Capítulo 1
Los tacones resonaban a cada paso. Ida y vuelta.
Con sus manos en la espalda, entrelazadas.
En lo más alto de su cabeza, un moño hecho a la perfección.
Maquillaje perfecto, cejas de terror.
Me recordaba de alguna forma a Morticia Addams. Pero, era una mala suerte que esta Morticia sea una vieja cuarentona con ganas de enviarnos al demonio por una equivocación de exámenes. Era, en cierta parte, una preparatoria solo para chicas y, exclusivamente, una de las preparatorias más prestigiosas del país. Y para esa cierta parte, me había tocado integrar un grupo de chicas bonitas, perfectas; con las mejores notas e insinuaciones sexuales sobre sus relaciones de pareja.
Mi familia era más que rica, en realidad por parte de mi padre. Había sido enviada a ese prestigioso colegio por protección a mi misma. Mi madre me había enviado con mi padre por esa misma razón. ¿Qué decir? La mafia tenia toda la culpa.
Pero va, aquí entra nuestra Morticia.
Veíamos entornar sus ojos, a la vez que pasaba por cada una de nosotras. Fingiendo poder, autoridad; algo que jamás tenía a su mando. Tan sólo era una empleada, al menos para mí. Para las demás, era la temida directora Tonya Wesley. Sí, Tonya como Harding. Por nuestra mala suerte, aquella señora, ceñuda y de ojos saltones, no era la gran patinadora de los años noventa.
Resoplé al sentir que mi trasero no daba más en los asientos de madera. Comenzaba a transpirar sudor y miedo. Con mis dedos tomé del moño de mi cabeza para acomodarla nuevamente. Estaba siéndome incómodo toda la situación, y que al parecer la cosa iba a ponerse seria al final del día.
Como iba a la mejor preparatoria de chicas del país, debía quedarme de lunes a viernes en ese infierno. Mis padres, en otra cierta parte, eran las personas —supuestamente las revistas— más ricas del continente europeo. Y ese instituto, iban todas como yo: Hijas de políticos, senadores, empresarios, jefes de fabricas, etcétera. Aburrido, por ese cierto.
Contemplé nuevamente su postura, rígida. Movió los labios ante no escuchar ni una sola palabra. Algo que adoraba con pasión. Y lo bueno de mí, es que aquel era mi último año de instituto. Habían sido largos años, desde muy pequeña, que vivía de lunes a viernes en el más y peor infierno que había existido. Simplemente miré hacía mi costado, observé a las chicas del grupo de tercer año hablar entre ellas y el problema que había surgido para que la señora Wesley nos hubiera llamado a todas para plasmar nuestros traseros durante casi dos horas.
Miré a Lisa, que estaba a mi costado. Nerviosa, mordiéndose las uñas con desesperación. Lo que sí recordaba, es que aquel día se había escuchado una explosión desde la sala de ciencias —al otro lado del campus— y que había salido una chica herida. Todas de tercer año, y por aquella razón, me daba por los cojones los susurros de las chicas al otro extremo del banco. Lisa aclaró su garganta, alzando su cuello para visualizar a nuestra Morticia a punto de hablar.
—Ojalá no diga las notas finales al frente de todas estas ardidas —soltó preocupadamente—. Moriré de un infarto, y esta vez lo juro. Lo juro, Mae.
Tuve que soltar una risa interna al verla preocupada por eso. Eran sólo notas, ella era una de las mejores de la clase. Y me preguntaba mil veces, cómo podía dudar de que la conocía a la perfección. Sin dudas, ese año nos había ido muy mal pero recuperábamos las notas como más podíamos. Y extrañamente, a veces no me gustaba irme del instituto los fin de semanas.
Aunque allí éramos como soldados. Todas vestíamos el mismo uniforme. n***o con detalles blancos, un vestido al corte francés y medias blancas. Usábamos zapatos de charol negros, y nos prohibían usar piercings. Aunque, sin duda, una que otra chica lo tenía ocultado bajo sus ropas. Ya sea en sus pechos o en su... En fin, era un infierno como un lugar del paraíso ir a ese instituto. Del mismo, habían crecido grandes escritoras y científicas, que fueron figuras muy importante en la historia. Pero muy poco se desconocía el abandono de estudiantes por distintos problemas, sin excepcionar la vez que echaron a una chica que estaba embarazada y cursaba el último año. Ese mismo que era el mío, y yo suspiraba por no quedar también como ella.
—Morticia se ve pálida, ¿crees que le hará falta un Homero? —bromeé dándole un codazo a Lisa a mis costado, quién al parecer se tentó en absoluto ante mi chiste de mala gana.
