—Te vas a morir de hambre antes que de pena —dijo Ireland, sacándome de mi mar de autocompasión con una cuchara en la mano—. Y no pienso permitirlo. —No tengo hambre —mentí desde el sofá, abrazando un cojín como si me protegiera de la realidad. —Sí, claro. Y yo soy la reina de Inglaterra —bufó, caminando hacia mí con el plato humeante—. Te hice pasta. Con mantequilla y queso. No tienes excusa. —Suena a menú infantil. —Perfecto, porque hoy estás emocionalmente a la altura de una niña de cinco años. Come. La miré. Tenía las cejas alzadas y la firmeza de quien ya había tenido suficiente de mis lamentos silenciosos. Y la verdad… lo agradecí. Porque en medio de todo ese vacío, alguien que simplemente se quedara, que cocinara, que me obligara a poner algo en el estómago, era lo más parecido

