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1709 Palabras

Eliza se recuperaba, “Gloria a Dios” pensaba Saúl celebrando en la soledad de su oficina con una botella de anís.  Achocolatada marchaba regularmente, como lo haría una empresa que se levanta de las cenizas. Al menos ya no tenían deudas y luego de recibir su pago, los trabajadores estuvieron gustosos de volver a sus puestos. Quizás todo saldría bien, decía para sí mismo pensando en su hija Emira. Emira, quien a su ver seguramente estaba gozando de los placeres que se le permitían por ser la mujer de un acaudalado gringo como lo era el hijo de Eduard. Suspiró pesadamente alzando los pies cansados en una banca de madera que una vez fue un asiento. Su hija, ella había hecho un sacrificio que, con el tiempo, para sí misma sería más beneficioso que para cualquiera. Emira era astuta, lista,

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