Hablando del bello Roma, la señora Wesley escuchó nuestras risitas de niñas estúpidas sentadas en el palco más alto de los bancos de madera. De una larga pasada por el pasillo, Wesley se sentó en la mesa central. Con sus manos entrelazadas y codos apoyados sobre el mismo, carraspeó su voz un poco y habló:
—Estamos al final de semestre, y he visto notas horribles este año —objetó. Sin dudas, Wesley era dulce como venenosa. En otros sentidos, nadie la quería. Excepto las frikis del último año que iban para que pudieran entrar a biblioteca a media noche. Y hablo de Lisa y yo, con exactitud—. Cómo consecuencia de ello, me he obligado a decir quienes son aquellas estudiantes que reprobarán este año.
Escuché el zapateo ligero de mi compañera, era su ritual de suerte.
—Estoy nerviosa —volvió a resoplar Lisa.
—No eres tú, ya deja de quejarte —dije tratando de calmarla, con otro codazo pero ahora en su pecho izquierdo—. Tienes las mejores notas, niña mía, ya puedes dejar ese drama juvenil.
Y también se escuchó el papeleo de Morticia. Nos quedamos todas en silencio, dando ese miedo y emoción de escuchar los nombres que serían los reprobados este año. Uní mis manos, y no para rezar. Me quedé firme, en los ojos de la directora que nos miraba una por una. Lisa se removía, buscaba mechones de su largo cabello rubio para comenzar a entrelazarla con sus dedos.
—Aubry Nixton... —espetó, Lisa bajó sus hombros por fortuna a no ser la primera. Aunque ya sabíamos que no iba a estar. La chica nombrada se levantó con miedo, estaba mucho más arriba que nosotras—. Lisa... —agregó, mi compañera me sujetó la mano fuertemente.
—Oh no, oh no, moriré... Adiós fiestas, adiós vida humana.... —soltó de repente.
Wesley nos miró fijamente, esbozando una ligera sonrisa.
Ya sabía que significaba eso: le estaba tomando el pelo a Lisa. Como todos los años.
—Valley... —dijo Wesley al fin, Lisa se enfureció.
Aunque, era divertido verla de ese modo. Wesley, a pesar de que fuera tan seca y borde, era divertida en ese sentido. Mientras que oíamos a las demás ser nombradas, Lisa no pudo contener su enojo. Yo trataba de animarla, aunque eso no era tan bueno como yo pensaba. Estaba haciendo lo que más podía, al fin y al cabo para eso estaban las amigas.
Luego de un gran discurso por parte de Wesley y las risitas chillonas de las chicas de tercer año, nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones para comenzar a empacar. Era buena suerte, pasar otro fin de semana en la vieja cazona de mi padre. Pero, no obstante, estaba segura que él estaría de viaje como siempre lo estaba. Era muy solitaria, en ese sentido. Pero independiente. Estar alejada del mundo, de la tecnología y de las probables fiestas que eran una locura en cuanto las chicas prestigiosas salían de la cueva con columnas de oro.
Las habitaciones eran denominadas por pareja. En la mía, que compartía con Lisa, disponía de dos amplias camas hechas a la perfección por personal y servicio que esa escuela tenía. Un pequeño balcón que daba hacía las piscinas que cada establecimiento disponía. Mientras que estábamos rodeadas por dos edificios más. Nosotras estábamos en el segundo piso de los cuatro, no obstante, cada año nos cambiaban de piso. Era suerte que cursábamos el último.
—Wesley es una... Ya tú sabes, eh... —farfulló Lisa a mi costado, mientras que empacaba y comía una barra de chocolate a la vez—. Por suerte, este cuerpecito ya no tendrá que soportarla nunca más, jamás de los jamases.
—Es divertida, y te estaba tomando el pelo —respondí en defensa—, además, ¡casi que te cagas! De verdad, debías haber visto tu rostro —agregué animada. Lisa me respondió con una sonrisa, aunque ella tenía un poco de razón.
—Qué va, no puedo enojarme con Wesley. El año pasado me ha denominado la mejor alumna contigo, y además nos deja entrar a la biblioteca por las noches —resopló cansada, se sentó en la punta de su cama en dirección a la ventana, repetí su movimiento.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Lo de siempre, ya sabes. Las cosas con Rob, las cosas en casa.
Lisa tenía una pésima relación con un chico llamado Robin. Me daba risa su nombre, aunque su mejor amigo no se llamaba Batman. Tal así, como Lisa iba a la escuela de lunes a viernes, ellos jamás se veían. Por alguna razón, me llamaba la atención su extraña relación que solo duraba un fin de semana. Al menos ella era feliz, muy feliz. Y él era un simple idiota llamado Robin.
