acompañarme un momento? —dijo, haciendo un gesto hacia el pasillo privado. ​Mi corazón dio un vuelco violento. "¿Hice algo mal?", fue lo primero que pensé. Repasé mentalmente cada factura, cada llamada, cada archivo. Sentí que las manos me temblaban ligeramente mientras dejaba la carpeta sobre la mesa y me ponía de pie, ajustando mi falda lápiz. Las chicas me miraban con curiosidad, y Elena me lanzó un guiño de apoyo desde lejos. ​Caminamos en silencio hasta una zona más apartada, cerca de los grandes ventanales que daban a la bahía. Luján se detuvo y suspiró, mirándome con orgullo. ​—Sondra, llevo muchos años en esta empresa y he visto a cientos de personas pasar por estos pasillos —comenzó, y el uso de mi nombre de pila me puso aún más nerviosa—. Pero pocas veces he visto a alguien con su disciplina. Usted cree que nadie la mira, pero en este Imperio, las paredes tienen ojos. ​—Señor Luján, si se trata de algún error en los archivos de marketing de ayer, puedo corregirlo ahora mismo... —le interrumpí, sintiendo un nudo en la garganta. ​Él soltó una carcajada suave y negó con la cabeza. ​—No hay ningún error, hija. Todo lo contrario. El señor Leandro Lotario ha solicitado personalmente su ascenso. A partir del lunes, usted deja de ser la recepcionista de finanzas. ​Me quedé helada. El aire pareció escaparse de mis pulmones. —¿Ascenso? ¿A dónde? ​Luján bajó la voz, como si estuviera entregándome las llaves del reino. —El señor Lotario quiere que sea su secretaria personal. Va a trabajar en el piso cuarenta, en la oficina presidencial. Estará bajo la supervisión directa del CEO. ​El mundo pareció detenerse. El piso cuarenta era el Olimpo. Era el lugar donde se tomaban las decisiones que movían millones de dólares, el lugar donde habitaba el hombre que me había ignorado sistemáticamente durante treinta días, pero que ahora, de la nada, me reclamaba para estar a su lado. ​—¿Él... él me eligió a mí? —susurré, incrédula. ​—Personalmente —reafirmó Luján—. Dijo que era "demasiado eficiente" para estar aquí abajo. Sondra, este es el sueldo más alto para un puesto administrativo en toda la compañía. Es la oportunidad que buscaba para su familia. ​Sentí ganas de llorar y de gritar al mismo tiempo. Pensé en mi madre, en el alivio que sentiría al saber que el dinero ya no sería un problema tan asfixiante. Pensé en Lila y en sus libros de la universidad. Pero, sobre todo, pensé en Leandro Lotario. Recordé su aroma a madera y sándalo la única vez que pasó cerca de mí, y el frío metal de su mirada de reojo. ​—Es... es un honor. No lo voy a defraudar —logré decir, aunque mis piernas se sentían como gelatina. ​—No es a mí a quien debe convencer ahora —dijo Luján con un matiz de advertencia amable—. El señor Lotario es un hombre exigente, Sondra. Muy exigente. No tolera errores y espera devoción total al trabajo. Prepárese, porque el lunes su vida va a cambiar por completo. ​Regresé a mi escritorio en trance. Mis compañeras se acercaron de inmediato al ver mi cara, y cuando les conté la noticia, el lugar estalló en felicitaciones y envidias disimuladas. "¡Vas a estar con el jefe!", decían. "¡Vas a ver a ese Dios griego todos los días!". ​Pero mientras recogía mis cosas, una extraña sensación me recorrió la espalda. Miré hacia los ascensores dorados que subían al piso cuarenta. Sabía que había ganado la lotería, pero también sentía que estaba entrando en la jaula de un león que, por alguna razón que yo aún no entendía, había decidido que yo sería su próxima presa. ​El lunes por la mañana, el espejo de mi baño me devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía. Me había tomado una hora decidir qué ponerme. Finalmente, elegí un vestido entallado de color azul medianoche que llegaba justo por encima de mis rodillas, con un escote discreto pero que resaltaba la curva de mi cuello. Me solté el cabello, dejando que las ondas castañas cayeran sobre mis hombros, y me apliqué un perfume con notas de vainilla y ámbar. ​"Es por el trabajo, Sondra. Es para verte