El aire en el salón de gala se había vuelto irrespirable para Sondra. Cada mirada de Jacob era una estocada de culpabilidad y cada caricia de Leandro se sentía como una cadena de oro apretándose alrededor de su cuello. El pánico, combinado con el trago de whisky que se había tomado de golpe, empezó a surtir un efecto físico real. La palidez de su rostro ya no era fingida. —Leandro... —susurró ella, apoyando una mano en el pecho de su prometido mientras cerraba los ojos con fuerza—. Me siento morir. El ruido, las luces... creo que la emoción me sobrepasó. Necesito irme, por favor. Leandro, alarmado y desbordante de caballerosidad, no lo pensó dos veces. —Mi amor, por supuesto. Estás helada —dijo volviéndose hacia los invitados para disculparse con un gesto elegante—. Hijo, quédate a ca