—Pero no importa eso —agregó nuevamente, se volteó para mirarme—. Cuando volvamos, iremos a una fiesta si es que tu padre no ha vuelto de su misterioso viaje de negocios. Y bueno, claro que todo ese asunto de la mafia te tiene mal... ¿no es así?
—¿Fiesta? Sabes que no soy de esas cosas, Lisa. —Le respondí—. Ya no sé que pensar sobre él y todo ese rollo de la mafia.
Ella sonrió de costado, esa sonrisa ya la conocía.
—La organiza Dan, por si no sabías. —La miré desconcertada, como si no entendiera la situación—. Tu chico, tu chico lindo, ejem...
—No es mi chico, Lisa, es mi hermanastro —espeté—. Y no me gusta mi hermanastro, ya déjate de decir esas cosas. Sabes que mi padre se casó con ella porque no le quedó otra opción cuando mi madre los descubrió hace mucho. Y sabes que la mafia no se lo perdonará. Por suerte mi madre es feliz ahora.
—Pero Daniel no es un mal chico, es algo tonto y distraído... Nada que ver con la mafia, ni parece mafioso de lejos... —dijo levantándose en busca de su maleta—. De igual manera, no me molesta que me engañes con él.
Le tiré una almohada en la cara, aunque ella supo esquivar apenas un poco. No me molestaba en absoluto, excepto que... Dan. Daniel era mi hermanastro, por parte de mi madre... que relativamente no era mi madre, es decir, la nueva esposa de mi padre. Él y yo teníamos una absoluta relación de hermanos, como si no fuéramos hermanastros. Lisa siempre quería que yo estuviera con él, aunque eso no estaba aprobado por muchas personas, no me atraía mi hermanastro de ningún modo.
Aunque, como toda chica adolescente, me gustaban los tipos duros como Dan: tatuajes escondidos, cuerpo de gimnasio, cabello semi-largo. Como esos chicos malos, de las novelas. Lisa me recordaba siempre por Dan, que le enviará mensajes y esas cosas cursis.
No me gustaba en lo absoluto, era mi tipo y nada más.
—¿De qué va la fiesta? —pregunté desde el otro extremo, tratando de mantener la cordura.
—¿Bailan? No lo sé, Mae. Ya sabes que es lo que hacen en todas las fiestas: Toman cerveza, otras bebidas. Fuman, hay chicas sin brasier. Tíos buenos, piscina con luces de colores, condones gratis... —dijo bajito—. Bueno, las mismas fiestas de siempre de la universidad. ¿Te acuerdas de Aaron?
Oh, sí... el chico que sus padres eran amigos de mis padres.
Sabía la historia, es el hijo del enemigo —que ahora es amigo, pues pasaron cosas en el medio—, es un chico muy rudo. Y sanamente bueno, pero no sé nada de su familia. Solamente recuerdo que cuando éramos niños íbamos al mismo kinder hasta que su familia desapareció completamente.
Lisa siguió hablándome de la fiesta.
Me imaginaba ese tipo de fiestas, puro descontrol. Aunque, sabía que tarde o temprano me iría a casa luego. Sí, era muy aburrida en ese sentido. O no tardaba en dejar a un idiota con la cabeza dando vueltas, haciéndole realizar cuentas matemáticas. De esa forma, y como me decía Lisa, espantaba a las personas. De todas formas, no me gustaba ir a esas fiestas.
Cada paso dentro de una fiesta era un halago hacía mi padre, y todo eso. Hartaba tener tanto dinero.
—¿Quiénes irán? —pregunté para cortar el hielo un poco. Tomé mi maleta y comencé e meter la ropa sin ordenar.
—Dan, Alec..., Aaron... —en cuánto pronunció aquel nombre, abrí mis ojos como si estuviese diciendo una mentira—. ¿Por qué me miras así?
—No nada —respondí con la cabeza gacha.
—¿Es por Aaron, verdad? —preguntó animada, dándome cosquillas en la espalda. Le seguí el juego con golpes de puño en el estómago—. Me rindo, me rindo. Sé que te ha gustado en el kinder y eran buenos amigos, pero ya eso es pasado...
—Bueno, ya sabes lo que pienso de él. —Lisa me miró apenada.
Al parecer, la fiesta de la que todos hablaban, esa misma fiesta iba a estar genial.
Aunque mis planes estaban en quedarme en la casa, escuchando música o haciendo deberes del hogar.
Sabía perfectamente que escapar de Lisa no podía y que luego iba a arrepentirme de haber ido.
Al cabo de unas horas, me despedí de Lisa en cuanto la buscaron por el instituto. Yo, aguardando seriamente bajo un árbol de la entrada de la preparatoria, comencé a pensar que ir a la fiesta no estaría mal. El temita era como volverme... ¿sola? ¿Con Lisa ebria en brazos? ¿Con Daniel? ¿Con... Aaron?
