En ese instante, seis guardaespaldas se aproximaron alrededor de su líder con precisión. Absalón, emanando esa autoridad natural que lo caracterizaba, tomó la mano de Saleema con firmeza posesiva y la guió hacia el Rolls Royce negr0 que aguardaba para su ida al aeropuerto privado del pelinegro. Él se montó y encendió el auto y arrancó. La caravana se desplegó como un cortejo fúnebre bajo aquel atardecer de casi las cinco. Los vehículos de seguridad, ocupados por hombres entrenados para matar y morir por su jefe, flanqueaban el Rolls Royce como lobos protegiendo a su alfa. Sus ojos, afilados por años de experiencia, escaneaban incesantemente cada sombra, cada movimiento en su camino hacia el aeropuerto, con sus rostros cincelados por la gravedad de su misión sagrada: mantener con vida al h

