Se metió en la bodega, sabiendo bien que su olor la delataría. Aún sostenía la sudadera que había sacado de su casillero. Caminaba intentando no hacer mucho ruido, hasta que el sonido de dos rugidos bastante molestos retumbaron en el lugar.
—Que no sean alfas—, susurró nuevamente, casi rezando, sintiendo su cuerpo temblar de terror. Un suave chillido salió de sus labios, de su omega.
Y vio dos pares de ojos amarillos brillando en su dirección. Casi sintió alivio al ver a Boyd vivo, salvaje pero vivo. Y a una chica completamente desconocida.
Cerró una puerta para separarla de ellos. Y vio a Derek aparecer.
Él la miró con preocupación.
Corrió hasta el fondo de la habitación, queriendo mantenerse alejada de lo que pasaría. Sentándose en el suelo, abrazó sus rodillas, cubrió sus oídos e incluso quitó sus gafas. Estaba aterrada. Temía por Derek.
( . . . )
Ya había amanecido y los gruñidos habían cesado. Escuchó la puerta que hacía unas horas ella había cerrado, abrirse. Tomó sus gafas para ponérselas pero no necesitó de estas para saber que quien estaba frente a ella parado a duras penas era Derek.
Saltó a él casi en un reflejo.
—Está bien—, susurró él, pasando sus brazos por la cintura de la menor.
—Creí que eran alfas. Y luego vi a Boyd y a una chica. Apareciste tu. Maldición, ¿estás bien?
Se separaron un poco para verse a los ojos. Derek tomó las gafas de la teñida de sus manos y él mismo se las puso.
—¿Qué hacías a esta hora aquí?
Levantó el empaque del suelo, junto a este se hallaba la gran sudadera de la cual no se había podido desprender. Al verlo, Derek frunció en ceño en molestia.
—No me gusta que tomes eso—, bajó sus manos a la cintura de la teñida juntando sus cuerpos nuevamente, enterró su cabeza en el cuello de la menor, rozando con delicadeza la zona, que a juzgar por la reacción de ella al sentir el aliento de Derek chocar contra su piel, bastante sensible—. Me gusta tu olor...
Su voz sonó como un ronroneo. Dulce. Sensual. Seductora.
Un lazo. La voz en su cabeza habló casi en sugerencia. Con una manada de alfas acechando y el celo en la puerta, soy un blanco fácil. Estoy servida en bandeja de puta plata. Y sin un alfa, sin una marca, no desperdiciarán la oportunidad.
—Derek—, no pudo evitar el temblor en su voz que alertó de inmediato a su alfa—, quiero que... quiero que me marques.
El ojiverde no dijo nada, pareció no reaccionar.
Tomó de las mejillas a la menor con suma delicadeza, se inclinó un poco para intentar igualar un poco su estatura, juntó sus frentes rozando sus narices. Tenía los ojos cerrados, quitándole a ella -lo que ella decía era- el privilegio de ver ese par de preciosas esmeraldas.
—Lo haré. Esperaba que me lo pidieras. Lo haré pero no será en el sótano de la escuela—, susurró él.
Y no sabía cómo pedirle que lo hiciera tan pronto como podía. A decir verdad, no se sentía presionada por Derek, sí por los alfas al acecho. Pero no era tanto por eso. La quería. Quería que Derek la marcara y que fuera su alfa por el resto de sus días.
Tiró de la camiseta rasgada de él, con insistencia; caminó de espaldas, arrastrándolo consigo. Hasta que su espalda chocó con el frío concreto de una pared.
—Por favor...- —, su omega lloriqueó—. Lo necesito.
Y Derek, muy a pesar de no querer que fuera así, sabía que no habría forma de hacerla cambiar de parecer. Aceptando finalmente.
Apretó sus mejillas suavemente antes de bajar una mano a su cintura y la otra a su nuca. Juntó sus labios en un beso cálido, delicado pero necesitado, ansioso. Sus respiraciones chocaban, empañando las gafas de la menor, que a pesar de tener los ojos cerrados, ya sabía que las hallaría así.
Su alfa aulló de emoción, su omega enloqueció. Valeska juró que se derretía bajo su cálido tacto.
Depósito besos por toda la cara de la teñida. En sus mejillas bañadas en pecas, en su nariz, en su frente, en su mandíbula; quitó las gafas de ella para hacerse espacio, y besó sus ojos cerrados, besó la cicatriz que cortaba su ceja izquierda. Besó su cuello, estos eran besos húmedos, delicados, con mordidas entre besos. Disfrutaba el olor a vainilla que ella desprendía.
Y llegó.
Besó la zona, la lamió, succionó, y finalmente enterró sus colmillos. Dejando la marca, ensangrentada, a carne viva.
No sintió nada más que una pequeña quemazón en la zona y presión. Y su omega aulló en su interior.
—Te siento—, dijo al borde de las lágrimas. Estaba feliz y sentía a Derek, también feliz.
—Y yo a ti—, dijo Derek uniendo sus ojos.
Verde y café. Rojo y azul.
( . . . )
—Entonces...
—Habla de una maldita vez, Stiles.
—Eso... en tu cuello. ¿Lo hizo Derek?
—Sí.
—Les gusta el sexo salvaje—, casi se burló su hermano, cambiando la expresión de burla a una de preocupación casi al instante—. Al menos ya no serás opción para ser sacrificada.
—Amm...- ¿Qué?
—Están sacrificando personas. Todos vírgenes. Heather, un chico que Lydia halló en la piscina y...‐
—¿El de esta mañana también era virgen?
—No lo sabemos aún.
Stiles la puso al tanto de algunas cosas y cada quien fue a sus clases.
Sin embargo había algo mal. Se sentía incómoda, mal. Y hacía unos minutos había pedido permiso para ir al baño pues una gran punzada atravesó su pecho. Se sentía asfixiada, era una sensación abrumadora. Y el dolor simplemente no desaparecía.
Sin embargo, sabía que era por Derek y eso solo aumentaba su preocupación.
Tal vez suerte o coincidencia pero al girar en un pasillo vio a uno de los gemelos en el suelo, cubierto en sangre. A los pies de Isaac.
Quiso ayudarlo, decirle algo, acercarse. Pero sabía que esa escena se veía mal y enviaría a Isaac directo a detención. No quiso correr la misma suerte. Necesitaba saber que Derek estaba bien. Las buenas noticias eran que Isaac no la había visto y tampoco el chico en el suelo, así que caminó de espaldas por donde había llegado. Justo a tiempo.
-V