Saqué esas ideas de mi mente, hacía mucho tiempo que no lo veía.
Había dejado la universidad y vivía en la antigua casa de sus padres con su ex-compañero de clase.
Escuché una bocina a lo lejos, el coche de mi padre. Salí y tiré a la basura la nube de pensamientos negativos. Aunque la negatividad reapareció cuando vi a Daniel manejar ese coche. Suspiré, no me lo esperaba en absoluto. En cuanto llegó a mí, su mirada me recorrió de pies a cabezas. Como si fuera aquella presa deliciosa y friki que quisiera cazar.
—Hola, hermanita —dijo, pasando una mano por su cabello rubio y largo.
Coqueto, relamiendo sus labios secos por el tiempo frío. Con una mano en el volante y otra en el asiento. Tropecé nerviosa con mis propios pies, aunque en un asentimiento tuve que hacer todo por mi misma. Jamás esperaba algo de él y todo aquello era lo que Lisa me regañaba.
—¿Semana frustrante? —agregó en cuanto entré.
No contesté debido a que estaba concentrada abrochándome el cinturón. Lo miré con una sonrisa.
—Falta poco, eso importa —dije sin más, Daniel aceleró el coche y se puso en marcha.
No dejaba de ponerme nerviosa a su lado, aquello era un castigo.
—¿Te enteraste de la fiesta? —preguntó mientras esperábamos en la fila larga de autos indecisos.
—Todos saben de eso —contesté mirando por la ventanilla—. Claro que no iré, es aburrido para mí —agregué, aunque de nuevo sabía que deshacerme de Lisa iba a ser muy difícil.
—Perfecto. —Contestó—. Sabes lo que pienso de las fiestas de unversitarios. Lo peor es que ese Aaron Russo estará ahí.
Me pareció sentir que eso era un enojo para él.
Aunque, Daniel me conocía como nadie.
Me debía aguantar luego las preguntas de Lisa ante mi relación con él.
Y todo ese amor juvenil que poco me agradaba.
—¿Sabes algo de mi padre? —pregunté a su lado, Daniel me miró sonriendo.
—No está. Estaremos solos —farfulló bajito, con esa sonrisa que enamoraba a cualquier persona—. Por fin.
No pude objetar a eso, parecía que Daniel me enviaba una señal de auxilio como de querer comerme.
Pero, en ese momento, relajé mis pensamientos hacía su referencia y me recosté sobre el asiento.
—Me has dicho que irá Aaron Russo, ¿no es así? —dije entre dientes.
—Sí, ¿por qué de la nada te interesa él? Sabes que su familia le hizo mucho daño a tu padre, aún así fueron aliados, pero que pasado tan mierda. ¿No crees? Ahora sé que dejó la universidad, creo que tenía novia pero se separaron.
No dije nada más y me concentré en el camino.
Junto a mi madrastra y Daniel, con mi padre, vivíamos a las afueras de la ciudad de Sicilia, Italia. Mi madre solía decir que Sicilia era habitada por los grandes mafiosos, era la nueva Miami, aunque para ella la vida perfecta era dónde vivíamos hasta que me mude con mi padre. Con mi madre vivíamos en Nashville, en los Estados Unidos. Pero como todo adolescente, quiere probar suerte con su otra mitad tras tener padres separados. Venir a Italia no era una opción, pero mi padre ya era de aquí. Tuve que acostumbrarme a todo, al idioma, a las personalidades de la gente. Todo es distinto. Tan distinto.
Era como vivir el sueño de toda persona famosa, rodeada de riquezas y playas extraordinarias. Pero me gustaba más mi vida en Nashville, era tranquila. Como de costumbre, había pasado muchos veranos en California también.
Aunque Sicilia se la pintaba muy bien a veces.
Hasta que nuevos vecinos, con una hija llamada Lisa, se mudaron al lado de la casa de mi padre.
Desde ese momento nos hicimos grandes amigas... por siempre.
Al llegar a casa, tiré mi maleta en el sofá. Daniel parecía estar incómodo ante mi presencia, o quizás era cosa mía. Me quité la blusa ante su presencia, dentro de la casa hacía calor. No pude mirarle a los ojos mientras que la falda del instituto se movía a mi ritmo, estaba segura de que Daniel estaba mirándome. Sin dudas, no dije ante aquello.
—Entonces, ¿no irás verdad? —preguntó desde la cocina, alcé mi vista para hablarle directo.
—Creo que lo pensaré —contesté—. No estoy segura.
Daniel se quedó algo pasmado y salió por la puerta principal.
Me quedé de la misma forma.
Tomé mi teléfono y marqué a Lisa.
—Ven a buscarme, iremos a esa fiesta.