Salí del despacho del Sr. Barret con paso firme. Ni una lágrima, ni una vacilación. Pasé por el pasillo como si ya no me perteneciera, y a la vez, como si lo hubiera conquistado todo. Era extraño: sentía rabia, sí, pero también una extraña sensación de libertad. Como si me hubiera quitado una cadena del cuello. Como si, por fin, respirara. Cuando llegué a mi oficina, lo empaqueté todo sin prisa. Fotos, cuadernos, una planta que llevaba más tiempo viva que mi última relación, y una taza con mi nombre que me había regalado Elliot. Todo fue a parar a una caja de cartón. Me despedí de mis cosas en silencio. Toqué una última vez el escritorio, mis libros, los portafolios que decoraban la estantería. No avisé a nadie. No dije adiós. Salí del edificio sin mirar atrás. Crucé la puerta giratoria