profesional", me mentí a mí misma mientras mis manos temblaban al ponerme los aretes. ​Cuando el ascensor privado marcó el Piso 40, las puertas se abrieron a un mundo de silencio absoluto y lujo excesivo. El suelo estaba alfombrado con lana gris oscuro que amortiguaba mis tacones, y las paredes eran de cristal y madera de nogal. Mi nuevo escritorio era una pieza de diseño situada justo frente a la imponente puerta de doble hoja de la oficina presidencial. ​No tuve tiempo de sentarme. ​—Señorita Gilbert. Entre. ​La voz de Leandro, amplificada por el intercomunicador, sonó más profunda de lo que recordaba. Inspiré hondo, enderecé la espalda y empujé las puertas. ​Él no estaba sentado. Estaba de pie junto a la cafetera de plata en un rincón de la oficina, de espaldas a mí. Se había quitado el saco y las mangas de su camisa blanca estaban dobladas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y poblados de un vello oscuro y varonil. Al escuchar mis pasos, se giró lentamente. ​El silencio que siguió fue asfixiante. ​Leandro no dijo "buenos días". En su lugar, sus ojos oscuros comenzaron un recorrido lento, deliberado y carente de toda vergüenza por mi cuerpo. Empezó por mis zapatos, subió por mis piernas, se detuvo un segundo de más en la curva de mis caderas y siguió hasta encontrarse con mis ojos. Sentí una ráfaga de calor subirme por el pecho; era como si su mirada tuviera peso físico, como si me estuviera tocando sin mover un solo dedo. ​Yo me quedé estática, con la libreta de apuntes apretada contra mi vientre, sintiendo que el aire de la habitación se agotaba. ​—Buenos días, señor Lotario —logré articular, aunque mi voz sonó un poco más aguda de lo normal. ​Él dejó la taza de café sobre la mesa y acortó la distancia entre nosotros. Se detuvo a menos de un metro. Era mucho más alto de lo que parecía desde lejos; su aroma a sándalo y éxito me envolvió por completo. Leandro notó mi rigidez, cómo mis nudillos estaban blancos de tanto apretar la libreta. ​Una sonrisa lenta y peligrosamente encantadora se dibujó en sus labios. ​—Relájese, Sondra —dijo, y la forma en que pronunció mi nombre, con una entonación suave y casi íntima, me hizo estremecer—. No muerdo... a menos que me lo pidan. ​Mis ojos se abrieron de par en par ante su atrevimiento. Él soltó una risa ronca, una vibración baja que parecía dirigida a mis instintos más básicos. ​—Es una broma, señorita Gilbert. Soy un profesional, aunque parece que usted espera que sea un monstruo —añadió, recuperando ese tono serio pero manteniendo el brillo pícaro en su mirada—. Pero no se equivoque, soy exigente. He visto su trabajo en finanzas y sé de lo que es capaz. Por eso la quiero aquí, donde pueda verla... y supervisarla de cerca. ​Caminó alrededor de mí, como un depredador evaluando a su presa, antes de sentarse en su sillón de cuero n***o. ​—Hoy tenemos una agenda apretada. Hay tres contratos de construcción en la costa que necesitan revisión y una junta con los ingenieros. Usted tomará notas de todo —hizo una pausa y volvió a clavar sus ojos en los míos—. Y Sondra... me gusta el café n***o, sin azúcar. Si logra que sepa tan bien como usted se ve hoy, tendremos un excelente inicio de semana. ​Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, sin romper el contacto visual. Era un juego de seducción envuelto en órdenes de trabajo, y yo, por primera vez en mi vida, sentí que mi potencial no estaba solo en mis manos, sino en la forma en que este hombre me hacía sentir: deseada, poderosa y en un peligro delicioso. ​—¿Alguna pregunta? —preguntó, arqueando una ceja. ​—Ninguna, señor —respondí, tratando de recuperar mi postura—. Iré por su café de inmediato. ​Giré para salir, sintiendo su mirada fija en mi espalda hasta que cerré la puerta. Apoyé la frente contra la madera fría del pasillo y exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo. Leandro Lotario era fuego puro, y yo acababa de aceptar trabajar en el epicentro del incendio
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