Me levanté como una reina, eso no lo podía negar. El vino había hecho su magia, y por una vez, mi cabeza no parecía estar hecha de nudos. Pero mi estado de ánimo… bueno, ese no había amanecido tan glorioso como mi descanso. Después de una ducha rápida y agua fría en la cara —más por disciplina que por necesidad—, abrí el armario y elegí lo de siempre: elegancia controlada. Camisa blanca perfectamente planchada, pantalones negros de corte impecable, tacones que decían “soy inaccesible, pero fascinante”, y un blazer beige que gritaba “jefa” aunque no necesitara decirlo. Maquillaje mínimo pero eficaz, moño bajo perfectamente recogido. Todo bajo control. Por fuera, al menos. Porque por dentro, aún tenía el sabor del beso flotando como un eco invisible. Y eso me tenía de un humor raro. No e

